An empirical retrospective study on ethics of community engagement during research with vulnerable internally displaced people during floods in Kismayo District, Somalia
Este estudio cualitativo sobre los desplazados internos (PDI) afectados por las inundaciones en Kismayo, Somalia, encuentra que, si bien los investigadores generalmente mantienen el respeto y la privacidad, persisten desafíos éticos como el favoritismo, el tribalismo y la explotación en la participación comunitaria y la distribución de ayuda debido a la dependencia de intermediarios.
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Tras los desastres naturales, la línea entre ayudar a las personas y estudiarlas a menudo se desibuja. Cuando las inundaciones o los conflictos desplazan a millones de personas, las organizaciones humanitarias acuden rápidamente para proporcionar alimentos, agua y refugio. Al mismo tiempo, investigadores y trabajadores de ayuda realizan con frecuencia encuestas y entrevistas para comprender qué es lo que la comunidad necesita más. Este doble papel crea un panorama ético complejo. La pregunta fundamental es si las personas que reciben la ayuda se sienten verdaderamente respetadas y seguras, o si su vulnerabilidad las hace sentir obligadas a participar en la investigación solo para recibir ayuda. Los conceptos clave aquí incluyen el "compromiso comunitario", que significa trabajar con las personas como socios en lugar de solo como sujetos, y el "consentimiento informado", la idea de que las personas deben comprender aquello a lo que están accediendo sin temor. En lugares donde la supervivencia depende de la ayuda externa, la confianza es frágil y la dinámica de poder entre el que ayuda y el ayudado puede convertirse fácilmente en explotación. Comprender cómo se desarrollan estas interacciones sobre el terreno es vital para asegurar que la búsqueda del conocimiento no cause un daño adicional a quienes ya están sufriendo.
En el distrito de Kismayo, en Somalia, una región azotada por inundaciones recurrentes e inestabilidad prolongada, investigadores analizaron recientemente de cerca esta dinámica. Se centraron en los desplazados internos: personas que se han visto obligadas a huir de sus hogares pero que permanecen dentro de las fronidades de su propio país. Tras las devastadoras inundaciones de 2023, que afectaron a más de un millón de personas en toda Somalia, un equipo de investigadores de la Universidad de Nairobi llevó a cabo un estudio para comprender cómo estas comunidades desplazadas experimentaron el lado ético de la investigación y la ayuda. Los investigadores no se limitaron a enviar cuestionarios; se sentaron para mantener conversaciones profundas con veintidós personas, incluyendo sobrevivientes de las inundaciones, líderes de campamentos y trabajadores de ayuda. Querían saber si las personas se sentían respetadas, si su privacidad era protegida y si el sistema de distribución de ayuda era justo.
El estudio pintó un cuadro de dos realidades muy diferentes. Por un lado, las interacciones directas entre los investigadores y las personas desplazadas fueron mayoritariamente positivas. Las personas entrevistadas informaron que los trabajadores de ayuda y los investigadores las trataron con dignidad y respeto. Señalaron que nadie les gritó, nadie utilizó la violencia y los trabajadores fueron educados incluso cuando no podían proporcionar exactamente lo solicitado. La privacidad también fue un punto fuerte. Los investigadores fueron cuidadosos al pedir permiso antes de entrar en los campamentos o hablar con individuos. Evitaron tomar fotos o publicar imágenes en redes sociales sin consentimiento, una práctica que las personas desplazadas apreciaron profundamente. Para muchos, el simple hecho de ser tratados con decencia humana básica durante un momento de crisis se sintió como una victoria significativa.
Sin embargo, bajo esta superficie de respeto, surgió una capa de desigualdad más profunda y preocupante cuando el enfoque cambió hacia cómo se distribuía realmente la ayuda y quién decidía. El estudio encontró que, si bien los investigadores en sí mismos eran éticos, el sistema en el que operaban estaba a menudo comprometido por las estructuras de poder locales. El mayor problema fue la dependencia de intermediarios: líderes de campamentos locales y figuras comunitarias que actuaban como porteros entre las organizaciones de ayuda y las personas desplazadas. Aunque estos líderes tenían la intención de ayudar, el estudio reveló que a menudo utilizaban su posición para favorecer a sus propios parientes o miembros de su propia tribu. Esta práctica, conocida como nepotismo, significaba que las personas más vulnerables a veces no recibían nada, mientras que aquellos con conexiones recibían apoyo adicional.
La sensación de injusticia fue particularmente aguda entre las mujeres. Varias mujeres en el estudio hablaron de una profunda desconfianza hacia el liderazgo del campamento, sintiendo que el sistema estaba amañado en su contra. En los hallazgos más perturbadores, algunas mujeres informaron haber sido instadas a entregar favores sexuales a cambio de acceso a la participación en la investigación o a la ayuda. Esta revelación puso de relieve una grave ruptura de la confianza, donde la promesa de ayuda se transformó en una herramienta de explotación. El estudio también señaló que muchas personas desplazadas sentían que no tenían una voz directa ante las organizaciones humanitarias. Se sentían desconectadas, obligadas a depender de estos intermediarios que a menudo no representaban las necesidades de los más pobres o los más marginados.
Los investigadores concluyeron que el problema no era necesariamente con los trabajadores de ayuda individuales, quienes a menudo intentaban hacer lo correcto, sino con la estructura misma del compromiso. Cuando la investigación y la ayuda se entregan a través de los mismos canales y dependen de los mismos líderes locales, resulta difícil separar una de la otra. La gente siente que no puede decir "no" a una encuesta porque teme que esto pueda afectar sus posibilidades de recibir alimentos o medicinas. Esto crea una situación en la que el consentimiento no es verdaderamente libre. El estudio sugiere que, para solucionar esto, las organizaciones humanitarias deben cambiar su forma de trabajar. Deben ir más allá de simplemente pedir una firma en un formulario de consentimiento y, en su lugar, construir sistemas que permitan una retroalimentación continua y una comunicación directa con las comunidades a las que sirven.
Los hallazgos de Kismayo sirven como un recordatorio contundente de que las buenas intenciones no son suficientes. Incluso cuando los investigadores son respetuosos y protegen la privacidad, el sistema más amplio puede fallar a los más vulnerables si depende de estructuras de poder locales que son propensas a la corrupción y al sesgo. El estudio recomienda que las organizaciones de ayuda dejen de depender únicamente de intermediarios y, en su lugar, creen sus propios canales directos de participación. Deben asegurar que la ayuda se distribuya basándose en la necesidad, no en conexiones tribales o relaciones personales. Al construir ciclos de retroalimentación transparentes y hacer responsables a los líderes locales, puede ser posible restaurar la confianza que es tan esencial tanto para la investigación efectiva como para la ayuda humanitaria genuina. El objetivo es asegurar que, cuando las personas están en su momento de mayor vulnerabilidad, los sistemas diseñados para ayudarlas no se conviertan inadvertidamente en fuentes de mayor daño.
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