Tariff freezes, demand growth and the grace time of electricity distribution networks: Evidence from Buenos Aires
Utilizando datos a nivel de empresa de Buenos Aires, este artículo demuestra que la calidad de la distribución eléctrica se deteriora principalmente debido a que la demanda supera una capacidad estancada en lugar de por la depreciación del capital, lo que permite el cálculo de un "tiempo de gracia" que define la duración óptima de las congelaciones tarifarias antes de que los costos de las interrupciones superen sus beneficios.
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En el mundo moderno, la electricidad suele tratarse como una constante que fluye de manera confiable desde el enchufe de la pared hasta la lámpara o el refrigerador. Sin embargo, esta confiabilidad depende de un delicado equilibrio entre dos fuerzas: la resistencia física de los cables y transformadores que transportan la energía, y la cantidad de energía que la gente realmente solicita. Cuando el precio de la electricidad se mantiene artificialmente bajo, a menudo por orden gubernamental para ayudar a las familias con dificultades, suceden dos cosas. Primero, las empresas de servicios públicos que poseen los cables tienen menos dinero para gastar en reparar o actualizar sus equipos. Segundo, debido a que la energía es barata, la gente usa más, comprando a menudo aires acondicionados o calentadores eléctricos que de otro modo evitarían. Durante mucho tiempo, no estaba claro cuánto tiempo podría sobrevivir un sistema bajo esta presión antes de que las luces comenzaran a parpadear y apagarse.
Un investigador llamado Juan Pablo Manini se propuso responder a esta pregunta analizando las redes eléctricas del área metropolitana de Buenos Aires. Se centró en un período específico que comenzó en 2002, cuando el gobierno congeló el precio de la electricidad en términos reales, lo que significa que el precio no aumentó incluso cuando el valor del dinero cayó. Esto creó una situación en la que el costo de operar la red era mucho mayor que el dinero proveniente de los clientes. La pregunta central no era solo si la calidad eventualmente caería, sino cuánto tiempo tardaría esa caída en hacerse perceptible. ¿Fallaría el sistema porque los cables viejos simplemente se desgastaban por la edad, o porque la red se saturaba con demasiados usuarios?
Manini recopiló registros detallados de las dos principales empresas que sirven a la región, Edenor y Edesur, cubriendo los años desde 1997 hasta 2024. Reconstruyó el tamaño físico real de sus redes, contabilizando cuánto gastaron en equipos nuevos frente a cuánto se decayó su equipo viejo. También rastreó la cantidad exacta de energía vendida a los clientes y los registros oficiales de cuánto duraron los cortes de luz, medidos en horas por cliente. Al comparar estas cifras, descubrió que la calidad del servicio no falló porque los cables se estuvieran rompiendo físicamente. De hecho, el capital físico de las redes se mantuvo relativamente estable durante casi una década después de que comenzó el congelamiento de precios. El problema no era que la red se estuviera encogiendo; era que la demanda de electricidad estaba creciendo mucho más rápido de lo que la red podía expandirse.
El estudio encontró que la relación entre el tamaño de la red y el número de usuarios es continua, lo que significa que no hay un margen de seguridad oculto que proteja al sistema hasta que se alcanza un punto de ruptura repentino. En cambio, cada vez que la red se saturaba ligeramente en relación con su tamaño, la frecuencia y la duración de los cortes de energía aumentaban de manera constante. Para una de las empresas, una caída del diez por ciento en la relación entre la capacidad de la red y la demanda provocó un aumento del veinte al treinta y cinco por ciento en el tiempo que los clientes pasaban sin energía. Este efecto fue incluso más fuerte para la segunda empresa. La investigación también mostró que este deterioro no fue causado por fenómenos climáticos extremos, como olas de calor, que suelen coinccer con una alta demanda. Incluso al contabilizar la temperatura, la saturación de la red siguió siendo el principal motor de las fallas.
Utilizando estos hallazgos, el investigador calculó un "período de gracia", que es el tiempo que tarda un sistema en deteriorarse hasta un nivel específico de mal servicio tras el congelamiento de los precios. La duración de este período depende fuertemente de qué tan rápido crezca la demanda. Si la demanda crece rápidamente, como ocurrió en Buenos Aires durante el período de estudio, el sistema solo puede tolerar un congelamiento durante unos tres a siete años antes de que los cortes de energía empeoren significativamente. Si la demanda se mantuviera estable, el sistema podría durar mucho más, quizás más de quince años, incluso con una inversión limitada. El estudio también exploró la perspectiva de un regulador que decide cuánto tiempo mantener los precios congelados. Sugiere que, si un regulador solo se preocupa por el beneficio político inmediato de los precios bajos e ignora el costo a largo plazo de reparar la red después, mantendrá el congelamiento durante mucho más tiempo de lo que es económicamente sensato, aproximadamente una vez y media o dos veces más.
El artículo concluye que el deterioro del servicio tras un congelamiento de precios no es un misterio de infraestructura envejecida, sino un resultado predecible de que la demanda supere a la oferta. El sistema no colapsó porque los cables se pudrieran; colapsó porque demasiada gente intentaba usar una red que no crecía lo suficientemente rápido para mantenerse al día. Esta visión ofrece una clara advertencia para los responsables de las políticas: mantener los precios bajos durante demasiado tiempo no solo retrasa la inversión, sino que acelera activamente el declive de la calidad del servicio al fomentar más consumo. La ventana de normalidad aparente es corta, y una vez que se cierra, el costo de restaurar la confiabilidad es mucho mayor que los ahorros a corto plazo proporcionados por el congelamiento.
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