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Culture on the Move: Transnational Nigerian Masculinities and Identity Negotiation in the United States

A través de entrevistas cualitativas con diecisiete hombres nigerianos en los Estados Unidos, este estudio revela cómo navegan los desafíos en las citas, la familia, el trabajo y las normas sociales mediante el empleo de estrategias como la resistencia y la adaptación para reconfigurar sus masculinidades dentro de un contexto de racialización y género institucional.

Autores originales: Omotayo Jemiluyi

Publicado 2026-08-31
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Autores originales: Omotayo Jemiluyi

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Durante décadas, los académicos han estudiado cómo mudarse a un nuevo país cambia la vida de una persona, centrándose a menudo en las dificultades que enfrentan las mujeres al dejar sus hogares. Sin embargo, la experiencia de los hombres es una historia diferente, una que había recibido mucha menos atención hasta hace poco. Cuando un hombre cruza fronteras, no solo cambia su dirección; entra en un nuevo mundo donde las reglas para ser hombre están escritas de forma distinta. En muchos lugares, incluyendo Nigeria, las ideas tradicionales de masculinidad están profundamente ligadas a la capacidad de un hombre para proveer a su familia, liderar su hogar y comandar el respeto de su comunidad. Estas expectativas no son solo hábitos personales, sino que están tejidas en la cultura, se enseñan desde la infancia y se refuerzan mediante las interacciones diarias. Pero cuando estos hombres llegan a los Estados Unidos, descubren que la definición estadounidense de un hombre a menudo choca con la que ellos conocieron. La cuestión no es solo la de encajar, sino cómo estos hombres reconstruyen su sentido del yo cuando el suelo bajo sus pies se desplaza. Este es el núcleo de un nuevo estudio que observa de cerca cómo los hombres nigerianos en Estados Unidos navegan por estos mundos conflictivos, tratando de aferrarse a quiénes son mientras aprenden a sobrevivir en un lugar donde sus viejas formas de ser podrían ser malinterpretadas o incluso rechazadas.

La investigación, realizada por Omotayo Jemiluyi en la Universidad de Missouri, se centra específicamente en diecisiete hombres nigerianos que viven en los Estados Unidos. Estos participantes, en su mayoría estudiantes de posgrado y profesionales, fueron entrevistados en profundidad sobre sus vidas diarias. El investigador quería comprender los momentos específicos en los que su identidad como hombres se sintió desafiada y las estrategias que utilizaron para manejar esos momentos. El estudio encontró que estos hombres enfrentan una presión significativa en cinco áreas principales de sus vidas: el cortejo, los roles familiares, el lugar de trabajo, las normas sociales y cómo se relacionan con las mujeres. En cada una de estas áreas, los hombres descubrieron que sus instintos naturales, moldeados por su crianza en Nigeria, a menudo los llevaban a la confusión o al conflicto en Estados Unidos.

En el ámbito del cortejo, por ejemplo, los hombres se encontraron con una cultura donde la responsabilidad financiera se comparte de manera diferente. En Nigeria, se espera que un hombre pague todo en una cita, y este acto es una señal clara de su capacidad y cuidado. En los Estados Unidos, sin embargo, dividir la cuenta o que una mujer pague por sí misma es común y a menudo esperado. Un participante describió la conmoción de intentar pagar por una mujer y sus amigos, solo para que le dijeran que todos debían pagar su propia comida. Este simple acto de pagar, que en su país se sentía como un deber, de repente se sintió como una intrusión o un malentendido de la relación. Del mismo modo, la forma en que los hombres muestran afecto cambia. En Nigeria, el romance suele ser práctico, centrado en proveer regalos que duren o resolver problemas. En los EE. UU., los gestos pequeños y fugaces como comprar flores son comunes, un concepto que les pareció extraño e poco práctico a los hombres que estaban acostumbrados a un enfoque del amor más funcional.

Los desafíos se extienden profundamente en la vida familiar. En Nigeria, un hombre es a menudo el jefe indiscutible del hogar, apoyado por una amplia red de familia extendida y vecinos que ayudan con el cuidado de los niños y las tareas diarias. Cuando estos hombres se mudan a los EE. UU., ese sistema de apoyo desaparece. Se encuentran solos en un entorno de familia nuclear, donde la expectativa es que las parejas compartan todas las tareas por igual. Un participante señaló que, en su país, una esposa podría servirle la comida a su esposo mientras él está sentado, pero en Estados Unidos, esa dinámica simplemente no funciona. Los hombres se ven obligados a aprender a cocinar, limpiar y cuidar a los niños de formas en las que nunca fueron enseñados, asumiendo roles que tradicionalmente se consideraban femeninos. Este cambio requiere que se conviertan en la única fuente de apoyo para sus familias, una carga pesada que cambia su realidad diaria y su estado emocional.

