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Consumption, Inequality and Poverty in the Household: Monetary Expansion and Food Expenditure Dynamics in Iran

Este artículo analiza el panorama económico de Irán entre 1982 y 2024 para demostrar que, si bien la expansión monetaria influye significativamente en el gasto de los hogares en alimentos, la desigualdad y la pobreza a través de canales distintos como el crecimiento del ingreso nominal y la depreciación del tipo de cambio en lugar de un único efecto de liquidez mecánico, las tendencias resultantes muestran que se han producido mejoras en el bienestar junto con un complejo desacoplamiento de las participaciones del gasto en alimentos respecto a las métricas de desigualdad más amplias.

Autores originales: Mohsen Behzadi Soufiani

Publicado 2026-08-20
📖 7 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Mohsen Behzadi Soufiani

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

En el estudio de cómo el dinero circula a través de una sociedad, los economistas han observado durante mucho tiempo la relación entre la cantidad de efectivo en circulación y los precios que la gente paga por lo que necesita para vivir. Cuando un gobierno imprime más dinero del que la economía produce, el valor de ese dinero tiende a caer y el costo de los bienes aumenta. Esta es una regla fundamental de la economía, pero el impacto en el mundo real rara vez es una línea recta y simple. El efecto depende en gran medida de qué está comprando la gente, con qué rapidez cambian los precios y si el dinero está llegando a los hogares como salarios o si se queda estancado en otros lugares. Para las familias que viven con presupuestos ajustados, la señal más inmediata y dolorosa de este cambio es el costo de los alimentos. A diferencia de un automóvil o un televisor, que una familia puede posponer su compra, la comida es una necesidad diaria que no puede posponerse. Cuando el precio de los alimentos se dispara, obliga a las familias a gastar una porción mucho mayor de sus ingresos totales solo para comer, dejando a menudo nada para otras necesidades. Esta presión sobre el presupuesto familiar es una medida directa de qué tan bien lo está haciendo una sociedad para sus miembros más pobres, ofreciendo una imagen más clara de la pobreza y la desigualdad que las estadísticas de ingresos por sí solas.

Un estudio reciente de Mohsen Behezadi Soufiani, de la Universidad de Teherán, examina precisamente esta dinámica en Irán durante un período de más de cuarenta años, desde 1982 hasta 2024. El país ofrece un escenario crudo y convincente para esta investigación porque ha experimentado un aumento masivo y sostenido en la cantidad de dinero en circulación, impulsado por déficits de gasto gubernamental de larga data. Durante este tiempo, la oferta monetaria total creció más de quince mil veces en términos nominales, mientras que el país también enfrentó caídas bruscas y repetidas en el valor de su moneda debido a sanciones internacionales y choques económicos. El investigador quería comprender cómo este flujo de dinero y la resultante devaluación de la moneda afectaron realmente lo que las familias iraníes gastaban en alimentos, y si estos cambios ampliaron o redujeron la brecha entre ricos y pobres. Al observar las cifras específicas de gasto en alimentos, ingresos y valores de la moneda, el estudio traza un camino desde las decisiones del banco central hasta la mesa de un hogar promedio.

El análisis revela que la relación entre el crecimiento del dinero y el costo de los alimentos es real y estable a largo plazo, pero no funciona de la manera que uno esperaría. El estudio encuentra que cuando la oferta monetaria crece, no obliga de forma inmediata y mecánica a las familias a gastar más en alimentos de una manera directa y de uno a uno. En cambio, el dinero adicional primero impulsa el crecimiento de los ingresos de los hogares y reduce el valor de la moneda. Son estos dos factores —mayores salarios nominales y una moneda más débil— los que luego elevan el precio de los alimentos. La investigación muestra que por cada aumento del uno por ciento en el ingreso de los hogares, el gasto en alimentos aumenta aproximadamente un 0,57 por ciento, y por cada caída del uno por ciento en el valor de la moneda, el gasto en alimentos aumenta aproximadamente un 0,17 por ciento. El efecto directo de la propia oferta monetaria es menor y menos cierto estadísticamente una vez que se tienen en cuenta los ingresos y los valores de la moneda. Esto sugiere que el dinero impreso por el gobierno llega a las familias principalmente al aumentar sus cheques de pago y al hacer que los bienes importados sean más caros, en lugar de simplemente añadir efectivo a sus bolsillos para que lo gasten inmediatamente en comestibles.

