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🧬 biología

A common neural mechanism underlies experiences of passage of time

Mediante el uso de EEG en entornos de realidad virtual, este estudio demuestra que un mecanismo oscilatorio neural común e independiente de la situación subyace a la experiencia subjetiva del paso del tiempo, independientemente de los estímulos visuales específicos o la duración real.

Autores originales: Mathis Jording, Mark Wünsche, Megha Madathil, David H.V. Vogel, Shivakumar Viswanathan, Kai Vogeley

Publicado 2026-10-19
📖 5 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Mathis Jording, Mark Wünsche, Megha Madathil, David H.V. Vogel, Shivakumar Viswanathan, Kai Vogeley

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ⚕️ Esta es una explicación generada por IA de un preprint que no ha sido revisado por pares. No es consejo médico. No tome decisiones de salud basándose en este contenido. Leer descargo de responsabilidad completo

El tiempo se siente diferente dependiendo de lo que estés haciendo. Cuando esperas en una fila aburrida, los minutos pueden arrastrarse eternamente, pero cuando estás absorto en una conversación fascinante, las horas pueden desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos. Esta sensación de que el tiempo pasa lento o rápido es una experiencia humana universal, distinta de simplemente contar cuántos segundos han transcurrido realmente. Los científicos se han preguntado durante mucho tiempo si este sentimiento subjetivo del paso del tiempo es solo una colección de diferentes trucos mentales que nuestros cerebros nos juegan en distintas situaciones, o si hay un motor único y constante funcionando debajo de todo ello. ¿Está el cerebro utilizando un método específico para crear la sensación de que el tiempo vuela, independientemente de si estamos aburridos o emocionados, o cambia de marcha por completo dependiendo del contexto?

Para responder a esto, investigadores del Forschungszentrum Jülich y de la Universidad de Colonia diseñaron un experimento que colocó a voluntarios dentro de un mundo de realidad virtual para observar un cielo lleno de estrellas en movimiento. Querían ver si podían encontrar un patrón común en la actividad eléctrica del cerebro que predijera si una persona sentiría que el tiempo se movía rápido o lento, sin importar cómo se movieran las estrellas. El equipo utilizó un visor montado en la cabeza para mostrar a los participantes una vista desde la cabina de una nave espacial, mirando hacia un campo de estrellas de colores. Estas estrellas se movían a diferentes velocidades y aparecían en diferentes cantidades, creando un entorno visual que podía ser modificado para que pareciera que el tiempo se aceleraba o se ralentizaba. Mientras los participantes observaban estas estrellas durante unos veinte segundos, los investigadores registraron sus ondas cerebrales mediante un casco con sesenta y cuatro sensores colocados en su cuero cabelludo.

El estudio se centró en dos variables principales: qué tan rápido se movían las estrellas y cuántas estrellas había en el cielo. Al cambiar estos dos factores, los investigadores crearon seis versiones diferentes del campo estelar. Algunas no tenían ningún movimiento en absoluto, otras se movían lentamente y algunas se movían rápidamente. Del mismo modo, algunas tenían solo unas pocas estrellas, mientras que otras estaban repletas de muchas. Después de cada observación, se les pedía a los participantes que informaran qué color era el más dominante y luego calificaran qué tan rápido sintieron que había pasado el tiempo en una escala de cero a cien. Los resultados confirmaron que los cambios visuales funcionaron: cuando las estrellas se movían más rápido o eran más numerosas, las personas reportaban consistentemente que sentían que el tiempo pasaba más rápidamente.

El núcleo de la investigación, sin embargo, no fue solo lo que los participantes sentían, sino lo que sus cerebros estaban haciendo mientras lo sentían. Los investigadores dividieron los periodos de observación de veinte segundos en pequeños fragmentos de dos segundos y analizaron los ritmos eléctricos del cerebro durante esos momentos. Utilizaron un programa informático para buscar una relación entre el patrón específico de ondas cerebrales y la calificación que el participante daría más tarde. Encontraron que el estado eléctrico del cerebro durante la observación era, de hecho, un predictor fiable de cómo la persona juzgaría el paso del tiempo. Si el cerebro mostraba un cierto patrón de actividad, la computadora podía adivinar con precisión si la persona diría que el tiempo se sentía lento o rápido.

El descubrimiento más significativo surgió cuando los investigadores probaron si este patrón cerebral era específico para un solo tipo de campo estelar o si era una señal universal. Entrenaron a la computadora para reconocer el patrón cerebral de una combinación específica de velocidad y densidad estelar, y luego preguntaron si ese mismo patrón podía predecir la sensación del tiempo en una combinación completamente diferente. Por ejemplo, ¿podría el patrón cerebral aprendido al observar estrellas de movimiento lento predecir la sensación del tiempo mientras se observan estrellas de movimiento rápido? La respuesta fue sí. La misma firma neural que predecía la sensación de que el tiempo pasaba rápidamente en un cielo concurrido y de movimiento rápido también predijo la sensación en un cielo disperso y de movimiento lento. Esto sugiere que el cerebro no utiliza un mecanismo diferente para cada situación distinta. En su lugar, depende de un proceso único y estable que traduce la intensidad del cambio en el entorno en la sensación de que el tiempo avanza.

Este hallazgo desafía la idea de que nuestro sentido del tiempo es solo una historia retrospectiva que nos contamos a nosotros mismos después de que un evento ha terminado. Si eso fuera cierto, los patrones cerebrales durante el evento no podrían predecir la sensación con tanta exactitud, y las reglas para una situación no se aplicarían a otra. En cambio, la evidencia apunta a un proceso de tipo perceptivo, donde el cerebro convierte continuamente la tasa de cambio en el mundo que nos rodea en una experiencia directa del flujo del tiempo. Aunque el estudio se realizó en un entorno controlado con estímulos visuales específicos, proporciona la primera evidencia clara de un mecanismo neural común subyacente a las diversas formas en que experimentamos el tiempo. Sugiere que, ya sea que estemos observando un campo de estrellas o viviendo un día ajetreado, el cerebro utiliza el mismo lenguaje fundamental para decirnos que el tiempo está pasando.

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