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Desiderosmia as the presenting feature of iron deficiency anaemia secondary to undiagnosed ulcerative colitis in an adolescent – A Case Report

Este reporte de caso describe a un adolescente de 15 años cuyo deseo compulsivo de oler sustancias no alimentarias (desiderosmia) fue el síntoma de presentación de una anemia ferropénica grave causada por una colitis ulcerosa previamente no diagnosticada, una condición que se resolvió tras el tratamiento médico adecuado.

Autores originales: L Rajayohan, L. Soysa, N Dikmadugodda, H Karunatilake

Publicado 2026-10-20
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Autores originales: L Rajayohan, L. Soysa, N Dikmadugodda, H Karunatilake

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

En el cuerpo humano, el hierro actúa como un sistema de transporte vital, transportando oxígeno a cada célula para mantener estables los niveles de energía y el funcionamiento de los órganos. Cuando este suministro disminuye, se desarrolla una condición conocida como anemia por deficiencia de hierro, que a menudo se manifiesta a través de signos familiares como cansancio extremo, piel pálida o el deseo de comer artículos que no son alimentos, como tierra o hielo. Sin embargo, el cuerpo a veces señala la escasez de formas más extrañas y menos reconocidas. Una de estas señales es un impulso poderoso y compulsivo de oler olores específicos, particularmente aromas químicos fuertes como la gasolina o los productos de limpieza. Este fenómeno, distinto al hecho de comer la sustancia, ha sido vinculado con bajos niveles de hierro en la literatura médica, aunque sigue siendo una pista rara y a menudo pasada por alto que puede ocultar una enfermedad subyacente más grave.

Esta historia comienza con un chico de quince años que llegó a una clínica con un comportamiento desconcertante y persistente: una necesidad irresistible de inhalar los vapores de la gasolina y el queroseno. Durante un año, se había sentido atraído por estos olores fuertes, un hábito que surgió de la exposición accidental en el taller de reparación de vehículos de su padre hasta convertirse en una rutina compulsiva. Junto a este impulso, sentía un cansancio leve al hacer esfuerzos, pero negaba los síntomas clásicos de una enfermedad grave, como la falta de aire o el deseo de comer sustancias no alimenticias. Parecía delgado y pálido, pero por lo demás, su examen físico era normal, sin signos de glándulas hinchadas o agrandamiento de órganos que suelen acompañar a las enfermedades graves. El equipo médico se enfrentaba a un rompecabezas difícil: ¿era un problema de comportamiento, un hábito psicológico o un signo de un problema físico?

Para resolver el misterio, los médicos realizaron una serie de pruebas que revelaron una realidad sorprendente. La sangre del chico mostraba una anemia severa, con un nivel de la proteína que transporta oxígeno cayendo a solo 5,8 gramos por decilitro, muy por debajo del rango normal para un adolescente. Sus glóbulos rojos eran pequeños y pálidos, y su cuerpo estaba produciendo demasiadas plaquetas, una señal de estrés e inflamación. Crucialmente, un marcador en sus heces indicaba inflamación activa en su intestino inferior. Cuando los médicos observaron el interior de su colon con una cámara, encontraron una enrojecimiento continuo y tejido frágil, confirmando un diagnóstico de colitis ulcerosa, una condición crónica donde el revestimiento del intestino se inflama. Esta inflamación era la raíz de su pérdida de hierro, a pesar de que no había experimentado el sangrado dramático o la diarrea severa que típicamente alerta a las personas sobre tal enfermedad.

El plan de tratamiento abordó tanto el peligro inmediato como la causa raíz. El chico recibió una transfusión de sangre para elevar rápidamente sus niveles, seguido de medicación para calmar la inflamación en su colon y suplementos para reconstruir sus reservas de hierro. El resultado fue rápido y decisivo. A las pocas semanas de comenzar este tratamiento, el intenso deseo del chico de oler el queroseno desapareció por completo. Sus recuentos sanguíneos comenzaron a recuperarse y el comportamiento compulsivo que había dominado su vida durante un año desapareció a medida que los niveles de hierro de su cuerpo se restauraban.

Este caso destaca una lección crítica para la atención médica: los extraños antojos sensoriales pueden ser la primera y única señal de advertencia de una deficiencia física grave. La experiencia del chico demuestra que cuando un paciente presenta un impulso inusual de oler sustancias específicas, esto debe desencadenar una investigación de deficiencia de hierro, incluso si parecen estar sanos por lo demás. En este caso, reconocer el vínculo entre el antojo de olor y la deficiencia de sangre permitió a los médicos descubrir una enfermedad intestinal no diagnosticada que podría haber pasado desapercibida durante años. Al tratar la escasez de hierro, los médicos no solo corrigieron el trastorno sanguíneo, sino que también eliminaron el peligroso hábito de inhalar vapores tóxicos, previniendo un daño potencial a los pulmones y al cerebro del chico. La resolución de sus síntomas confirma que lo que parecía una peculiaridad de comportamiento era, de hecho, una respuesta física directa a la falta de hierro, una conexión que, una vez identificada, condujo a una recuperación total.

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