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Clinical adaptation in videoconferencing psychotherapy for bipolar I disorder: a dyadic qualitative study in a public mental health service

Este estudio cualitativo diádico de pacientes eutímicos con trastorno bipolar tipo I y sus terapeutas en un servicio de salud mental pública chileno revela que la psicoterapia exitosa por videoconferencia depende de una "calibración relacional", un proceso mediante el cual los terapeutas adaptan de manera flexible la estructura y el ritmo de la terapia metacognitiva para abordar los estados clínicos fluctuantes y compensar la reducción de las claves no verbales en entornos remotos.

Autores originales: Roberto Maluenda-Gatica, Javier Morán-Kneer, Ulises Ríos, Angus MacBeth

Publicado 2026-10-14
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Autores originales: Roberto Maluenda-Gatica, Javier Morán-Kneer, Ulises Ríos, Angus MacBeth

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

El cuidado de la salud mental a menudo depende de un delicado equilibrio entre la estructura y la flexibilidad. Para las personas que viven con el trastorno bipolar tipo I, una condición marcada por cambios intensos en el estado de ánimo y la energía, este equilibrio es crítico. Los tratamientos estándar suelen implicar una psicoterapia estructurada, donde un terapeuta y un paciente trabajan a través de un conjunto específico de pasos para gestionar pensamientos y emociones. Sin embargo, el rápido cambio hacia las videollamadas, acelerado por eventos globales, obligó a estas sesiones estructuradas a trasladarse a un espacio digital. Este cambio eliminó la habitación física compartida donde los terapeutas podían leer el lenguaje corporal sutil y los pacientes podían sentir la presencia reconfortante de otra persona. La pregunta central para los clínicos era si una terapia rígida y paso a paso podría sobrevivir a la transición a la pantalla, o si el acto mismo de trasladarse al entorno en línea rompería la delicada conexión necesaria para la curación.

Un equipo de investigadores en Chile se propuso comprender cómo funcionó realmente esta transición en la práctica. Se centraron en un grupo específico de pacientes que padecían trastorno bipolar tipo I pero que se encontraban actualmente en una fase estable, lo que significa que su estado de ánimo estaba equilibrado y no estaban en medio de un episodio grave. Estos pacientes recibían una forma de terapia de conversación llamada terapia metacognitiva individualizada, la cual ayuda a las personas a comprender y gestionar sus propios patrones de pensamiento. La terapia era impartida mediante videollamadas por psicólogos licenciados en un servicio de salud mental pública. En lugar de simplemente medir si los pacientes mejoraban, los investigadores querían saber cómo se sentía la terapia tanto para quienes la brindaban como para quienes la recibían. Entrevistaron a catorce parejas de terapeutas y pacientes después de completar el tratamiento, preguntándoles que describieran sus experiencias, los desafíos que enfrentaron y las formas en que ajustaron su enfoque para hacer posible el trabajo.

Los investigadores encontraron que la terapia no funcionó porque los terapeutas se ciñeran rígidamente a un manual o porque abandonaran la estructura por completo. En cambio, las sesiones más exitosas ocurrieron cuando los terapeutas trataron la estructura como una hoja de ruta flexible en lugar de una vía fija. Cuando un paciente compartía algo emocionalmente pesado o cuando sus niveles de energía cambiaban, el terapeuta pausaba la lección planificada para abordar la necesidad inmediata. Un terapeuta describió sentirse "atrapado" por la estructura en ocasiones, dándose cuenta de que romper el esquema para tener una conversación más natural y narrativa a menudo conducía a una comprensión más profunda. Los pacientes estuvieron de acuerdo, señalando que la terapia se sentía más útil cuando se adaptaba a sus vidas diarias y a su estado de ánimo actual, en lugar de forzarlos a encajar en un horario preestablecido. Este proceso de ajustar el ritmo y el enfoque en tiempo real fue descrito por los investigadores como una forma de calibración relacional, donde el terapeuta ajustaba constantemente su enfoque para coincidir con el estado emocional fluctuante del paciente.

El estudio también reveló que el formato digital cambió la forma en que se construía la conexión, pero no necesariamente de una manera negativa. En un consultorio tradicional, un terapeuta podría depender de un asentimiento o una sonrisa para mostrar que está escuchando. En una videollamada, estos pequeños gestos a menudo se pierden. Para compensar, los terapeutas tuvieron que ser mucho más deliberados con sus palabras, verificando explícitamente y utilizando su voz para transmitir calidez y atención. Sorprendentemente, algunos pacientes encontraron que la pantalla proporcionaba un nuevo tipo de seguridad. El estar en su propia casa les permitía controlar su entorno, lo que reducía la ansiedad y facilitaba la apertura sobre temas sensibles. Para otros, la capacidad de asistir a la terapia desde casa eliminó la barrera de tener que viajar, asegurando que pudieran mantener la constancia en su atención incluso cuando se sentían demasiado mal para salir de casa. La tecnología no reemplazó el elemento humano; simplemente requirió que ambas partes trabajaran más para crear un sentido de presencia.

Sin embargo, los investigadores señalaron que este enfoque no estuvo exento de dificultades. La ausencia de presencia física significó que algunos pacientes sintieron una pérdida de profundidad emocional o contención, describiendo la experiencia como menos "enraizada" que estar en la misma habitación. Los terapeutas informaron que tenían que trabajar más duro para "leer la habitación", sobreexplicando o verificando doblemente para asegurarse de que entendían correctamente al paciente. Los fallos técnicos fueron un problema menor que las sutiles interrupciones en el flujo de la conversación. El estudio sugiere que el éxito de esta terapia dependía menos del software de video en sí y más de la capacidad de adaptación del terapeuta. Ellos debían mantener los principios centrales del tratamiento mientras cambiaban de manera flexible el tiempo, el énfasis y la secuencia de las sesiones para adaptarse a las necesidades del paciente en ese momento.

En última instancia, el estudio concluye que la psicoterapia estructurada para el trastorno bipolar tipo I puede funcionar eficazmente a través de video, pero solo si se imparte con un alto grado de habilidad adaptativa. Los hallazgos sugieren que los terapeutas necesitan capacitación no solo en seguir un protocolo, sino en saber cuándo y cómo desviarse de él para mantener una conexión sólida. Para los sistemas de salud pública, donde el acceso a especialistas puede ser limitado y el estigma sigue siendo una barrera, esta flexibilidad es vital. La investigación indica que el valor de la terapia remota reside en la capacidad del terapeuta para ajustar su comunicación y su ritmo a las demandas únicas del espacio digital y al paciente individual. Al tratar la estructura como una herramienta viva en lugar de un libro de reglas rígido, los clínicos pueden sostener la relación terapéutica incluso cuando la distancia física entre ellos y sus pacientes es significativa.

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