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Sense, Sense-making and the Changing Character of Warfare

Este artículo sostiene que la delegación de la detección y la interpretación del entorno a las redes digitales y a la IA transforma fundamentalmente la guerra al establecer estos sistemas como actores políticos e infraestructuras constitucionales que estructuran la percepción y distribuyen la agencia, redefiniendo así el control, la responsabilidad y la naturaleza misma de la guerra.

Autores originales: David J. Galbreath

Publicado 2026-10-05
📖 7 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: David J. Galbreath

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

La guerra siempre ha sido un concurso de voluntades, un choque donde los líderes humanos intentan superar en inteligencia y maniobra a sus enemigos. Durante siglos, la niebla de la guerra ha sido una compañera constante, una mezcla de confusión, miedo e información faltante que hace que cada decisión sea difícil. Los soldados y comandantes han dependido de sus propios ojos, oídos y juicio para atravesar esa niebla, decidiendo qué es real y qué es un truco. Pero en el siglo XXI, una revolución silenciosa está cambiando la forma en que los ejércitos ven el campo de batalla. En lugar de depender únicamente de los sentidos humanos, las fuerzas militares modernas están entregando la tarea de ver y comprender a las máquinas. Densas redes de sensores, satélites e inteligencia artificial ahora recopilan datos a velocidades que ningún humano podría igualar, clasificando montañas de información para decirle a los comandantes a qué disparar y cuándo. Este cambio no se trata solo de tomar decisiones más rápido; se trata de cambiar quién o qué tiene el derecho de decidir qué cuenta como verdad en medio de una lucha.

Un nuevo artículo de David Galbreath, investigador de la Universidad de Bath, explora qué sucede cuando dejamos que las máquinas realicen el trabajo pesado de la interpretación. El estudio plantea una pregunta profunda: si una computadora decide lo que un soldado ve, y esa computadora comete un error, ¿quién es responsable? El artículo sostiene que estos sistemas digitales no son solo herramientas, como un mejor rifle o un camión más rápido. En cambio, actúan como las reglas invisibles de un juego, moldeando lo que es posible, lo que es visible y quién ostenta el poder. Galbreath sugiere que cuando estos sistemas fallan, revelan las estructuras políticas ocultas de la guerra moderna, mostrándonos que las máquinas son ahora participantes activos en el conflicto, no solo ayudantes pasivos.

Para entender esto, primero hay que observar cómo ha cambiado la idea de la "elaboración de sentido" (sense-making). En el pasado, un operador de radar miraba una pantalla, veía un destello y utilizaba su entrenamiento para decidir si era un avión aliado o un misil enemigo. Hoy, los sistemas de inteligencia artificial hacen esta clasificación automáticamente. Escanean vastas cantidades de datos, identifican patrones y señalan objetivos para la revisión humana. Esta delegación del trabajo mental significa que las máquinas están definiendo ahora la realidad que experimentan los comandantes humanos. Si la máquina piensa que un coche civil es un camión militar, el comandante humano podría verlo como un camión. El artículo señala que esto crea un nuevo tipo de peligro. Las máquinas no son infalibles; pueden ser engañadas por interferencias electrónicas o pueden cometer errores porque fueron entrenadas con datos erróneos. Cuando fallan, los resultados no son solo fallos técnicos; son crisis de autoridad.

Galbreath recurre a una teoría llamada "constitucionalismo mecánico" para explicar este cambio. Esta idea sugiere que las máquinas no son objetos neutrales, sino que están profundamente entretejidas en el orden legal y político de la sociedad. Así como una constitución establece las reglas de cómo funciona un gobierno, las redes digitales establecen las reglas de cómo se libra la guerra. Deciden qué información pasa, con qué rapidez se mueve y quién tiene acceso a ella. Cuando estas redes funcionan sin problemas, son invisibles. Pero cuando fallan —cuando una señal es bloqueada, una computadora es hackeada o un algoritmo clasifica erróneamente un objetivo— las reglas ocultas quedan expuestas. Una ruptura en el sistema revela que el poder para tomar decisiones ha sido transferido de las manos humanas al código. Este es un momento crítico porque muestra que la capacidad del Estado para hacer la guerra depende enteramente de la salud de estas infraestructuras digitales. Si la red colapsa, la capacidad del Estado para percibir y actuar colapsa con ella.