La velocidad a la que los hogares se ajustan a estos cambios es también un hallazgo clave. El estudio indica que si el gasto en alimentos se desvía de su equilibrio normal a largo plazo con los ingresos y los valores de la moneda, este se corrige rápidamente. Aproximadamente dos tercios de cualquier desviación de este equilibrio se corrigen en un solo año. Este rápido ajuste tiene sentido porque la comida es una necesidad; las familias no pueden simplemente dejar de comer o esperar años para comprar lo que necesitan. Cuando los precios suben, deben gastar más de inmediato, y su gasto se asienta rápidamente de nuevo en un nuevo patrón que refleja su poder adquisitivo real. Esta respuesta rápida resalta la resiliencia de los presupuestos familiares ante la inflación, así como la presión inmediata que los choques de precios ejercen sobre las familias que no tienen margen para recortar gastos.

Cuando el estudio observa cómo estos cambios afectan la desigualdad, el panorama se vuelve más complejo. Uno podría asumir que cuando los precios de los alimentos suben bruscamente, la brecha entre los ricos y los pobres se ampliaría significamente, siendo los ricos capaces de absorber el costo mientras los pobres sufren. Sin embargo, los datos cuentan una historia diferente. La investigación muestra que la brecha en el gasto de alimentos entre los hogares más ricos y los más pobres en realidad se redujo durante las décadas, reduciéndose aproximadamente a la mitad entre 1995 y principios de la década de 2010. Esto sucedió porque el gasto nominal de los hogares más pobres creció ligeramente más rápido que el de los hogares más ricos. Sin embargo, esta reducción en la brecha de gasto no significa necesariamente que los pobres estuvieran mejor. Debido a que la comida es una necesidad básica, las familias más pobres tuvieron que gastar una parte mucho mayor de sus ingresos totales solo para mantener su consumo de alimentos, mientras que las familias más ricas pudieron absorber el costo sin cambiar su estilo de vida general. El estudio encuentra que la medida oficial de la desigualdad, que observa la distribución de los ingresos, no captura plenamente este estrés específico sobre los pobres. De hecho, durante las crisis cambiarias más severas, las cifras oficiales de desigualdad a veces sugerían que las cosas estaban mejorando, mientras que la realidad para las familias era que estaban siendo empujadas al borde de la pobreza.

Este desajuste es más visible al observar el "coeficiente de Engel", una medida simple de qué porcentaje de los ingresos de un hogar se destina a la alimentación. En tiempos normales, un porcentaje bajo indica una vida cómoda, mientras que uno alto señala una tensión financiera. El estudio rastrea este porcentaje a lo largo de cuarenta años y encuentra que fluctuó drásticamente. Durante las severas crisis cambiarias de finales de la década de 1980 y finales de la de 2010, el hogar iraní promedio se vio obligado a gastar más de la mitad de sus ingresos en alimentos, un nivel que los economistas clasifican como pobreza absoluta. En contraste, para 2024, a pesar del enorme crecimiento en la oferta monetaria, esta cifra había caído a menos del 20 por ciento, sugiriendo un retorno a un nivel de vida cómodo para la familia urbana promedio. Esta mejora, sin embargo, enmascara el hecho de que las familias más pobres siguen cargando con un peso mucho mayor en relación con sus ingresos de lo que el promedio sugiere. El estudio concluye que monitorear solo la brecha general entre ricos y pobres no es suficiente para entender el verdadero costo de la inflación. Para evaluar verdaderamente el bienestar de una nación, se debe observar la presión específica sobre los presupuestos de alimentos, la velocidad de los ajustes de precios y las distintas maneras en que la expansión monetaria afecta los ingresos, el valor de la moneda y la lucha diaria por poner comida en la mesa.

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