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On Value Judgments and Consequence-Based Arguments in Judicial Adjudication

Este artículo sostiene que, si bien los argumentos basados en las consecuencias en la adjudicación judicial ofrecen ciertas ganancias racionales al distinguir entre predicción y evaluación, no pueden objetivar plenamente los juicios de valor ni servir como un método autónomo debido a las limitaciones inherentes en la fiabilidad predictiva, la complejidad de los estándares de evaluación y su dependencia inevitable de juicios de valor presupuestos.

Autores originales: Lei LEI, Lindi BAI

Publicado 2026-09-23
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Autores originales: Lei LEI, Lindi BAI

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Cada vez que un juez decide un caso difícil, no se limita simplemente a emparejar hechos con un libro de reglas como un bibliotecario archivando un libro. Está tomando una decisión que dará forma al futuro. Cuando la ley no es clara, o cuando dos reglas parecen entrar en conflicto, el juez debe ir más allá del texto y plantearse una pregunta más profunda: ¿qué tipo de mundo creará esta decisión? Este es el reino del juicio de valor, donde el tribunal sopesa lo que es correcto, justo o beneficioso para la sociedad. Durante décadas, los estudiosos del derecho han buscado una forma de hacer que estas decisiones pesadas y subjetivas parezcan objetivas y fiables, con la esperanza de encontrar un método que elimine el sesgo personal y garantice una respuesta correcta. Una idea popular sugiere que si los jueces simplemente observan los resultados futuros de sus decisiones, pueden resolver este problema. Este enfoque, conocido como argumentación basada en las consecuencias, propone que un juez debe predecir qué sucederá si elige un camino sobre otro, y luego elegir el camino que conduzca al mejor resultado. Suena como una forma sencilla y científica de dirigir una sala de justicia: predecir el futuro, calcular el beneficio y elegir al ganador.

Dos investigadores, Lei Lei y Lindi Bai, de la Universidad de Ciencias Políticas y Derecho de China, se propusieron probar si este método puede realmente realizar el pesado trabajo de objetivar los juicios de valor. Examinaron la lógica detrás de los argumentos basados en las consecuencias, desglosando el proceso en dos pasos distintos: predecir qué sucederá y evaluar si esos resultados son buenos. Su investigación revela que, si bien observar las consecuencias es una herramienta útil, no es la llave mágica que desbloquea el misterio de la toma de decisiones judiciales. De hecho, los autores sostienen que confiar únicamente en este método es imposible porque el acto mismo de predecir y evaluar las consecuencias requiere que el juez realice el mismo tipo de juicios de valor que intentaba evitar. El estudio concluye que los argumentos basados en las consecuencias no pueden reemplazar el trabajo complejo y desordenado de sopesar diferentes valores; solo pueden añadir una capa de análisis a este, y deben combinarse con otros estándares legales establecidos para poder funcionar.

Los investigadores comenzaron aclarando a qué se referían con "consecuencias". En el sentido más amplio, la gente suele usar la palabra para referirse a cualquier cosa que una decisión pueda lograr, incluyendo metas abstractas como la justicia o el orden. Sin embargo, los autores acotaron esta definición para centrarse específicamente en las consecuencias sociales generales: los efectos tangibles que un fallo tiene sobre la sociedad en su conjunto, tales como cambios en el comportamiento, costes económicos o estabilidad social. Distinguieron entre las dos partes del argumento: la predicción de consecuencias y la evaluación de consecuencias. La predicción es el acto de pronosticar qué sucederá si se toma una decisión específica. La evaluación es el acto de decidir si esos resultados predichos son deseables o indeseables. El artículo sostiene que estos dos pasos son tareas fundamentalmente diferentes que no pueden fusionarse en una única y simple fórmula.

Cuando los autores analizaron el primer paso, la predicción de consecuencias, encontraron obstáculos lógicos y prácticos significativos. Para predecir un resultado futuro con certeza, se necesitaría una ley universal que garantice un resultado específico a partir de una acción determinada, de forma muy similar a una ley de la física. Si un juez decide X, entonces Y debe suceder. Pero en el mundo social, tales leyes férreas rara vez existen. La conexión entre un fallo judicial y sus efectos futuros suele ser probabilística, no cierta. Un juez podría suponer que permitir que los niños elijan sus propios apellidos aumentará los costes de gestión social, pero no existe una ley científica que demuestca que esto sucederá definitivamente. El mundo social es demasiado complejo, y la cadena de causa y efecto es demasiado larga y enredada como para ser capturada por una simple sentencia de "si-entonces". Además, los jueces no son profetas. Carecen de la capacidad de prever cada efecto dominó de sus decisiones, e incluso los expertos en sociología o economía tienen dificultades para predecir el futuro con alta precisión. Confiar únicamente en estas predicciones convertiría la sala de justicia en un juego de azar, despojando al proceso legal de su necesidad de una justificación razonada y reemplazándola por la especulación.