Incluso en el lugar de trabajo, donde se espera un comportamiento profesional universal, las diferencias culturales crean fricción. Una petición cortés hecha por un hombre nigeriano puede ser interpretada como una orden por un colega estadounidense. En Nigeria, pedirle a una compañera de trabajo que recoja un objeto puede verse como una interacción normal y cortés. En los EE. UU., donde la sensibilidad hacia las dinámicas de poder y la equidad de género es alta, la misma petición puede ser escuchada como un hombre intentando mandar a una mujer. Los hombres descubrieron que tenían que estar constantemente vigilantes de su tono y elección de palabras. Un comentario casual sobre la apariencia de un estudiante o una broma juguetona sobre el tamaño, que sería un humor inofensivo en su país, podría percibirse como ofensivo o incluso como acoso en un aula estadounidense. Aprendieron que su confianza y franqueza natural podían ser malinterpretadas como agresión o arrogancia, obligándolos a caminar por la cuerda floja de la automonitorización.

Para sobrevivir a estas colisiones culturales, los hombres del estudio desarrollaron cuatro formas principales de afrontamiento. La primera fue la resistencia, donde defendieron conscientemente sus valores tradicionales. Algunos hombres se negaron a cambiar la forma en que trataban a los mayores o cómo veían su papel como líderes en la familia, incluso cuando se sentía fuera de lugar. Continuaron usando títulos honoríficos para los profesores e insistieron en el consentimiento familiar para el matrimonio, viendo estos actos como una forma de preservar su dignidad e identidad. La segunda estrategia fue el aprendizaje y la adaptación. Muchos hombres se dieron cuenta de que, para que sus vidas funcionaran, tenían que cambiar. Aprendieron a cocinar, a dividir cuentas y a hablar con más cortesía. Entendieron que adaptarse no era una señal de debilidad, sino una habilidad necesaria para la supervivencia en una nueva tierra.

El tercer enfoque fue la sensibilidad cultural, que implicaba un ajuste cuidadoso de cómo se comunicaban. Aprendieron a pensar dos veces antes de hablar, a modificar los cumplidos y a evitar bromas que pudieran ser malinterpretadas. Se convirtieron en estudiantes de las señales sociales estadounidenses, tratando de comprender las reglas no escritas que regían las interacciones. La cuarta y quizás más sorprendente estrategia fue el silencio y la cautela. En una sociedad donde los estereotipos raciales sobre los hombres negros pueden ser peligrosos, muchos participantes optaron por permanecer callados. Si una situación se sentía tensa o si sentían que eran irrespetados, a menudo se tragaban su reacción en lugar de confrontarla. Este silencio no era un acto de sumisión, sino un movimiento calculado para protegerse de una escalada. Aprendieron que en los EE. UU., un pequeño malentendido podía tener grandes consecuencias, por lo que eligieron contener su ira o frustración para mantener la paz y asegurar su seguridad.

El estudio concluye que estos hombres no son víctimas pasivas del cambio cultural, sino agentes activos que están remodelando constantemente quiénes son. No están simplemente perdiendo su identidad nigeriana o convirtiéndose plenamente en estadounidenses; en cambio, están creando una versión nueva y fluida de la masculinidad que existe en el espacio entre ambos. Esta nueva identidad se construye sobre una mezcla de resistencia, adaptación y observación cuidadosa. La investigación destaca que este proceso es emocionalmente agotador. Requiere un estado constante de alerta, una forma de labor mental donde los hombres deben vigilar cada palabra y gesto para evitar ser malinterpretados. Los hallazgos sugieren que ser un hombre nigeriano en Estados Unidos es una actuación compleja, que exige un alto grado de inteligencia emocional y resiliencia. Al comprender estas luchas, la sociedad puede apoyar mejor a los hombres migrantes mientras navegan el difícil viaje de construir una vida en un nuevo país, reconociendo que su identidad no es fija, sino algo que construyen activa y tenazmente cada día.

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