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Late Recurrence of Neuromyelitis Optica Spectrum Disorder Following Multiple COVID-19 Vaccinations After Nearly Four Decades of Clinical Stability: A Case Report

Este reporte de caso describe a una mujer de 75 años con el Trastorno del Espectro de la Neuromielitis Óptica que experimentó una rara recaída de la enfermedad casi 40 años después de su diagnóstico inicial tras recibir múltiples vacunaciones contra el COVID-19, destacando la necesidad de realizar más investigaciones sobre los posibles desencadenantes inmunológicos relacionados con las vacunas y el manejo de la espasticidad refractaria.

Autores originales: Katharine Gen, Steven Gershon

Publicado 2026-09-30
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Autores originales: Katharine Gen, Steven Gershon

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

El sistema inmunológico humano es un guardián vigilante, diseñado para reconocer y neutralizar amenazas como virus y bacterias. Sin embargo, en una condición rara llamada Trastorno del Espectro de la Neuromielitis Óptica, este sistema de defensa se vuelve hacia adentro, atacando erróneamente el sistema nervioso central. Específicamente, se dirige a los nervios ópticos que transportan las señales visuales al cerebro y a la médula espinal, que actúa como la principal autopista para los mensajes entre el cerebro y el resto del cuerpo. Cuando estas estructuras se inflaman, el resultado puede ser la pérdida repentina de la visión, parálisis y una rigidez muscular severa. Aunque la enfermedad es conocida por sus ataques recurrentes, es excepcionalmente raro que un paciente permanezca completamente libre de síntomas durante décadas antes de que la enfermedad despierte repentinamente de nuevo. Comprender qué podría desencadenar un regreso tan tardío es crucial tanto para médicos como para pacientes, ya que ayuda a distinguir entre la progresión natural de la enfermedad y posibles causas externas.

Este reporte de caso cuenta la historia de una mujer de setenta y cinco años que vivió con esta condición durante más de cuarenta años sin un solo brote. Fue diagnosticada por primera vez en 1982 a la edad de treinta y un años, tras sufrir un dolor de cabeza seguido rápidamente de pérdida de visión y parálisis debajo de su torso. Con la ayuda de la fisioterapia y la medicación, recuperó la mayor parte de su función y se mantuvo clínicamente estable desde 1983 hasta 2020. Durante casi cuatro décadas, su condición fue silenciosa. Luego, en 2021, recibió múltiples dosis de la vacuna contra el COVID-19 de Moderna. Tras estas vacunaciones, comenzó a experimentar un declive lento pero constante. Su visión periférica empezó a desvanecerse, sus piernas se volvieron cada vez más rígidas y difíciles de controlar, y sufrió náuseas que no podían ser detenidas por la medicación estándar. También sufrió un accidente cerebrovascular en julio de 2022, lo que complicó el panorama, pero el tiempo de su empeoramiento de los síntomas coincidió estrechamente con su serie de dosis de la vacuna.

Los médicos confirmaron que su enfermedad original había regresado. La trataron con potentes esteroides intravenosos y un procedimiento llamado intercambio de plasma, que filtra la sangre para eliminar anticuerpos dañinos. A pesar de estos tratamientos agresivos, su rigidez en las piernas, conocida médicamente como espasticidad, permaneció severa y resistente a los fármacos estándar. Su medicación anterior, que había funcionado bien durante años, ya no ayudaba y parecía empeorar la rigidez. Otros tratamientos comunes para el dolor de nervios y el control muscular proporcionaron solo un alivio parcial o ninguno. A medida que su movilidad continuaba deteriorándose, sus médicos recurrieron a un enfoque diferente: inyecciones de toxina botulínica, una sustancia que se utiliza a menudo para relajar músculos hiperactivos.

Comenzando en enero de 2025, recibió una serie de estas inyecciones en los músculos grandes de sus muslos. Los médicos aumentaron cuidadosamente la dosis a lo largo de varios ciclos, con el objetivo de reducir la tensión en sus piernas. Por un corto tiempo, las inyecciones ofrecieron cierto alivio, permitiendo que sus músculos se relajaran durante algunas semanas. Sin embargo, la mejora fue temporal y no condujo a un retorno duradero de su capacidad para caminar. En abril de 2026, el tratamiento se cambió a un tipo diferente de toxina botulínica, y las inyecciones se ampliaron para incluir más músculos en sus piernas y pantorrillas. Esta vez, el tratamiento causó debilidad en sus piernas en lugar de solo relajación. En última instancia, aunque las inyecciones proporcionaron breves momentos de reducción de síntomas, no lograron restaurar su función ni ofrecer una solución a largo plazo.

Los autores de este reporte enfatizan que no pueden probar que las vacunas causaran su recaída. Es posible que su enfermedad regresara por sí sola, o que su accidente cerebrovascular jugara un papel importante en su declive. El diagnóstico original se realizó antes de que estuvieran disponibles las pruebas de sangre modernas, y una prueba para el anticuerpo específico asociado con esta enfermedad resultó negativa cuando ella recayó, dejando cierta incertidumbre sobre la naturaleza exacta de su condición. Sin embargo, el tiempo de la aparición de sus síntomas después de las vacunaciones repetidas, combinado con otros informes de eventos similares, sugiere que la activación del sistema inmunológico por las vacunas podría haber jugado un papel en el despertar de su enfermedad latente. Este caso sirve como un recordatorio de que, si bien las vacunas son vitales, ocasionalmente pueden estar asociadas con respuestas inmunológicas inesperadas en personas con un historial de trastornos autoinmunes.

La historia también destaca la dificultad de manejar la rigidez muscular severa cuando las medicinas estándar fallan. La experiencia de la paciente con la toxina botulínica mostró que, si bien puede relajar los músculos temporalmente, no es una cura para todo, especialmente cuando el daño nervioso subyacente es complejo y de larga duración. El tratamiento proporcionó beneficios fugaces y eventualmente condujo a la debilidad, ilustrando el delicado equilibrio que los médicos deben lograr al tratar tales síntomas refractarios. Este caso añade un nuevo capítulo a la comprensión médica de cómo la estabilidad a largo plazo en las enfermedades autoinmunes puede ser interrumpida y subraya la necesidad de más investigación sobre qué desencadena estos recurgos tardíos y cómo es mejor tratar los síntomas persistentes que los siguen.

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