El artículo examina ejemplos del mundo real para mostrar cómo se desarrolla esto. En conflictos recientes, como los de Ucrania y Gaza, ambos bandos han utilizado la inteligencia artificial para localizar objetivos y guiar drones. Estos sistemas pueden procesar imágenes y datos mucho más rápido de lo que cualquier equipo humano podría. Sin embargo, esta velocidad tiene un costo. El artículo observa que cuando estos sistemas son bloqueados por guerra electrónica o engañados por señales falsas, toda la cadena de mando puede caer en la confusión. Un radar podría verse inundado de objetivos falsos, haciendo imposible que los operadores sepan qué es real. Un algoritmo podría confundir un objeto inofensivo con una amenaza, provocando un ataque que nunca debería haber ocurrido. Estos no son solo errores; son momentos en los que la "constitución" del campo de batalla es reescrita por el enemigo. El bando que puede cegar los sensores del otro o corromper sus datos gana una ventaja masiva, no destruyendo más tanques, sino haciendo que el enemigo sea incapaz de comprender lo que sucede a su alrededor.

Esta transformación obliga a repensar las ideas clásicas sobre la guerra, particularmente las del teórico militar del siglo XIX, Carl von Clausewitz. Clausewitz describió la guerra como un "duelo" entre dos voluntades opuestas, donde la fricción —la resistencia e incertidumbre del mundo real— hace que las cosas sean difíciles. Galbreath argumenta que la guerra digital ha cambiado la naturaleza de esta fricción. Ya no se trata solo de fatiga humana o mal tiempo. Ahora, la fricción proviene de las propias máquinas. Una computadora podría dudar debido a un error de software, o podría actuar demasiado rápido para que un humano la detenga. La "niebla" de la guerra ya no es solo una falta de información; puede ser una sobrecarga de información falsa, una situación en la que el comandante confía tanto en los datos de la máquina que no puede ver el error hasta que es demasiado tarde. El duelo ya no es solo entre dos generales; es entre dos conjuntos diferentes de sensores y algoritmos, cada uno intentando imponer su propia versión de la realidad sobre el otro.

El estudio también destaca un problema creciente de responsabilidad. En la guerra tradicional, si un soldado comete un error, la cadena de mando es clara. Pero cuando un sistema de inteligencia artificial identifica erróneamente un objetivo, resulta muy difícil determinar quién tiene la culpa. ¿Fue el ingeniero que escribió el código? ¿El comandante que confió en el sistema? ¿O la propia máquina? El artículo sugiere que esta ambigüedad es peligrosa. Crea un vacío donde nadie se siente plenamente en control, aunque todos dependen de la máquina para tomar decisiones de vida o muerte. Esto es especialmente cierto cuando los sistemas operan a velocidades demasiado rápidas para la intervención humana. Si una máquina decide disparar un arma en una fracción de segundo, no hay tiempo para que un humano cuestione la decisión. La autoridad para matar ha sido delegada a un proceso que no puede ser considerado moralmente responsable de la misma manera que una persona.

En última instancia, el artículo concluye que no podemos tratar estos sistemas digitales como simples herramientas que hacen la guerra más eficiente. Están remodelando el carácter mismo de la guerra, cambiando cómo se percibe, se organiza y se gobierna. El autor sostiene que debemos dejar de pensar en las máquinas como simples ayudantes y empezar a verlas como actores políticos que estructuran el campo de batalla. Definen qué se puede ver, qué se puede conocer y qué se puede hacer. A medida que los ejércitos dependen cada vez más de la inteligencia artificial y las redes automatizadas, el desafío no será solo construir mejores armas. Se tratará de mantener el juicio y el control humanos en un mundo donde las máquinas son cada vez más las que dan sentido a la violencia. El futuro de la guerra dependerá de si podemos comprender estas nuevas reglas constitucionales y asegurar que el poder de decidir quién vive y quién muere permanezca en manos humanas, incluso mientras las máquinas hacen cada vez más de la labor de observar.

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