Food Safety Risks from Mycotoxin in Sierra Leone Based on Multi Stakeholder Knowledge Attitudes and Practices
Un estudio transversal de 2025 en Sierra Leona revela una brecha crítica en la concienciación sobre las micotoxinas y prácticas generalizadas de manipulación insegura de alimentos entre consumidores, agricultores, comerciantes y profesionales de la salud, lo que destaca la necesidad urgente de campañas nacionales de educación, mejora de la infraestructura de almacenamiento y marcos regulatorios más sólidos para mitigar los riesgos de exposición dietética crónica.
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En los climas tropicales y húmedos de África Occidental, el aire mismo puede convertirse en un criadero de amenazas invisibles. Cuando cultivos como el maíz, el cacahuete y el arroz son cosechados, se enfrentan a una batalla constante contra los hongos, un tipo de moho que prospera en el calor y la humedad. Aunque estos hongos suelen ser visibles como manchas vellosas en la comida estropeada, producen algo mucho más peligroso que la simple podredumbre: venenos microscópicos y termoestables llamados micotoxinas. A diferencia del moho que se puede ver, estas toxinas no pueden eliminarse lavándolas, cocinándolas o mediante la simple acción de cortar las partes dañadas. Permanecen en el alimento, listas para causar graves problemas de salud que van desde daños hepáticos y fallos del sistema inmunológico hasta el retraso del crecimiento en los niños. Durante décadas, los científicos han sabido que estos contaminantes invisibles son una crisis de salud mundial, particularmente en regiones donde el almacenamiento de alimentos es difícil y el clima favorece el crecimiento fúngico. Sin embargo, para las personas que viven en estas zonas, el peligro suele ser un misterio, oculto tras la lucha diaria por alimentar a una familia.
Una investigación reciente en Sierra Leona buscó descubrir cuánto sabe la gente sobre esta amenaza silenciosa y cómo manejan los alimentos que muestran signos de deterioro. El estudio, realizado en noviembre de 2025, recopiló datos en cinco distritos diferentes que abarcan las diversas regiones del país, desde las tierras bajas costeras hasta la sabana interior. Los investigadores analizaron las respuestas de cientos de hogares, agricultores, comerciantes y trabajadores de la salud para comprender la brecha entre la ciencia de la seguridad alimentaria y la realidad de la vida cotidiana. Lo que encontraron fue un panorama de profunda incertidumbre. Cuando se les preguntó si alguna vez habían oído la palabra "micotoxina", solo una mínima fracción de las personas encuestadas, aproximadamente cuatro de cada cien, pudo decir que sí. Incluso entre aquellos que habían oído el término, muy pocos pudieron nombrar los tipos específicos de venenos implicados. La gran mayoría de la gente simplemente no sabía que el crecimiento velloso en sus granos almacenados podría estar produciendo toxinas invisibles que persisten incluso después de la cocción.
El estudio reveló que el conocimiento sobre estos peligros está estrechamente ligado a la educación. Las personas sin escolarización formal eran casi totalmente desconocedoras del concepto, mientras que aquellos con educación universitaria tenían más probabilidades de haber oído hablar de ello, aunque incluso entre los instruidos, la conciencia seguía siendo baja. Esta falta de conocimiento llevó a concepciones erróneas generalizadas sobre cómo manejar la comida estropeada. Muchas personas creían que si lavaban el alimento, lo secaban de nuevo al sol o cortaban el moho visible, el resto de la cosecha era seguro para comer. En realidad, las toxinas a menudo ya se han extendido por todo el alimento antes de que el moho sea visible, y el calor no las destruye. A pesar de estos riesgos, la necesidad económica suele impulsar el comportamiento. Ante un saco de grano mohoso, muchas familias sienten que no pueden permitirse tirarlo. En su lugar, podrían cortar las partes peores para salvar el resto, lavar los granos para limpiarlos o incluso alimentar a su ganado con la comida contaminada, transmitiendo involuntariamente las toxinas a la carne, la leche y los huevos que consumen sus familias.
Los investigadores también observaron cómo se almacenan los alimentos. La mayoría de los hogares guardan sus productos básicos en sacos tejidos o cubos de plástico, que permiten la circulación de la humedad y el aire. En un clima cálido y húmedo, esta configuración fomenta el crecimiento de más moho y la producción de más toxinas. Muy pocas personas utilizan recipientes herméticos que puedan mantener fuera el aire y evitar el crecimiento de los hongos. El estudio encontró que, aunque la mayoría de la gente afirma que selecciona sus granos para eliminar las piezas malas, a menudo lo hacen solo justo antes de cocinar, en lugar de hacerlo regularmente durante el almacenamiento. Esto significa que los granos mohosos pueden permanecer en un saco durante meses, esparciendo sus esporas y toxinas a los granos sanos que los rodean. Incluso entre agricultores y profesionales de la salud, la comprensión del problema era limitada. Solo un pequeño porcentaje de los trabajadores de la salud había recibido formación sobre micotoxinas, y muchos no reconocieron el término hasta que se les explicó durante la encuesta.
Los hallazgos pintan un cuadro claro de un sistema donde el peligro es real pero la conciencia es inexistente. La gente de Sierra Leona no está ignorando el problema; simplemente desconocen la naturaleza invisible de la amenaza. Actúan bajo la suposición de que si pueden ver el moho, pueden arreglarlo, y si no pueden verlo, la comida es segura. Esta creencia es peligrosa porque las toxinas son invisibles y permanentes. El estudio sugiere que, sin un cambio significativo en la comprensión pública y un cambio en la forma de manipular y almacenar los alimentos, el ciclo de exposición continuará. Los investigadores enfatizan que resolver este problema requiere más que solo decirle a la gente que deseche la comida en mal estado; requiere construir un sistema donde el almacenamiento seguro sea posible y donde los riesgos invisibles se hagan visibles a través de la educación. Hasta entonces, los venenos invisibles continuarán representando una amenaza silenciosa para la salud y el futuro de la población, ocultos a plena vista dentro de los mismos alimentos que los sustentan.
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