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Borealisation of an Arctic marine ecosystem during the Last Interglacial

Este estudio utiliza ADN antiguo sedimentario para demostrar que el Último Interglaciar desencadenó una "borealización" del ecosistema marino del Ártico al oeste de Svalbard, caracterizada por la invasión de fitoplancton y megafauna templados impulsada por el aumento de la entrada de agua atlántica, lo cual probablemente redujo la capacidad de la región para secuestrar dióxido de carbono atmosférico.

Autores originales: Lucinda Duxbury, Stijn De Schepper, Alba González-Lanchas, Taryn Noble, Stanislav Jelavic, Andrea Gebhardt, Renata Guilia Lucchi, Kristen St. John, Thomas Ronge, María Barcena, Tristan Cordier, Amaran
Publicado 2026-09-23
📖 7 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Lucinda Duxbury, Stijn De Schepper, Alba González-Lanchas, Taryn Noble, Stanislav Jelavic, Andrea Gebhardt, Renata Guilia Lucchi, Kristen St. John, Thomas Ronge, María Barcena, Tristan Cordier, Amaranta Focardi, Katrine Husum, Mutsumi Iizuka, Juliane Müller, A. V. Sijinkumar, Agnes Weiner, Zvonka Gverić, Yair Rosenthal, Adriane Lam, Leïla Tirichine, Jonathan Tyler, Linda Armbrecht

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

El Ártico no es solo un páramo helado; es un océano vivo y palpitante que desempeña un papel crítico en el sistema climático de la Tierra. En su superficie, plantas microscópicas llamadas fitoplancton actúan como la base de la red trófica marina. Estos organismos diminutos también son potentes motores para la salud del planeta, absorbiendo vastas cantidades de dióxido de carbono de la atmósfera y hundiéndolo hacia el océano profundo, bloqueándolo eficazmente. Durante décadas, los científicos han observado cómo esta región se calienta a un ritmo alarmante, casi cuatro veces más rápido que el resto del globo. A medida que el hielo se derrite y el agua cálida del Océano Atlántico avanza más al norte, especies templadas están comenzando a invadir estas aguas frías, un cambio que los investigadores llaman "borealización". La gran pregunta es cómo este cambio rápido remodelará el ecos de sistema y si el Ártico continuará actuando como un sumidero de carbono o perderá esa capacidad. Para responder a esto, los científicos miran al pasado, específicamente a un período cálido conocido como el Último Interglacial, que ocurrió entre hace 128 y 116 mil años. Esta era sirve como un laboratorio natural, ofreciendo un vistazo de cómo podría ser un Ártico más cálido, ayudándonos a comprender cómo la vida marina y los ciclos de carbono respondieron al calor en un tiempo anterior a la industria humana.

Un equipo de investigadores ha escudriñado ahora este pasado antiguo utilizando una técnica que evita las limitaciones de los fósiles tradicionales. Recolectaron núcleos de sedimentos del fondo del Estrecho de Fram, un canal profundo entre Groenlandia y Svalbard donde el agua cálida del Atlántico fluye hacia el norte. En lugar de buscar las conchas duras de organismos antiguos que a menudo no se preservan en estos sedimentos específicos, extrajeron ADN antiguo directamente del lodo. Este material genético, preservado durante más de 100,000 años, proporcionó una instantánea detallada de todo el ecosistema, desde los microbios más diminutos hasta las ballenas más grandes. Los resultados revelan una transformación dramática del Océano Ártico durante aquel período cálido. El ecosistema no simplemente se calentó; cambió fundamentalmente su carácter, pasando de un sistema frío dominado por el hielo a uno dominado por especies templadas, un proceso que tuvo consecuencias profundas para la forma en que el océano gestionaba el carbono.

La historia comienza con las plantas microscópicas que impulsan la productividad del océano. En los períodos fríos y glaciares que precedieron al intervalo cálido, las aguas estaban dominadas por diatomeas. Estas son algas unicelulares con conchas de aspecto vítreo que son pesadas y se hunden rápidamente, transportando el carbono de manera eficiente hacia el mar profundo. Sin embargo, a medida que el clima se calentó y comenzó el Último Interglacial, las diatomeas fueron reemplazadas en gran medida por un grupo diferente de fitoplancton llamado cocolitofóridos. Estos también son algas unicelulares, pero son más pequeñas y construyen sus conchas de carbonato de calcio en lugar de sílice. El registro genético muestra un aumento masivo en un tipo específico de cocolitóforo, Gephyrocapsa, que es común en aguas templadas pero raro en el frío Ártico. Este cambio sugiere que el agua cálida del Atlántico, que transporta estas especies templadas, inundó el Ártico, desplazando a los especialistas de aguas frías. El cambio fue tan distintoso que los investigadores pudieron rastrear el momento exacto en que el ecosistema dio un giro, marcando una clara transición de un mundo glacial a uno interglacial.

