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Shift in determinants of remote care use from sociodemographic characteristics to health need factors during the course of the COVID-19 pandemic. A follow-up study

Este estudio utilizó el método Delphi y el Modelo del Iceberg para construir y validar un sistema de índices de evaluación científicamente sólido, fiable y clínicamente aplicable que comprende 8 indicadores primarios, 26 secundarios y 88 terciarios para evaluar las competencias básicas interdisciplinarias de los enfermeros en centros especializados en enfermedades digestivas.

Autores originales: Shakib Sana, Steve van Pelt, Jelena Kollmann, Inge Merkelbach, Patrick JE Bindels, Semiha Denktas, Paul L. Kocken

Publicado 2026-08-18
📖 5 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Shakib Sana, Steve van Pelt, Jelena Kollmann, Inge Merkelbach, Patrick JE Bindels, Semiha Denktas, Paul L. Kocken

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Cuando una pandemia obliga al mundo a mantenerse separado, la forma en que las personas se conectan con sus médicos debe cambiar. En los Países Bajos, como en muchos otros lugares, la necesidad repentina de evitar el contacto físico durante los primeros días de la crisis del COVID-19 impulsó a los médicos de cabecera a depender fuertemente de la atención remota. Este término abarca cualquier consejo médico brindado sin un encuentro cara a cara, como llamadas telefónicas, chats de video o correos electrónicos. Antes de la llegada del virus, estos métodos ya estaban ganando popularidad, pero los confinamientos los convirtieron en el principal salvavidas para los pacientes. Para quienes viven en barrios pobres, donde las enfermedades crónicas son más comunes y el acceso a la tecnología puede ser más difícil, este cambio presentó un desafío único. Los investigadores han sabido durante mucho tiempo que el trasfondo de una persona —como sus ingresos, educación o procedencia— suele moldear cómo utiliza los servicios de salud. Sin embargo, no estaba claro si estos factores de trasfondo seguirían dictando quién utilizaba la atención remota una vez que los estrictos confinamientos comenzaran a mitigarse, o si las necesidades de salud reales del paciente se convertirían en el factor decisivo. Comprender este cambio es vital porque, si la atención remota se convierte en el estándar, debe funcionar para todos, no solo para aquellos que ya se sienten cómodos con las herramientas digitales.

Un equipo de investigadores de la Universidad Erasmus de Róterdam y el Centro Médico Erasmus (Erasmus MC) se propuso rastrear esta evolución a lo largo de la pandemia. Se centraron en pacientes de barrios desfavorecidos de Róterdam, un grupo que a menudo enfrenta barreras para acceder a la atención médica. El estudio siguió a estos pacientes en dos momentos específicos: primero, durante el punto álgido del confinamiento inicial en 2020, y nuevamente un año después, en 2021, cuando las restricciones se habían relajado y las tasas de vacunación habían aumentado. Los investigadores preguntaron al mismo grupo de personas sobre cómo contactaban a sus médicos, cómo era su salud y qué sentían respecto al uso de la tecnología para recibir consejos médicos. Analizaron si factores como la edad, el género o tener una enfermedad crónica influían en si un paciente elegía una llamada telefónica en lugar de una visita a la clínica.

Al principio, durante el estricto confinamiento, el patrón de quién utilizaba la atención remota estaba impulsado por la demografía básica. Las mujeres tenían muchas más probabilidades de utilizar servicios remotos que los hombres, y las personas jóvenes los utilizaban con más frecuencia que aquellas mayores de cincuenta años. Esto probablemente reflejaba la realidad de que las mujeres suelen gestionar las necesidades de salud familiares y que los adultos mayores podrían tener menos experiencia con las herramientas digitales. En esta etapa, las reglas de la pandemia eran tan estrictas que la atención remota era a menudo la única opción, por lo que las barreras habituales de dinero o habilidades digitales importaban menos que el simple hecho de estar dispuesto y ser capaz de contestar el teléfono.

Sin embargo, la historia cambió un año después. Cuando las medidas estrictas se levantaron y los pacientes pudieron acudir nuevamente en persona a un consultorio médico, las razones para elegir la atención remota cambiaron dramente. La influencia de la edad y el género se desvaneció. En su lugar, la decisión de utilizar la atención remota se vinculó estrechamente con las necesidades de salud específicas del paciente y su capacidad para navegar el sistema. El estudio encontró que los pacientes con enfermedades crónicas tenían menos probabilidades de usar la atención remota, prefiriendo ver a su médico en persona. Esto sugiere que, cuando las personas tienen problemas de salud complejos y de larga duración, valoran más la presencia física de un cuidador que la conveniencia de una llamada. Por el contrario, aquellos sin condiciones crónicas tenían más probabilidades de mantener las opciones remotas.

Los investigadores también descubrieron que las dificultades financieras y la falta de habilidades digitales se convirtieron en barreras significativas para la atención remota en el segundo año. Los pacientes que atravesaban problemas económicos o que encontraban dificultades para usar el internet tenían menos probabilidades de utilizar los servicios remotos, incluso cuando estos estaban disponibles. Curiosamente, los pacientes con antecedentes de migración tenían más probabilidades de utilizar la atención remota que aquellos sin ellos, un patrón que los investigadores vincularon a un mayor uso general de los servicios de atención primaria en esa comunidad. Quizás lo más revelador fue el cambio de actitud. Al inicio de la pandemia, la mayoría de los pacientes se sentían positivos o neutrales respecto a la atención remota. Para el segundo año, ese optimismo se había desvanecido, y una mayor parte del grupo expresaba sentimientos negativos hacia ella. Este cambio fue particularmente fuerte entre los pacientes con enfermedades crónicas y aquellos de origen migrante, quienes parecían sentir que la opción remota no satisfacía sus necesidades tan bien como una visita personal.

El estudio concluye que, si bien la atención remota es una herramienta poderosa, no es una solución universal. Los factores que determinan quién la utiliza no son estáticos; evolucionan a medida que la crisis cambia. En los primeros días, las reglas de la pandemia dictaban el método de contacto. Más tarde, a medida que esas reglas se flexibilizaron, la propia situación de salud del paciente y su realidad socioeconómica tomaron el mando. Para los médicos y los responsables de políticas, esto significa que ofrecer simplemente la atención remota no es suficiente. Para garantizar un acceso justo, deben reconocer que los pacientes con enfermedades crónicas, dificultades financieras o menores habilidades digitales pueden necesitar un apoyo diferente para obtener la atención que requieren. La pandemia aceleró el movimiento hacia la salud digital, pero esta investigación demuestra que, sin una atención cuidadosa a estos factores humanos, el cambio podría dejar atrás a los pacientes más vulnerables.

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