Incluso si un juez pudiera predecir el futuro perfectamente, el segundo paso, la evaluación de consecuencias, presenta un problema aún más profundo. Saber que una decisión conducirá a un determinado resultado no le dice al juez si ese resultado es bueno. Para determinar eso, el juez debe aplicar un estándar de valor. Los autores señalan que los argumentos basados en las consecuencias no vienen con su propia regla integrada para medir la "bondad". En su lugar, deben tomar prestado un estándar de otra parte. Algunos académicos sugieren utilizar la economía del bienestar, que mide el éxito mediante la cantidad total de felicidad o riqueza creada para la sociedad. Sin embargo, los investigadores muestran que este estándar es profundamente defectuoso. A menudo ignora cómo se distribuye esa riqueza, tratando como aceptable una situación en la que una persona se vuelve increíblemente rica mientras todos los demás sufren, siempre que la suma total aumente. Otros estándares podrían centrarse en los deberes morales, las tradiciones culturales o la dignidad humana. Debido a que no existe un estándar único y acordado sobre qué hace que una consecuencia sea "deseable", el juez se ve obligado a elegir qué estándar utilizar. Esta elección es, en sí misma, un juicio de valor.

El artículo demuestra que los argumentos basados en las consecuencias no eliminan la necesidad de juicios de valor; simplemente desplazan el lugar donde ocurren esos juicios. En lugar de preguntar "¿Es esta regla justa?", el juez termina preguntando "¿Es esta consecuencia específica la mejor que podemos lograr?". Pero para responder a eso, primero debe decidir qué significa "mejor". Los autores ilustran esto con casos reales, como una disputa sobre si los hijos deben heredar los apellidos de sus padres. Un juez podría argumentar que permitir que los niños elijan sus propios nombres perjudicaría el orden social. Pero para elaborar ese argumento, el juez ya debe creer que el orden social es más importante que la elección individual. Esta creencia es un juicio de valor que existe antes de que se calcule la consecuencia. El método de observar las consecuencias no genera esta creencia; solo la utiliza.

Además, los investigadores destacan que diferentes campos de estudio ofrecen formas diferentes y a menudo conflictivas de evaluar las consecuencias. Un economista podría ver una decisión como buena porque aumenta la eficiencia, mientras que un sociólogo podría verla como mala porque altera la estabilidad comunitaria. Cuando estos diferentes estándares chocan, el juez debe equilibrarlos entre sí. Este acto de equilibrio no es un cálculo matemático que arroja una única respuesta correcta. Es una negociación compleja entre valores contrapuestos, como la libertad frente a la seguridad, o la eficiencia frente a la equidad. Los autores sostienen que intentar reducir este proceso a una única métrica, como la maximización del bienestar social, es un error. Simplifica excesivamente la riqueza de los valores humanos e ignora el hecho de que algunos derechos y principios son tan importantes que no pueden canjearse por un ligero aumento en la felicidad general.

El estudio concluye que, si bien los argumentos basados en las consecuencias son una parte valiosa del arsenal judicial, no pueden sostenerse por sí solos como el único método para la toma de decisiones. No son un sustituto del razonamiento jurídico, ni una forma de eludir el difícil trabajo de sopesar los valores. En cambio, funcionan mejor cuando se combinan con doctrinas legales establecidas y salvaguardas procesales. Los autores sugieren que la idea de un método único y perfecto para objetivar los juicios de valor es un malentendido de cómo funciona el derecho. La adjudicación judicial no es una máquina que procesa entradas para producir un único resultado inevitable. Es una actividad humana que requiere navegar la incertidumbre, equilibrar principios contrapuestos y tomar decisiones que reflejen los compromisos más profundos de una sociedad. La complejidad de estas elecciones no puede resolverse mediante una simple fórmula; es una parte necesaria del proceso que asegura que la justicia siga siendo una práctica viva y dinámica en lugar de un cálculo rígido.

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