Antes de que este gran cambio se asentara, los investigadores detectaron un período breve pero caótico de turbulencia ecológica. Justo cuando las capas de hielo comenzaron a derretirse y el clima empezó a calentarse, el océano se convirtió en una mezcla de agua de deshielo dulce y agua salada del Atlántico. Esto creó un entorno estratificado e inestable donde las reglas habituales del océano quedaron suspendidas. Durante este tiempo, el registro de ADN muestra una explosión de diversidad entre organismos más pequeños y flexibles. Muchos de estos eran diminutos eucariotas unicelulares que podían moverse por sí mismos o alimentarse de otros organismos, rasgos que les ayudaron a sobrevivir en las aguas cambiantes y pobres en nutrientes. Los investigadores también encontraron evidencia de algas que hoy en día son conocidas por formar floraciones nocivas, lo que sugiere que el estrés del cambio ambiental rápido puede desencadenar la proliferación de estas especies potencialmente tóxicas. Esta fase transitoria resalta cuán frágil puede ser el ecosistema del Ártico cuando el equilibrio entre el hielo, el agua dulce y las corrientes oceánicas cálidas se ve interrumpido.

A medida que el período cálido alcanzó su punto máximo, el ecosistema se estabilizó en una nueva normalidad dominada por los cocolitofóridos templados. Pero los cambios fueron mucho más allá del nivel microscópico. El registro genético también capturó la presencia de grandes animales marinos, ofreciendo la evidencia molecular más temprana de su existencia en el Ártico durante este tiempo. El ADN de ballenas y peces apareció en los sedimentos, señalando que la borealización del océano se extendió por toda la cadena alimentaria. Los investigadores encontraron rastros genéticos de especies como el bacalao del Atlántico y la ballena minke, animales que hoy en día están asociados con aguas más cálidas y templadas, pero que se aventuraban mucho hacia el norte durante este episodio cálido. Incluso las focas, que usualmente se aferran al hielo, aparecieron en el registro, aunque su presencia estuvo vinculada a momentos específicos y más fríos dentro del período cálido cuando el hielo marino regresó brevemente. Esto indica que toda la comunidad marina, desde el plancton más pequeño hasta los depredadores más grandes, fue remodelada por la entrada de agua cálida y las especies que esta traía consigo.

Las implicaciones de este cambio antiguo son significativas para nuestra comprensión del futuro. El paso de diatomeas pesadas y de hundimiento rápido a cocolitofóridos más pequeños y de hundimiento más lento sugiere que la capacidad del océano para extraer carbono de la atmósfera y almacenarlo en el mar profundo pudo haberse debilitado durante aquel período cálido. Si bien los cocolitofóridos aún realizaban la fotosíntesis, sus conchas están hechas de carbonato de calcio, un proceso que de hecho puede liberar dióxido de carbono de vuelta al agua, compensando parcialmente los beneficios de su crecimiento. Además, el tamaño más pequeño de estos organismos significa que se hunden más lentamente, lo que les da más tiempo para ser consumidos o descompuestos en la capa superior del océano, lo que mantiene el carbono circulando cerca de la superficie en lugar de secuestrarlo en las profundidades. Esto sugiere que, a medida que el Ártico moderno se calienta y experimenta una transformación similar, su capacidad para actuar como un sumidero de carbono global podría disminuir, acelerando potencialmente el cambio climático en un ciclo de retroalimentación.

El estudio proporciona una mirada rara y detallada de cómo un complejo ecosistema marino responde al calentamiento rápido, utilizando un tiempo en el que la Tierra estaba naturalmente más cálida de lo que está hoy. Confirma que el Ártico no es solo una víctima pasiva del cambio climático, sino un participante activo que puede experimentar una reorganización rápida y sistémica. La invasión de especies templadas, la interrupción de la red trófica y la potencial reducción en la eficiencia del almacenamiento de carbono apuntan a un futuro donde el Océano Ártico se verá y funcionará de manera muy diferente a como lo hace ahora. Al leer la historia genética encerrada en el lodo, los científicos han encontrado un poderoso análogo de lo que podría suceder en las próximas décadas. El Ártico está cambiando, y las lecciones del pasado sugieren que estos cambios repercutirán en todo el sistema climático global, alterando el equilibrio de la vida y la química del aire que respiramos.

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