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From Implementation to Institutionalization: Scaling and Sustaining Technology-based Pedagogical Tools in LMICs

Este estudio de síntesis de múltiples fuentes sobre herramientas pedagógicas basadas en la tecnología en países de ingresos bajos y medios, con un caso focal en Kenia, revela que si bien el compromiso de los docentes y el apoyo a nivel escolar impulsan la adopción inicial, lograr la sostenibilidad a largo plazo y la escala en todo el sistema requiere la alineación crítica de factores de los niveles micro, meso y macro.

Autores originales: Larysa Lysenko, Anne Wade, Philip C. Abrami

Publicado 2026-10-09
📖 6 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Larysa Lysenko, Anne Wade, Philip C. Abrami

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Imagine un aula en un país de ingresos bajos y medios donde un docente ha descubierto una nueva y poderosa forma de ayudar a los niños a aprender. Tal vez sea un software que hace que la lectura cobre vida, o una herramienta digital que convierte las matemáticas en un juego. Los niños están entusiasmados, sus puntuaciones en los exámenes están aumentando y el docente se siente inspirado. Por un momento, parece que se ha encontrado la solución a la profunda crisis de aprendizaje de la región. Pero en el mundo de la educación, un aula exitosa es solo el comienzo. El verdadero desafío no radica en encontrar qué funciona, sino en lograr que siga funcionando. Esta es la diferencia entre un proyecto piloto que brilla durante unos pocos años y un cambio sistémico que perdura durante décadas. Los investigadores llaman a esto la brecha entre la implementación y la institucionalización. Es el espacio donde las buenas ideas suelen desvanecerse porque las escuelas, los gobiernos y los flujos de financiamiento que las sustentan no están construidos para contenerlas.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Concordia se propuso comprender exactamente por qué sucede esto. Analizaron un esfuerzo específico y bien documentado para llevar un conjunto de software educativo bilingüe y basado en evidencia a las escuelas de Kenia, Ruanda, Bangladesh y Nepal. Este software, que incluye herramientas para la alfabetización temprana, la aritmética y portafolios digitales, se combinó con una capacitación intensiva para docentes. Los investigadores no se limitaron a observar las puntuaciones de las pruebas; pasaron años recopilando historias de docentes, líderes escolares, funcionarios gubernamentales y de los propios investigadores. Sintetizaron datos recolectados entre 2018 y 2025, incluyendo entrevistas con las partes interesadas, resultados de encuestas a docentes, documentación del proyecto y reflexiones de los investigadores. Su objetivo era rastrear la vida de esta innovación desde el momento en que entró en un aula hasta el punto en que se convirtió en una parte permanente del sistema escolar o desapareció cuando se agotó el financiamiento externo.

La historia que descubrieron es una de un notable esfuerzo humano encontrándose con rígidas paredes estructurales. Al nivel del docente individual, la innovación prosperó. Los docentes que utilizaron el software vieron que sus estudiantes leían mejor y participaban más. Sintieron un sentido de orgullo profesional y creyeron profundamente en el valor de las herramientas. Debido a que vieron estos resultados, estuvieron dispuestos a dar el máximo esfuerzo. Gastaron su propio dinero en datos de internet, tomaron prestados dispositivos de sus vecinos y se quedaron hasta tarde para solucionar problemas de computadoras averiadas. En muchas aulas, el uso del software se convirtió en un hábito diario, impulsado enteramente por el compromiso personal del docente y la alegría visible de los estudiantes.

Sin embargo, cuando los investigadores dieron un paso atrás para observar la escuela como un todo, el panorama se volvió más complejo. En algunas escuelas, el director fue un promotor que reorganizó el horario para dar tiempo al software, o encontró formas de pagar las facturas de electricidad necesarias para hacer funcionar las computadoras. En esos lugares, la práctica comenzó a establecerse como una rutina. Pero en muchos otros, el uso del software dependía de un único docente entusiasta. Si ese docente se iba, o si el director cambiaba, la rutina a menudo colapsaba. La escuela no tenía un plan formal para mantener el programa. No había un presupuesto dedicado para reemplazar las tabletas dañadas, y no había una política oficial que requiriera el uso del software. El éxito era real, pero era frágil, descansaba sobre los hombros de individuos en lugar de la estructura de la organización.

Cuando la perspectiva se amplió al nivel nacional, las barreras se volvieron aún más claras. El gobierno había aprobado oficialmente el software y altos funcionarios habían firmado acuerdos para apoyarlo. Sin embargo, esta aprobación de alto nivel no se tradujo en los recursos necesarios para el día a día para mantener el sistema en funcionamiento. El financiamiento que dio vida al proyecto era a corto plazo y provenía de donantes externos. Una vez que ese dinero cesó, no hubo un mecanismo claro para que el gobierno asumiera los costos. El país carecía de un plan a largo plazo para el mantenimiento de la tecnología, y las diversas agencias gubernamentales responsables de la educación a menudo trabajaban con objetivos contrapuestos. Un docente podía tener el software y la capacitación, pero sin un suministro de energía confiable, un suministro constante de dispositivos de repuesto o un salario que le permitiera centrarse en la enseñanza en lugar de reparar equipos averiados, la innovación se estancaba.

Los investigadores descubrieron que el camino desde un aula exitosa hacia un sistema nacional no es una línea recta. Es un proceso que requiere alineación en tres niveles diferentes. Primero, los docentes deben creer en la herramienta y ver que ayuda a sus estudiantes. Segundo, la escuela debe construir rutinas y apoyo de liderazgo que permitan que la herramienta sobreviva a la partida de cualquier persona individual. Tercero, el sistema nacional debe proporcionar el financiamiento permanente, la infraestructura y las políticas que hagan de la práctica un estándar de la educación, no solo un proyecto especial. En este estudio, el primer nivel era fuerte, pero el segundo y el tercer nivel eran débiles. Los docentes cargaron con el peso de la innovación sobre sus propias espaldas, pero el sistema no les ofreció una mano para ayudarlos a llevarla hacia adelante.

Este patrón sugiere que la crisis mundial del aprendizaje no puede resolverse solo con tecnología. Incluso el software más efectivo, acompañado de la mejor capacitación, no durará si el sistema que lo rodea no está preparado para sostenerlo. El estudio indica que, si bien hemos aprendido mucho sobre lo que funciona en el aula, todavía luchamos por comprender cómo hacer que esos éxitos perduren. La solución requiere más que mejores herramientas; requiere un cambio en cómo financiamos y organizamos la educación. Exige que pasemos de proyectos a corto plazo que terminan cuando se agota la subvención, hacia estrategias a largo plazo que construyan la capacidad de las escuelas y los gobiernos para apoyar estas innovaciones para siempre. Sin este cambio, los prometedores avances logrados en las aulas seguirán siendo islas aisladas de éxito, incapaces de alcanzar a los millones de niños que más los necesitan.

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