Reactive markers of HIV, hepatitis B, hepatitis C and syphilis among people who use drugs in Sofia, Bulgaria: a cross-sectional bio-behavioural survey
Una encuesta transversal de 2024 en Sofía, Bulgaria, revela que dos tercios de las personas que consumen drogas portan al menos un marcador reactivo para el VIH, la hepatitis B, la hepatitis C o la sífilis, siendo el historial de inyección y la edad los correlatos más fuertes para la alta prevalencia de la hepatitis C y el VIH, lo que destaca la necesidad de servicios integrados de prueba y tratamiento.
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En las concurridas calles de Sofía, Bulgaria, se desarrolla una crisis de salud oculta entre las personas que consumen drogas. Durante décadas, los expertos en salud pública han sabido que compartir agujas para inyectarse drogas es un camino rápido hacia infecciones graves. Dos de las más peligrosas son el VIH, que ataca el sistema inmunológico, y la hepatitis C, un virus que daña el hígado. Estos virus viajan fácilmente a través de la sangre y, cuando se comparte una aguja, incluso una diminuta gota de sangre infectada puede transmitir la enfermedad de una persona a otra. Si bien estas infecciones también pueden propagarse por contacto sexual, el riesgo se dispara cuando las personas se inyectan drogas juntas. En muchas partes del mundo, la tasa de estas infecciones entre las personas que se inyectan drogas es mucho mayor que en la población general. Comprender exactamente qué tan extendidas están estas infecciones en una ciudad específica, y quién está en mayor riesgo, es la única forma de diseñar servicios que realmente funcionen para detener la propagación y salvar vidas.
Un equipo de investigadores se propuso recientemente mapear este panorama en Sofía. No se sentaron en una oficina esperando a que la gente fuera a una clínica; en su lugar, fueron a los lugares donde la gente que consume drogas se reúne. Trabajando con una organización sin fines de lucro local, abordaron a 480 adultos que habían consumido drogas ilícitas en el mes anterior al estudio. Los investigadores les hicieron preguntas detalladas sobre sus vidas, su consumo de drogas y su vivienda, y luego recolectaron una pequeña gota de sangre de cada persona. Esta sangre fue analizada en el acto con pruebas rápidas para ver si contenía marcadores de VIH, hepatitis B, hepatitis C y sífilis. El objetivo no era solo contar las infecciones, sino comprender la historia detrás de los números: quiénes portan estos virus, cuánto tiempo han estado probablemente portándolos y qué factores en su vida diaria los ponen en riesgo.
Los resultados revelaron una pesada carga de infección. Dos de cada tres personas en el estudio presentaban un marcador reactivo para al menos una de estas infecciones transmitidas por la sangre. El hallazgo más común fue la hepatitis C. Aproximadamente el 64 por ciento de todos los participantes mostraron signos de haber estado expuestos al virus en algún momento de sus vidas. Sin embargo, la historia cambió drásticamente cuando los investigadores observaron quiénes habían inyectado drogas frente a quienes no lo habían hecho. Entre las personas que habían inyectado drogas, casi el 90 por ciento había estado expuesto a la hepatitis C. En contraste, solo alrededor del 19 por ciento de aquellos que consumieron drogas pero nunca se inyectaron mostraron signos del virus. Esta marcada diferencia confirmó que, para la hepatitis C, el acto de inyectar es el principal motor de la infección en esta comunidad.
El VIH contó una historia diferente, aunque igualmente seria. Alrededor del 13 por ciento de todos los participantes dieron positivo para anticuerpos del VIH. Nuevamente, el riesgo era mucho mayor para aquellos que habían inyectado drogas, con un 17 por ciento positivo, en comparación con solo el 5 por ciento de los no inyectores. Lo que hizo que los datos del VIH fueran particularmente llamativos fue que no seguían el mismo patrón que la hepatitis C. Mientras que las infecciones por hepatitis C se acumulaban constantemente a medida que las personas envejecían y pasaban más años inyectándose, la tasa de VIH no aumentaba con la edad de la misma manera. Esto sugiere que la hepatitis C ha estado circulando en este grupo durante mucho tiempo, acumulándose a lo largo de décadas, mientras que el VIH pudo haber entrado en la red más recientemente y haberse propagado en un patrón diferente. Los investigadores también encontraron que las personas que actualmente vivían en situación de calle o que no tenían un lugar estable para vivir tenían significativamente más probabilidades de tener VIH, lo que señala la profunda conexión entre la inestabilidad de la vivienda y el riesgo de infección.
El estudio también arrojó luz sobre otras infecciones. La sífilis y la hepatitis B se encontraron en un número pequeño de personas y, a diferencia del VIH y la hepatitis C, su presencia no parecía estar vinculada a si la persona se inyectaba drogas o no. En cambio, la sífilis fue más común entre las mujeres, lo que sugiere que se transmite principalmente por contacto sexual en este grupo y no a través de agujas. Esta distinción es crucial porque significa que un solo enfoque de prevención no puede resolver todos los problemas; se necesitan diferentes estrategias para diferentes virus.
Quizás el hallazgo más importante fue sobre la superposición entre el VIH y la hepatitis C. De las personas que dieron positivo para VIH, el 87 por ciento también dio positivo para hepatitis C. Este alto nivel de coinfección significa que el tratamiento de estos pacientes requiere un enfoque unificado. Separar los servicios para el VIH y la hepatitis sería ineficiente y probablemente dejaría fuera a muchas personas que necesitan ayuda. Los investigadores señalaron que, si bien las pruebas rápidas mostraron quién había estado expuesto a la hepatitis C, no podían determinar quién tiene actualmente un virus activo e infeccioso. Alrededor de una cuarta parte de las personas que contraen la hepatitis C la eliminan por sí mismas, y otras pueden haber sido curadas por tratamiento pero aún muestran anticuerpos. Por lo tanto, el siguiente paso para Sofía es realizar pruebas más detalladas para determinar exactamente cuántas personas necesitan tratamiento médico inmediato.
El estudio también resaltó una brecha entre lo que está disponible y lo que sucede en el terreno. Casi todos en el estudio dijeron que podían obtener agujas nuevas y estériles siempre que las necesitaran. Sin embargo, un número significativo todavía reportó haber usado agujas que habían sido usadas por alguien más. Esto sugiere que el problema no es la falta de equipo, sino las circunstancias difíciles en las que las personas consumen drogas. Factores como la presencia policial, la urgencia de la abstinencia o la falta de un lugar seguro para consumir drogas pueden obligar a las personas a compartir equipo incluso cuando hay agujas limpias cerca. Los investigadores concluyeron que, para proteger verdaderamente a esta población, los servicios deben ser integrados, la vivienda debe abordarse y el enfoque debe pasar de la simple distribución de agujas a asegurar que las personas tengan la seguridad y la estabilidad necesarias para usarlas correctamente. Los datos pintan un cuadro claro de una comunidad que carga con una pesada carga de enfermedades prevenibles, una que solo puede aliviarse mediante una atención coordinada, compasiva e integrada.
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