“We Are All Sick”: Sanitation, Structural Neglect, and the Embodied Politics of Informality in Cape Town
Basándose en entrevistas y marcos teóricos como la ecología política urbana, este artículo sostiene que en Khayelitsha, Ciudad del Cabo, el descuido sistémico del saneamiento y la clasificación "temporal" de los asentamientos informales producen sufrimiento corporal y marginación política, transformando la enfermedad privada de los residentes en una demanda colectiva de infraestructura como un derecho fundamental de ciudadanía.
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En el estudio de cómo funcionan las ciudades, los investigadores suelen mirar más allá del horizonte visible para observar los sistemas invisibles que mantienen vivas a las personas: las tuberías que traen agua limpia y los desagües que se llevan los desechos. Cuando estos sistemas fallan, las consecuencias no son solo fallos técnicos; son experiencias profundamente humanas que determinan quién pertenece a una ciudad y quién es dejado atrás. Este campo de investigación, conocido como ecología política urbana, examina cómo el poder y el dinero deciden a dónde va la infraestructura, dejando a menudo a los barrios más pobres sin servicios básicos. Otra idea clave es la "violencia lenta", que describe el daño que ocurre gradualmente a lo largo de años o décadas en lugar de en una única y dramática explosión. Es el tipo de daño que se acumula silenciosamente, desgastando la salud y la esperanza hasta que el sufrimiento se convierte en una parte normal de la vida cotidiana. Comprender estos conceptos es crucial porque revelan que la falta de retretes o de agua limpia rara vez es un accidente. En cambio, suele ser el resultado de decisiones a largo plazo que tratan a ciertas comunidades como temporales o menos importantes, convirtiendo sus cuerpos en la primera línea de defensa contra un sistema fallido.
En la sección RR de Khayelitsha, un asentamiento en la periferia de Ciudad del Cabo, Sudáfrica, un investigador llamado Alex Kihehere Mukiga se propuso comprender qué sucede cuando una comunidad vive en este estado de negligencia permanente. El área está construida sobre un humedal, densamente poblada con viviendas autoconstruidas, y ha sido etiquetada por las autoridades como "temporal" durante décadas. Esta etiqueta ha permitido a la ciudad retener la infraestructura permanente como tuberías de alcantarillado y carreteras pavimentadas, dejando a los residentes dependiendo de letrinas de balde y drenajes abiertos. Mukiga no se limitó a contar el número de instalaciones rotas; escuchó a las personas que viven allí. Realizó entrevistas a treinta residentes y dieciséis activistas, pidiéndoles que describieran sus vidas, su salud y su relación con el gobierno de la ciudad. El objetivo era ir más allá de las estadísticas y comprender cómo la falta de saneamiento se siente en el cuerpo y cómo esto moldea la forma en que las personas se ven a sí mismas como ciudadanos.
El hallazgo más impactante de estas conversaciones fue una frase única y repetida: "Todos estamos enfermos". Esta declaración no era un diagnóstico médico de un doctor, sino una declaración colectiva de la comunidad. Los residentes describieron una realidad donde la enfermedad es constante e inevitable. Los niños sufren de tos persistente y llagas en la piel, mientras que los adultos lidian con la tuberculosis y otras enfermedades que prosperan en el agua estancada y húmeda que rodea sus hogares. Un residente explicó que cuando van a la clínica, el personal reconoce inmediatamente su dirección y asume que la enfermedad es inevitable, ofreciendo solo un alivio temporal en lugar de una cura. Los investigadores encontraron que esta enfermedad no es solo un hecho biológico, sino uno político. El propio cuerpo se convierte en un registro del fracaso de la ciudad, cargando con el peso físico de un sistema que se niega a proporcionar atención básica. Los testimonios de los residentes revelaron que el peligro no está solo en los desechos en sí, sino en el miedo y la vulnerabilidad que crean, particularmente para las mujeres y los niños, quienes deben navegar por caminos inseguros para llegar a los baños comunitarios o enfrentar el riesgo de la delincuencia en la oscuridad.
El estudio también descubrió un profundo sentimiento de frustración y desconfianza entre la comunidad y el gobierno local. Los residentes saben que los funcionarios de la ciudad conocen su situación; los concejales viven cerca y el municipio sabe que la zona es un humedal sin drenaje. Sin embargo, la negligencia continúa. Esto ha llevado a un sentimiento de abandono, donde la promesa de la democracia y la prestación de servicios se siente como una mentira. Cuando los residentes intentan organizarse, a menudo encuentran que sus esfuerzos están fragmentados. Los líderes comunitarios y los comités de calle, que deberían servir de puente entre los vecinos y el gobierno, se han visto tensados por el conflicto y la falta de recursos. Los activistas que antes trabajaban con organizaciones más grandes para exigir cambios ahora se encuentran sin apoyo, obligados a recurrir a medidas desesperadas como quemar neumáticos para llamar la atención. La investigación sugiere que, si bien la comunidad no es pasiva, su capacidad para luchar por el cambio se ve desgastada por años de ser ignorados y por el colapso de los grupos que antes les ayudaban.
En última instancia, el artículo argumenta que la crisis en Khayelitsha no es un simple problema de construir más retretes. Es un problema estructural donde la ciudad trata a estos asentamientos como si no pertenecieran, negándoles los derechos de la plena ciudadanía. La frase "Todos estamos enfermos" transforma el sufrimiento privado en una demanda pública de reconocimiento. Obliga a la ciudad a ver el costo humano de su inacción. El estudio concluye que, mientras estas áreas sean etiquetadas como "temporales", el ciclo de negligencia continuará y la salud de los residentes seguirá ligada a los caprichos de las decisiones políticas. La solución, sugiere el autor, requiere un cambio fundamental en la forma en que la ciudad ve a su propia gente: reconociendo que el saneamiento no es un privilegio que se concede, sino un derecho básico que define lo que significa ser un ciudadano en una ciudad moderna. Hasta que ese reconocimiento ocurra, la violencia lenta de la negligencia continuará moldeando las vidas de aquellos en los márgenes.
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