Functionality of Potential Probiotic Bacteria Isolated From Vegetables
Este estudio identificó y caracterizó una nueva cepa de *Lacticaseibacillus rhamnosus* (OUSLNIMADU) aislada de zanahorias, la cual demostró una supervivencia robusta bajo condiciones gastrointestinales, actividad antimicrobiana contra patógenos y una alta eficiencia de encapsulación, confirmando así su potencial como probiótico no lácteo.
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El intestino humano es un ecosistema bullicioso, hogar de billones de residentes microscópicos que ayudan a digerir los alimentos y protegen contra las enfermedades. Cuando los científicos hablan de probióticos, se refieren a bacterias vivas que, cuando se consumen en las cantidades adecuadas, inclinan la balanza de esta comunidad interna hacia la salud. Durante décadas, las fuentes más fiables de estos microbios beneficiosos han sido los productos lácteos como el yogur y el queso, donde se cultivan bacterias específicas para sobrevivir al viaje a través del sistema digestivo. Sin embargo, la naturaleza ofrece una vasta gama de otros entornos donde estos organismos beneficiosos podrían estar escondidos. Las verduras, las frutas y los alimentos vegetales fermentados rebosan de vida; sin embargo, las bacterias específicas que viven en una zanahoria o en una hoja de lechuga permanecen en gran medida inexploradas como fuentes potenciales de nuevos y potentes probióticos. El desafío radica en encontrar cepas que no solo sean amigables, sino también lo suficientemente resistentes como para sobrevivir a la dura acidez del estómago y a las sales biliares de los intestinos, además de ser capaces de inhibir patógenos dañinos.
Un equipo de investigadores se propuso investigar este potencial sin explotar recolectando muestras frescas de zanahorias, remolachas, gotukola y lechuga. Su objetivo era aislar las bacterias ácido-lácticas que viven en estas verduras y determinar si alguna de ellas poseía los rasgos específicos requeridos para funcionar como un probiótico. Comenzaron cultivando las bacterias en un entorno de laboratorio, seleccionando cuidadosamente colonias que se veían diferentes entre sí. A través de una serie de pruebas rigurosas, examinaron qué tan bien podían estas bacterias resistir las condiciones extremas del intestino humano. Expusieron los cultivos a entornos ácidos similares al ácido estomacal y probaron su capacidad para sobrevivir en la bilis, un fluido digestivo que descompone las grasas. También comprobaron si las bacterias podían producir gas, un rasgo que a menudo es indeseable en los alimentos, y midieron su capacidad para combatir patógenos peligrosos como Salmonella y Staphylococcus.
Entre las diez cepas bacterianas que aislaron, una destacó como una clara ganadora. Este aislado específico, encontrado en una zanahoria, demostró una resiliencia notable. Mientras que muchas de las otras bacterias morían al ser expuestas a un entorno altamente ácido con un pH de 3, esta cepa se mantuvo robusta, mostrando solo una disminución muy pequeña en su población. También demostró ser excepcionalmente resistente a las sales biliares, sobreviviendo a concentraciones de 0,3 por ciento e incluso de 0,7 por ciento sin perder su viabilidad. En las pruebas diseñadas para ver si las bacterias podían proteger contra la infección, esta misma cepa produjo una zona de inhibición de 11,5 milímetros contra Salmonella Typhimurium y de 10,73 milímetros contra Staphylococcus aureus, bloqueando eficazmente su crecimiento. A diferencia de otras bacterias que producen gas cuando consumen azúcar, esta cepa permaneció silenciosa, un rasgo deseable para aplicaciones alimentarias. Además, mostró la capacidad de sobrevivir a altas temperaturas, soportando calor de hasta 70 grados Celsius durante una hora, lo que sugiere que podría resistir diversos métodos de procesamiento de alimentos.
Para confirmar exactamente qué era esta bacteria resistente, los investigadores recurrieron al análisis genético. Secuenciaron una parte específica del ADN de la bacteria, conocida como el gen 16S rRNA, y la compararon con una base de datos global masiva de códigos genéticos conocidos. Los resultados fueron sorprendentes. Aunque la nueva cepa compartía similitudes con una especie muy conocida llamada Lacticaseibacillus rhamnosus, no era una coincidencia exacta. La similitud genética era alta, pero no lo suficiente como para clasificarla como una cepa conocida. Las diferencias eran lo suficientemente significativas como para concluir que esta era una variedad de bacteria previamente desconocida. Los investigadores nombraron oficialmente este nuevo descubrimiento como Lacticaseibacillus rhamnosus OUSLNIMADU y depositaron su secuencia genética en la base de datos internacional, añadiendo una nueva entrada al registro científico de la vida en la Tierra.
El paso final del estudio consistió en preparar esta nueva cepa para su posible uso en productos alimenticios. Debido a que los probióticos son frágiles y a menudo mueren durante la fabricación o el almacenamiento, los investigadores utilizaron una técnica llamada encapsulación para protegerlos. Mezclaron las bacterias con una solución derivada de algas marinas, conocida como alginato, y forzaron la mezcla a través de una aguja para formar diminutas perlas de aspecto gelatinoso. Este proceso actuó como una cáscara protectora, blindando a las bacterias del entorno. El método resultó ser altamente efectivo, con un 91 por ciento de las bacterias atrapadas con éxito dentro de las perlas. Esta alta eficiencia sugiere que la nueva cepa puede ser empaquetada y entregada de forma segura, manteniendo sus beneficios para la salud hasta que llegue al consumidor. El estudio concluye que las verduras, particularmente las zanahorias, son una fuente viable y rica de nuevas bacterias probióticas que pueden sobrevivir al viaje a través del cuerpo humano y ofrecer protección contra patógenos dañinos, abriendo la puerta a nuevos alimentos saludables de origen vegetal.
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