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Traditional Beliefs and Practices related to Menstrual Health and Hygiene among Two Generations: First Year Students and Female Workers at Ahfad University for Women, Sudan

Este estudio cualitativo de estudiantes de primer año y trabajadoras de la Universidad de Mujeres Ahfad en Sudán revela que, a pesar de las diferencias generacionales en cuanto a la apertura, ambos grupos continúan enfrentando el estigma menstrual y las prácticas tradicionales perjudiciales impulsadas por restricciones socioculturales, lo que destaca la urgente necesidad de intervenciones comunitarias y culturalmente sensibles para mejorar la salud e higiene menstrual.

Autores originales: Israa Babiker

Publicado 2026-09-28
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Autores originales: Israa Babiker

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Para miles de millones de personas, la llegada mensual de la menstruación es un ritmo biológico natural, pero en muchas partes del mundo, se trata como una fuente de vergüenza, un secreto que debe guardarse o un signo de impureza. Esta tensión entre la biología y la cultura crea una realidad difícil para las mujeres y las niñas. Cuando las sociedades ven la menstruación como algo sucio o prohibido, esto conduce a prácticas perjudiciales: las niñas podrían tener prohibido cocinar o rezar, podrían evitar lavarse para prevenir la "mala suerte", o podrían sufrir en silencio porque no pueden pedir ayuda. Estas restricciones hacen más que solo limitar el movimiento; pueden dañar la salud física y el bienestar mental. Comprender cómo estas creencias profundamente arraigadas moldean la vida diaria es esencial para mejorar la vida de las mujeres en todo el mundo.

En Sudán, un investigador se propuso explorar exactamente cómo estas tradiciones se manifiestan en la vida de las mujeres hoy en día. Se centró su estudio en la Universidad de Mujeres de Ahfad en Jartum, una institución histórica que ha educado a mujeres desde 1966. El investigador quería ver si la forma en que las mujeres gestionan sus periodos ha cambiado con el tiempo. Para ello, habló con dos grupos distintos de mujeres: estudiantes de primer año, mayoritariamente de entre 17 y 19 años, y personal femenino de mayor edad, que oscilaba entre los 40 y 60 años. Al comparar estas dos generaciones, el investigador esperaba descubrir si la educación moderna y la exposición a nuevas ideas están ayudando a romper los viejos tabúes, o si las reglas ancestrales aún mantienen su fuerza.

El investigador llevó a cabo conversaciones profundas y privadas con un total de 18 mujeres. Formuló preguntas abiertas sobre lo que las mujeres sabían respecto a sus ciclos, cómo gestionaban su higiene, qué métodos de alivio del dolor utilizaban y qué restricciones sentían que debían seguir. Las entrevistas fueron grabadas y analizadas para encontrar temas comunes en la forma en que estas mujeres experimentaban sus ciclos mensuales. El objetivo no era solo contar cuántas mujeres utilizaban ciertos productos, sino comprender los sentimientos y las creencias que impulsan sus elecciones.

Lo que el investigador encontró fue una historia de dos mundos viviendo uno al lado del otro. Las mujeres más jóvenes, las estudiantes universitarias, mostraron un notable incremento en la apertura. Eran más propensas a hablar de sus periodos, citando a menudo las lecciones escolares y las redes sociales como fuentes de información. Se sentían más seguras discutiendo sus necesidades con amigas e incluso expresaron el deseo de que los hombres en sus vidas —padres, hermanos y esposos— las comprendieran y apoyaran. Sin embargo, esta nueva confianza no eliminó por completo las viejas reglas. A pesar de estar más educadas y ser más vocales, muchas de las jóvenes seguían todavía tradiciones estrictas respecto a qué comer, a dónde ir y cómo debían comportarse durante sus periodos. A menudo practicaban estas restricciones sin conocer las razones originales detrás de ellas, simplemente porque era lo que siempre se había hecho.

La generación mayor, el personal universitario, cargaba con el peso de estas tradiciones de manera más intensa. Para ellas, la menstruación estaba a menudo vinculada a sentimientos profundos de vergüenza e impureza. Muchas describieron una vida en la que se esperaba que se aislaran, evitaran cocinar y mantuvieran su estado menstrual en secreto ante los hombres. Dependían de telas y algodón reutilizables para la higiene, lavando y reutilizando a menudo estos materiales debido al costo o a la falta de acceso a productos modernos. Algunas mujeres mayores atribuyeron el dolor severo a prácticas pascas como la mutilación genital femenina, una conexión que el investigador señaló que merece más atención. Aunque reconocían que sus hijas y estudiantes podrían tener experiencias diferentes, las mujeres mayores seguían viendo el ciclo menstrual a través de un lente de precaución y silencio.

Surgió un patrón sorprendente en ambos grupos: la creencia de que una mujer que menstrúa está "sucia" o "impura". Esta idea, aunque rara vez se expresaba como una regla directa en términos modernos, influía en el comportamiento de maneras sutiles pero poderosas. Las mujeres usaban ropa oscura para ocultar manchas, evitaban lavarse el cabello debido a temores de desequilibrios corporales o porque veían las restricciones de baño como algo divinamente ordenado, y mantenían sus suministros menstruales ocultos. Incluso las mujeres más jóvenes, que tenían acceso a toallas sanitarias modernas, a veces revertían al uso de tela porque temían que las toallas pudieran causar infecciones o alergias. La elección del producto no era solo una cuestión de comodidad o costo; estaba profundamente ligada a los miedos culturales y a la falta de confianza en los nuevos métodos.

El costo físico de estas creencias también fue evidente. Muchas mujeres reportaron dolores severos, incluyendo dolores de espalda, calambres y dolores de cabeza. Para gestionar este dolor, recurrían a remedios caseros como beber té de menta o canela, aplicar calor de un fuego o tomar analgésicos. Muy pocas buscaban ayuda médica, en parte porque consideraban que el dolor menstrual era una parte normal de la vida que debía ser soportada, y en parte debido al estigma que rodea al tema. El investigador observó que, para las mujeres que habían sido sometidas a la mutilación genital femenina, el dolor era descrito a menudo como mucho más intenso, aunque este vínculo específico seguía siendo una carga silenciosa y tácita.

El hallazgo más esperanzador fue el acuerdo universal de que los hombres deben ser parte de la solución. Cada mujer entrevistada, desde la estudiante más joven hasta la empleada más mayor, afirmó que los padres, hermanos y esposos deben comprender la menstruación. Creían que si los hombres estuvieran informados y fueran solidarios, la vergüenza y el secreto que rodean al tema comenzarían a desvanecerse. Las mujeres enfatizaron que el silencio actual perjudica a todos, y que romper la barrera entre generaciones y entre géneros es el primer paso hacia el cambio.

El estudio concluye que, si bien la generación más joven en Sudán está comenzando a hablar más abiertamente sobre la menstruación, las profundas raíces de la tradición permanecen inalteradas. La educación y las redes sociales han abierto una puerta a la conversación, pero aún no han eliminado las pesadas puertas de la restricción que todavía se interponen en el camino. El investigador sugiere que el verdadero progreso no vendrá simplemente de proporcionar mejores productos, sino de reunir a mujeres de diferentes edades para cuestionar estas viejas reglas y construir nuevas normas. Hasta que el silencio se rompa y la vergüenza se desaprenda, el ciclo de la restricción continuará, independientemente de cuánto conocimiento se adquiera.

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