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From Culinary Practice to Foreign Policy: Gastrodiplomacy in the Dominican Republic

Este artículo sostiene que la gastrogdiplomacia de la República Dominicana no surge de una campaña nacional única, sino a través de iniciativas dispersas y superpuestas en los sectores oficial, privado y de la diáspora, destacando la necesidad de una coordinación estratégica para transformar estas prácticas culinarias recurrentes en una herramienta coherente de política exterior.

Autores originales: Roberto Augusto Gómez Ferstl

Publicado 2026-10-14
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Autores originales: Roberto Augusto Gómez Ferstl

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

La comida ha sido durante mucho tiempo un embajador silencioso, una forma de que las naciones se presenten sin decir una sola palabra. En el mundo de las relaciones internacionales, este concepto se conoce como gastrodiplomacia, una estrategia en la que los gobiernos utilizan su cocina nacional para tender puentes, moldear cómo son percibidos y fomentar la confianza con otros países. Mientras algunas naciones han lanzado campañas masivas y muy visibles para promover su comida, muchas otras dependen de un enfoque más silencioso y disperso. La pregunta que los investigadores se plantean ahora no es solo si la comida puede representar a un país, sino cómo una nación puede convertir el acto cotidiano de servir una comida en una herramienta constante y estratégica para la política exterior. Esto es particularmente relevante para los países pequeños que pueden no tener los vastos presupuestos de las superpotencias globales, pero poseen ricos activos culturales y grandes comunidades viviendo en el extranjero.

Un nuevo estudio de la República Dominicana explora precisamente cómo funciona esto en la práctica. La investigación, realizada por el diplomático y académico Roberto Augusto Gómez Ferstl, analiza cómo la nación caribeña utiliza su comida en su labor diplomática. En lugar de buscar una única y famosa campaña nacional, el autor examinó las acciones reales y repetidas llevadas a cabo por diplomáticos y expertos en gastronomía. Entrevistó a tres diplomáticos dominicanos y a tres especialistas en gastronomía, y revisó documentos oficiales del gobierno, incluyendo una guía de 2024 para eventos culturales y un plan estratégico para el turismo gastronico sostenible hacia el 2030. El objetivo era comprender cómo estos esfuerzos dispersos encajan entre sí y si se están convirtiendo en una parte formal de la política exterior del país.

Los hallazgos revelan que la República Dominicana ya está profundamente involucrada en la gastrodiplomacia, pero no a través de un mando único y centralizado. En cambio, la diplomacia alimentaria del país está ocurriendo en muchos lugares a la vez: en desayunos oficiales, durante festivales culturales, en ferias de turismo y en los hogares de los tres millones de dominicanos que viven en el extranjero. El estudio muestra que estas actividades cumplen cuatro propósitos principales. Primero, proyectan una imagen de la historia e identidad del país, contando historias sobre la mezcla de influencias indígenas, africanas y europeas que crearon su cocina. Segundo, construyen relaciones; compartir una comida crea una atmósfera relajada donde la confianza puede crecer entre funcionarios y huéspedes extranjeros. Tercero, promueven el turismo y los productos locales, ayudando a los visitantes a imaginar la experiencia de comer en la República Dominicana. Finalmente, forman redes, conectando a chefs, dueños de negocios y líderes comunitarios que pueden trabajar juntos en proyectos futuros.

Sin embargo, el estudio también destaca una brecha significativa entre lo que sucede en el terreno y lo que sucede en la política. Si bien los diplomáticos y los expertos en gastronomía coinciden en que el trabajo es valioso, ven el sistema actual de manera distinta. Los diplomáticos describen una práctica flexible y adaptable donde ajustan los menús para adaptarse a los gustos locales y cuentan con la ayuda de miembros de la comunidad para obtener ingredientes. Los especialistas en gastronomía, por otro lado, señalan que estos esfuerzos suelen ser fragmentados y carecen de una estrategia unificada. No existe una única institución que vincule todas estas actividades separadas en un plan coherente. La investigación sugiere que el país se encuentra actualmente en una etapa intermedia de desarrollo: ha superado el simple hecho de tener comida presente en los eventos y se encuentra ahora en una fase de práctica repetida e intencional, pero aún no ha institucionalizado plenamente estos esfuerzos en una política permanente y bien coordinada.

El autor argumenta que esta etapa "intermedia" es, de hecho, común y valiosa. Demuestra que un país puede construir una sólida reputación diplomática a través de la comida sin necesidad de una campaña de marca nacional masiva y costosa primero. El verdadero desafío para la República Dominicana, y para otras naciones pequeñas, no es reemplazar esta flexibilidad local con un programa rígido y descendente. En su lugar, el objetivo debe ser crear un sistema que preserve el conocimiento adquirido en cada evento. Cuando un diplomático aprende a adaptar un plato tradicional para una audiencia específica, o cuando un chef encuentra un proveedor local confiable en una ciudad extranjera, ese conocimiento debe ser guardado y compartido para que no desaparezca cuando las personas cambien de empleo. Al conectar estos éxitos dispersos, una nación puede convertir los actos individuales de hospitalidad en un activo estratégico duradero que fortalezca sus relaciones con el mundo.

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