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Grazing, Rumination, and Idling Behavioural Dynamics in Pasture Grazing Spring-Calved Dairy Cows: Whole Lactation Analysis

Este estudio analizó el pastoreo, la rumia y los comportamientos de ociosidad durante toda la lactancia en vacas lecheras neozelandesas paridas en primavera, revelando que las condiciones ambientales ejercen la mayor influencia en estos patrones de comportamiento, mientras que la raza afecta significativamente el tiempo de ociosidad y la etapa de lactancia impacta la frecuencia de pastoreo, con efectos mínimos observados desde la edad de lactancia una vez alcanzada la madurez.

Autores originales: Muhammad Wasim Iqbal, Ina Draganova, Patrick Morel, Steve Morris

Publicado 2026-10-19
📖 6 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Muhammad Wasim Iqbal, Ina Draganova, Patrick Morel, Steve Morris

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

En las verdes praderas de Nueva Zelanda, la ganadería lechera opera bajo un ritmo simple y ancestral: las vacas comen hierba y los granjeros recolectan leche. Sin embargo, bajo esta simplicidad pastoral subyace una compleja maquinaria biológica. Para producir leche, una vaca debe equilibrar constantemente su ingesta de energía con su gasto energético, una tarea que requiere que pase una parte significativa de su día comiendo y digiriendo. Este proceso involucra dos actividades distintas pero vinculadas: el pastoreo, donde el animal corta y traga activamente hierba fresca, y la rumia, una forma de masticación interna donde regurgita y vuelve a masticar su alimento para descomponerlo más a fondo. Entre estas dos tareas se encuentra un tercer estado, a menudo llamado ociosidad, donde la vaca simplemente descansa o se desplaza sin comer ni masticar. Durante décadas, los granjeros han observado estos comportos, pero carecían de una forma precisa de medir cuánto tiempo dedica una vaca a cada tarea a lo largo de todo su ciclo de vida, o cómo factores como su raza, su edad o el cambio de las estaciones podrían alterar estos delicados equilibrios. Comprender estos presupuestos de tiempo no es solo un ejercicio académico; es una ventana a la salud y eficiencia del animal, ofreciendo pistas sobre cómo gestionar su dieta y entorno para asegurar que permanezca productiva y cómoda.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Massey se propuso mapear estos ritmos diarios con un detalle sin precedentes, siguiendo a un rebaño de 108 vacas lecheras multiparas nacidas en primavera durante dos años completos. El estudio se centró en tres razas específicas: la Holstein-Friesian, conocida por su gran tamaño; la Jersey, más pequeña y eficiente; y un cruce de ambas. Estos animales fueron gestionados bajo un sistema de pastoreo rotativo, moviéndose entre potreros de raygrass perenne y trébol, con suplementos ocasionales como ensilaje o nabos añadidos a su dieta cuando fue necesario. Para capturar los datos sin perturbar a las vacas, cada animal portaba un collar automatizado equipado con un sensor capaz de detectar los sutiles movimientos de su cabeza. Este dispositivo registraba cada minuto del día, distinguiendo entre el movimiento de cabeza hacia abajo del pastoreo, el movimiento rítmico de la mandíbula de la rumia y la quietud de la ociosidad. Al analizar este flujo continuo de datos, los investigadores pudieron construir una imagen completa de cómo estas vacas pasaron su tiempo desde el inicio del ordeño hasta el comienzo del periodo de secado a lo largo de dos ciclos de lactancia completos.

Los resultados revelaron un patrón diario claro y consistente que se mantuvo constante en todo el rebaño. Las vacas eran criaturas de la luz, realizando la gran mayoría de su pastoreo durante el día, con intensos estallidos de actividad justo después del amanecer y nuevamente justo antes del atardecer. A medida que el sol se ocultaba en el horizonte, el pastoreo cesaba, y la noche se convertía en un tiempo para la rumia. Las vacas pasaban sus horas de oscuridad masticando tranquilamente su bolo, un comportamiento que les permite digerir la hierba fibrosa que consumieron antes. Este ciclo no era rígido, sin embargo; cambiaba con las estaciones. Durante los días más largos de la lactancia temprana y media, las vacas pastaban durante periodos más largos, extendiendo su tiempo de alimentación bien hasta la noche. A medida que los días se acortaban en la lactancia tardía, su ventana de pastoreo se estrechaba, pero compensaban pastando con mayor intensidad en las primeras horas de la mañana. El estudio también observó que cuando los granjeros proporcionaban alimentos suplementarios, como nabos o ensilaje, las vacas pasaban menos tiempo pastando en el prado y más tiempo en ociosidad, sugiriendo que la comida extra reducía su necesidad de buscar y consumir hierba.

Cuando los investigadores profundizaron en los datos, descubrieron que la raza de las vacas desempeñaba un papel sorprendentemente específico en cómo distribuían su tiempo. Las vacas Jersey, las más pequeñas del grupo, tendían a pastar durante periodos ligeramente más largos que sus contrapartes Holstein-Friesian, más grandes, quizás porque su menor tamaño les permitía ser más eficientes al cosechar la hierba. En contraste, las Holstein-Friesian pasaban más tiempo rumiando, probablemente debido a que sus cuerpos más grandes requerían más tiempo para procesar el alimento que consumían. Sorprendentemente, la edad de la vaca —ya fuera en su segundo, tercer o cuarto parto— tenía muy poco efecto en estos patrones. Una vez que una vaca alcanzaba la madurez, su horario diario de comer y descansar permanecía notablemente estable, independientemente de cuántos terneros hubiera criado. El estudio encontró que los patrones temporales de 24 horas de pastoreo y rumia eran similares entre vacas de diferentes edades de lactancia, lo que sugiere que el ritmo fundamental de la vida de una vaca lechera está determinado por su genética y su entorno, más que por el número de años que ha pasado en el rebaño.

Quizás el hallazgo más significativo del estudio fue que el entorno y las prácticas de gestión tenían una influencia mucho mayor en el comportamiento de las vacas que su raza o su edad. La cantidad de tiempo que las vacas pasaban pastando, rumiando u ociosas cambiaba drásticamente dependiendo del año y de la etapa específica de su lactancia. En un año, las vacas pasaron significativamente más tiempo en todas las actividades en comparación con el siguiente, una diferencia que los investigadores atribuyeron a las variaciones en el clima, el crecimiento del pasto y la disponibilidad de alimento. La etapa de lactancia fue el motor más fuerte de todos: las vacas en las etapas iniciales, cuando su producción de leche era más alta, pasaban más tiempo pastando para satisfacer sus masivas necesidades energéticas. A medida que avanzaban hacia la lactancia media, su tiempo dedicado a la rumia aumentaba, y hacia la lactancia tardía, conforme su producción de leche disminuía, pasaban menos tiempo comiendo y más tiempo descansando. El estudio concluyó que, si bien la raza y la edad crean pequeñas variaciones en el comportamiento, son las estaciones cambiantes, la calidad de la hierba y las decisiones de alimentación de los granjeros lo que realmente dicta cómo pasa el día una vaca. Estas percepciones ofrecen una guía práctica para los granjeros, sugiriendo que, al alinear sus estrategias de gestión con los ritmos naturales de las vacas y las estaciones, pueden promover un mejor bienestar animal y una producción de leche más eficiente.

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