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Preoperative clear fluid fasting in patients undergoing nonemergency liver transplant: duration, hemodynamic and metabolic correlates. A prospective observational single-centre study

En un estudio observacional prospectivo de 99 receptores de trasplante de hígado, se encontró que el ayuno de líquidos claros preoperatorio fue sustancialmente más largo que la recomendación de la guía de 2 horas, aunque su duración no mostró una asociación significativa con alteraciones metabólicas ni vínculos concluyentes con la hipotensión postinducción, resaltando una brecha entre la práctica y las guías al tiempo que subraya la necesidad de estudios más amplios para esclarecer las consecuencias clínicas.

Autores originales: Paula Dudek, Weronika Karnkowska, Paweł Andruszkiewicz, Michał Grąt, Federico Bilotta

Publicado 2026-10-06
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Autores originales: Paula Dudek, Weronika Karnkowska, Paweł Andruszkiewicz, Michał Grąt, Federico Bilotta

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Antes de una cirugía mayor, se les dice a los pacientes que dejen de comer y beber durante un tiempo determinado. Esta regla existe para mantener el estómago vacío, reduciendo el riesgo de que la comida o los líquidos sean aspirados hacia los pulmones mientras el paciente está dormido. Durante décadas, el consejo estándar era dejar de toda ingesta después de la medianoche, pero las directrices modernas se han suavizado. Los expertos dicen ahora que los líquidos claros, como el agua o el jugo de manzana, pueden consumirse de forma segura hasta dos horas antes de la anestesia. Este cambio se basa en la idea de que el estómago vacía estos fluidos rápidamente, dejando al paciente hidratado y más cómodo sin aumentar el peligro. Sin embargo, para los pacientes que esperan un trasplante de hígado, la situación es más complicada. Estos individuos suelen padecer una enfermedad hepática grave, lo que puede ralentizar la velocidad con la que sus estómagos se vacían y cambiar la forma en que sus cuerpos procesan la energía. Debido a esto, no ha estado claro si la regla estándar de las dos horas se aplica a ellos, o si la naturaleza caótica de la cirugía de trasplante —donde los órganos llegan en momentos impredecibles— los obliga a esperar mucho más tiempo.

Un equipo de investigadores de la Universidad Médica de Varsovia en Polonia decidió investigar esta brecha entre las reglas oficiales y la práctica en el mundo real. Se centraron en adultos sometidos a trasplantes de hígado no de emergencia, un grupo médicamente frágil y con un alto riesgo de caídas repentinas de la presión arterial cuando se inicia la anestesia. Los investigadores querían saber dos cosas: cuánto tiempo pasaron realmente estos pacientes sin beber líquidos claros antes de su cirugía, y si ese tiempo de espera causaba algún daño inmediato, como una caída de la presión arterial o cambios en los niveles de azúcar y acidez en la sangre. Siguieron a 9s pacientes que estaban programados para un trasplante de un donante fallecido. A medida que cada paciente llegaba a la sala de operaciones, el equipo registraba exactamente cuándo había ingerido una bebida por última vez. Luego monitorearon de cerca a los pacientes durante la inducción de la anestesia, revisando su presión arterial cada pocos minutos y analizando su sangre en busca de signos de estrés metabólico.

Los resultados revelaron una desconexión significativa entre las directrices y lo que realmente sucedía en la sala de operaciones. Si bien las reglas sugieren que los pacientes deberían beber hasta dos horas antes de la cirugía, el paciente típico en este estudio esperó doce horas. Solo tres de los 99 pacientes lograron beber dentro del margen recomendado de dos horas. La gran mayoría esperó mucho más, con muchos pasando más de dieciséis horas sin un sorbo de agua. Esta larga espera no se debió a una necesidad médica, sino a la realidad logística de la cirugía de trasplante, donde la llegada de un órgano de un donante es a menudo impredecible, dejando a los pacientes en ayunas mientras esperan la llamada.

Los investigadores luego analizaron si este ayuno prolongado causaba las complicaciones temidas. Examinaron si la duración del ayuno hacía que los pacientes fueran más propensos a experimentar una caída repentina de la presión arterial cuando se administraban los fármacos anestésicos por primera vez. También comprobaron si un ayuno más largo provocaba nuevos problemas con el azúcar en sangre, el ácido láctico o el equilibrio ácido-base durante la cirugía. Los datos no mostraron un vínculo claro entre la duración del ayuno de los pacientes y estos resultados negativos que cumplieran con los estrictos criterios estadísticos del estudio. Sin embargo, el análisis reveló una señal que sugería que un ayuno más largo podría estar asociado con probabilidades ligeramente menores de una caída de la presión arterial, aunque este hallazgo no fue lo suficientemente robusto estadísticamente para ser considerado definitivo. Los pacientes que esperaron doce horas no presentaron cambios metabólicos significativamente diferentes en comparación con aquellos que esperaron menos tiempo.

A pesar de estos hallazgos, los autores son cuidadosos de no sugerir que los médicos deban hacer que los pacientes ayunen durante más tiempo. El estudio fue diseñado para observar lo que estaba sucediendo, no para probar que el ayuno prolongado sea seguro o beneficioso. La falta de un resultado negativo no significa que la regla de las dos horas sea errónea; simplemente significa que, en este grupo específico de pacientes, las horas adicionales de espera no parecieron causar los problemas específicos que los investigadores buscaban. El estudio resalta un problema importante en la atención al paciente: se está haciendo que la gente espere mucho más de lo necesario, lo que aumenta la sed y la ansiedad, sin ningún beneficio médico claro. Los investigadores concluyen que, si bien las directrices actuales siguen siendo el estándar, la práctica real de obligar a los pacientes de trasplante de hígado a ayunar durante muchas horas debe abordarse mediante una mejor comunicación y planificación, en lugar de asumir que un ayuno más largo es necesario para la seguridad.

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