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Early Childhood Education and Care Teachers’ Experiences of Outdoor Play for Young Children’s Social and Cognitive Development: Opportunities and Barriers in Lagos, Nigeria

Este estudio cualitativo de seis docentes de educación y cuidado de la primera infancia en Lagos, Nigeria, revela que, a pesar de enfrentar barreras de recursos y seguridad, los educadores poseen un sólido conocimiento profesional e ingenio para fomentar el desarrollo social y cognitivo de los niños a través del juego al aire libre, al tiempo que replantean a los padres como socios colaborativos en lugar de obstáculos.

Autores originales: Abdullahi Opeyemi Azeez, Sigrid Brogaard Clausen

Publicado 2026-10-14
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Autores originales: Abdullahi Opeyemi Azeez, Sigrid Brogaard Clausen

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Durante décadas, educadores e investigadores han comprendido que los niños no aprenden simplemente sentándose quietos; aprenden moviéndose, explorando e interactuando con el mundo que los rodea. Esta idea, a menudo llamada desarrollo holístico, sugiere que la mente, el cuerpo y las habilidades sociales de un niño crecen juntos en lugar de en cajas separadas. Si bien gran parte de la conversación científica sobre esto ha tenido lugar en Europa y América del Norte, donde el juego al aire libre suele estar integrado en las jornadas escolares, en muchas partes de África ha surgido un panorama diferente. En estas regiones, la presión por centrarse en exámenes académicos e instrucción en el aula a menudo deja el tiempo al aire libre en un segundo plano. Los padres y los líderes escolares suelen preocuparse de que dejar que los niños corran afuera sea una distracción del aprendizaje, o de que el entorno sea simplemente demasiado inseguro. Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿ven realmente los maestros sobre el terreno el juego al aire libre como una pérdida de tiempo, o reconocen su valor oculto incluso cuando los recursos escasean?

Un estudio reciente se propuso responder a esta pregunta escuchando las voces de los maestros de la primera infancia en Lagos, Nigeria. Los investigadores, con sede en la Universidad de Roehampton, querían comprender cómo estos educadores ven el papel del exterior en la formación de la capacidad de un niño para pensar, resolver problemas y llevarse bien con los demás. Llevaron a cabo una serie de conversaciones profundas con seis maestros que trabajaban en dos escuelas diferentes en Lagos: una privada y una pública. A través de videolladas, los investigadores pidieron a los maestros que describieran sus experiencias diarias, los desafíos que enfrentan y los momentos en los que han visto a los niños crecer a través del juego al aire libre. El objetivo no era medir puntuaciones de exámenes ni contar cuántas veces se caía un niño, sino comprender las propias percepciones profesionales de los maestros y cómo navegan la compleja realidad de sus escuelas.

Los hallazgos revelan un grupo de educadores que son mucho más conocedores y con mayor capacidad de gestión de lo que sugiere la narrativa común. En lugar de ver el juego al aire libre como un descanso del aprendizaje, estos maestros lo ven como un aula vital por derecho propio. Describieron observar cómo los niños se vuelven más seguros, aprenden a negociar con sus pares y resuelven conflictos sin necesidad de que un adulto intervenga inmediatamente. Un maestro señaló que, cuando los niños están afuera, aprenden a escucharse unos a otros y a encontrar soluciones que funcionen para todos. Otro observó que el espacio abierto permite que los niños usen su imaginación con más libertad, convirtiendo objetos simples en herramientas para la resolución creativa de problemas. Los maestros explicaron que estas interacciones ayudan a los niños a desarrollar habilidades de pensamiento crítico, tales como descifrar cómo construir un juego u organizar una actividad grupal, que son tan importantes como leer o escribir.

Sin embargo, el camino para proporcionar estas experiencias no es fluido. Los maestros hablaron con franqueza sobre las barreras que enfrentan, las cuales incluyen la falta de áreas de juego seguras, la amenaza del tráfico o alcantarillas abiertas, y la intensa presión para centrarse en los resultados académicos. En una cultura donde la educación se ve a menudo como una escalera hacia el éxito futuro, los padres y los administradores escolares a veces se preocupan de que el tiempo pasado afuera sea tiempo robado al estudio. Los maestros también mencionaron obstáculos prácticos como el clima impredecible y la necesidad de suministros médicos para manejar lesiones menores o alergias. A pesar de estos obstáculos, los maestros no se rindieron simplemente. En su lugar, mostraron una notable ingenuidad, adaptando sus lecciones para ajustarse al espacio que tenían, preparando equipo de seguridad con antelación y encontrando formas de hacer que el exterior funcione dentro de las limitaciones de su entorno.

Quizás el descubrimiento más sorprendente fue cómo los maestros veían a los padres. Mientras que investigaciones previas suelen pintar a los padres como el principal obstáculo, temiendo por la seguridad de sus hijos o exigiendo más trabajo académico, estos maestros describieron una dinámica diferente. Vieron a los padres como socios potenciales que pueden ser convencidos mediante la confianza y la comunicación clara. Los maestros explicaron que, cuando se tomaban el tiempo para explicar los beneficios del juego al aire libre —como el hecho de que ayuda a los niños a dormir mejor o a ser más activos y felices en casa—, los padres respondían positivamente. Un maestro compartió que los padres comenzaron a notar que sus hijos eran más sociales y seguros de sí mismos después de pasar tiempo afuera. Esto sugiere que la brecha entre la escuela y el hogar no es inquebrantable; puede cerrarse cuando los educadores comparten su conocimiento profesional e invitan a las familias a la conversación.

El estudio no pretende haber resuelto el problema del juego al aire libre en Nigeria, ni sugiere que todas las escuelas del país operen de esta manera. La muestra fue pequeña, involucrando solo a seis maestros en una ciudad, por lo que los resultados no pueden generalizarse a toda África. Sin embargo, los conocimientos ofrecen una poderosa contra-narrativa a la idea de que los maestros en estos entornos carecen de conocimiento o compromiso. En cambio, la investigación destaca que estos educadores poseen una comprensión profunda del desarrollo infantil y trabajan activamente para proporcionar experiencias significativas para los niños, incluso cuando el sistema no está diseñado para apoyarlos. Los hallazgos sugieren que si las políticas y los líderes escolares reconocieran este conocimiento existente y proporcionaran mejores recursos, el potencial del aprendizaje al aire libre podría desbloquearse de manera mucho más efectiva.

En última instancia, esta investigación nos invita a mirar más allá de los déficits y ver las fortalezas ya presentes en el aula. Demuestra que el deseo de ayudar a los niños a crecer es universal, incluso cuando las herramientas para hacerlo son limitadas. Al comprender cómo los maestros en Lagos navegan la seguridad, el currículo y las preocupaciones de los padres, otros educadores y responsables políticos pueden aprender lecciones valiosas sobre cómo apoyar el desarrollo de los niños en entornos diversos y desafiantes. La historia no es una de falta de oportunidad, sino de un compromiso silencioso y persistente para sacar el máximo provecho del espacio existente, demostrando que el valor del juego al aire libre es reconocido por quienes mejor conocen a los niños.

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