Sustainable Consumption and the Role of Sustainability Education in Higher Education
Este artículo revisa la literatura desde 1994 hasta 2021 para concluir que, si bien la educación en sostenibilidad en la educación superior contribuye significativamente al consumo proambiental, su eficacia depende de contextos económicos, sociales, institucionales y de políticas más amplios, en lugar de operar como un motor automático o uniforme del cambio de comportamiento.
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Cada día, tomamos decisiones sobre qué comprar, qué comer y cómo viajar. Estas elecciones se suman para formar un patrón de consumo que moldea el mundo que nos rodea. Cuando utilizamos los recursos más rápido de lo que la naturaleza puede reponerlos, o cuando nuestros hábitos generan desechos que dañan el medio ambiente, estamos participando en un consumo insostenible. Durante décadas, líderes internacionales y científicos han coincidido en que cambiar estos hábitos es esencial para el futuro. Una idea central en este esfuerzo es que la educación puede ayudar. La esperanza es que, si las personas aprenden más sobre el medio ambiente, comenzarán naturalmente a tomar mejores decisiones. Pero, ¿el saber qué es lo correcto conduce realmente a hacer lo correcto? Esta pregunta está en el corazón de una nueva revisión de investigación que analiza cómo el aprendizaje sobre la sostenibilidad influye en la forma en que las personas viven.
Dos investigadores del Alexander College en Chipre, Stelios Stefanos Drousiotis y Giorgos Nicou, se propusieron responder a esto examinando décadas de estudios científicos. No realizaron un nuevo experimento con estudiantes ni encuestaron a un grupo de compradores. En su lugar, actuaron como cartógrafos, mapeando el paisaje existente del conocimiento. Recopilaron y analizaron 73 artículos de revistas revisadas por pares publicados entre 1994 y 2021. Su objetivo era comprender la relación entre la educación y la forma en que las personas consumen bienes y servicios. Querían ver si las escuelas y las universidades están convirtiendo con éxito a los estudiantes en ciudadanos más sostenibles y, de no ser así, qué es lo que se lo impide.
Los investigadores descubrieron que el campo de estudio ha crecido rápidamente, particularmente en la última década. La mayor parte de la investigación proviene de Europa, con Estados Unidos y China contribuyendo también significativamente. Cuando observaron a quién se estaba estudiando, vieron una mezcla de consumidores generales, residentes y profesores, pero una gran parte de la investigación se centró en los estudiantes. Esto tenía sentido para su pregunta, ya que las universidades son donde los jóvenes forman sus hábitos adultos. Los estudios cubrieron muchos tipos de consumo, desde alimentos y energía hasta bienes domésticos generales, aunque la alimentación y las compras generales fueron los temas más comunes.
La revisión reveló un panorama complejo. La educación tiene un efecto poderoso. Cuando las personas, especialmente los estudiantes, reciben instrucción sobre sostenibilidad, su conocimiento aumenta y sus actitudes hacia el medio ambiente suelen volverse más positivas. Comprenden mejor las consecuencias de sus acciones. Sin embargo, los investigadores encontraron que este conocimiento no se traduce automáticamente en acción. Un estudiante puede saber exactamente cuántos gramos de carbono genera su trayecto diario al trabajo y aun así elegir conducir un automóvil porque es más barato o conveniente. El artículo sugiere que el aprendizaje es un punto de partida necesario, pero no es una garantía de cambio.
¿Por qué existe esta brecha? Los autores identificaron que el consumo está moldeado por dos fuerzas principales: las decisiones inmediatas que toma una persona y el contexto más amplio en el que ocurren esas decisiones. Las decisiones inmediatas incluyen cosas como decidir comprar una manzana local en lugar de una importada. Los factores contextuales son las reglas y condiciones invisibles que rodean esas decisiones. Estos incluyen el precio de los bienes, la disponibilidad de transporte público, las regulaciones gubernamentales e incluso el diseño de los edificios en los que vivimos. Por ejemplo, una persona puede querer ahorrar energía, pero si su electricidad es muy barata o si su hogar está mal aislado, es posible que no pueda reducir significamente su uso. La investigación indica que confiar únicamente en la educación para solucionar estos problemas es insuficiente. Si el entorno hace que las elecciones sostenibles sean difíciles o costosas, el conocimiento por sí solo no puede superar esas barreras.
Las instituciones de educación superior desempeñan un papel único en esta dinámica. La revisión destaca que las universidades pueden influir en el comportamiento de tres maneras distintas. Primero, a través del currículo, donde los estudiantes aprenden hechos y teorías sobre la sostenibilidad. Segundo, mediante el aprendizaje experiencial, donde los estudiantes practican estas ideas en entornos del mundo real, como proyectos comunitarios o iniciativas en el campus. Tercero, y quizás lo más importante, a través de las operaciones diarias de la propia universidad. Cuando una universidad recicla sus propios desechos, reduce el uso de papel o gestiona su agua de manera eficiente, crea una cultura donde el comportamiento sostenible es la norma. Los investigadores señalan ejemplos específicos, como una universidad en Malasia que redujo su uso de papel casi a la mitad mediante un programa de "Oficina Verde", y otra en México que utilizó un sistema de gestión para reducir el desperdicio de agua. Estos casos muestran que cuando una institución practica lo que enseña, refuerza las lecciones aprendidas en el aula.
A pesar de estos éxitos, el artículo concluye que la educación no es una varita mágica. La relación entre lo que aprendemos y cómo actuamos no es simple ni automática. Los investigadores argumentan que para que la educación realmente impulse el consumo sostenible, debe estar respaldada por cambios más amplios en la sociedad. Las políticas, los incentivos económicos y la infraestructura deben alinearse con los objetivos educativos. Si un estudiante aprende sobre la importancia de reducir los desechos pero no puede encontrar un contenedor de reciclaje o se ve obligado a comprar productos con embalajes excesivos debido a las condiciones del mercado, su capacidad para actuar sobre ese conocimiento es limitada.
El estudio sugiere que el futuro del consumo sostenible reside en conectar lo que sabemos con las condiciones que nos permiten actuar. La educación proporciona la comprensión y la motivación, pero necesita un entorno de apoyo para convertir esa motivación en hábito. Los investigadores llaman a realizar más estudios que analicen cómo interactúan estos diferentes factores, en lugar de tratar la educación como una solución independiente. Enfatizan que, si bien las escuelas y las universidades son vitales para moldear los valores de las generaciones futuras, el verdadero trabajo de cambiar los patrones de consumo requiere una asociación entre el aprendizaje, la política y las realidades cotidianas de la vida. El camino a seguir no es solo enseñar más, sino construir un mundo donde hacer lo correcto sea también lo más fácil de hacer.
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