The Effects of Participatory Action Research (PAR) and Creative Arts on Youth Wellbeing in Bogotá, Colombia: Learnings Towards the Development of Psychosocial Peacebuilding
Este estudio demuestra que la Investigación-Acción Participativa (IAP) combinada con las artes creativas en Bogotá, Colombia, integra eficazmente el Apoyo Psicosocial y la Salud Mental (APSM) con la construcción de paz al fomentar espacios comunitarios seguros, mejorar la inteligencia emocional y utilizar mecanismos como el sentipensamiento y el trabajo de memoria para mejorar el bienestar de los jóvenes.
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En las ciudades marcadas por décadas de conflicto, el camino hacia la paz es a menudo trazado por políticos y soldados, mientras que la labor silenciosa de sanar las mentes individuales se deja en manos de médicos y terapeutas. Estos dos mundos —la construcción de la paz y el apoyo a la salud mental— han operado históricamente en habitaciones separadas, rara vez comunicándose entre sí. Sin embargo, para las personas que viven tras las secuelas de la violencia, la lucha interna por la estabilidad emocional y la lucha externa por una sociedad segura están profundamente entrelazadas. Cuando una comunidad está fracturada, las personas que la integran llevan esa fractura en sus cuerpos y en sus memorias. Por el contrario, cuando los individuos aprenden a procesar su trauma y a reconectarse unos con otros, la base para una paz duradera comienza a echar raíces. La pregunta que los investigadores han abordado durante mucho tiempo es cómo unir estos dos campos de una manera que respete a las personas que viven la crisis, en lugar de imponer soluciones desde el exterior.
Este estudio, realizado en Bogotá, Colombia, explora un enfoque diferente al reunir a jóvenes no como pacientes o sujetos, sino como cocreadores de su propia sanación. Los investigadores trabajaron con treinta jóvenes, de entre dieciocho y veintisiete años, durante un periodo de doce semanas. En lugar de una sesión de terapia tradicional o una reunión política, el grupo participó en un proceso llamado Investigación-Acción Participativa. En este método, los propios participantes deciden qué se necesita estudiar y cómo abordarlo, avanzando a través de ciclos de planificación, acción y reflexión. Las sesiones estuvieron llenas de actividades creativas, incluyendo el dibujo, la escritura y ejercicios de teatro, diseñados para ayudar al grupo a explorar sus sentimientos, compartir sus historias y construir un sentido de comunidad. El objetivo era ver si este proceso creativo compartido podía mejorar su bienestar mental y fomentar el tipo de empatía y conexión necesarios para la paz.
Los resultados mostraron que el proceso funcionó, creando un efecto dominó de cambio positivo que perduró más allá de la sesión final. Al terminar las doce semanas, los jóvenes informaron sentirse significativamente mejor con sus vidas. Describieron al grupo como un "espacio seguro" donde podían hablar honestamente sin miedo al juicio, un lugar donde se sintieron verdaderamente escuchados. Este entorno les permitió desarrollar lo que llamaron "inteligencia emocional". Esto no significó que se convirtieran en expertos en psicología, sino que aprendieron a escuchar sus propios cuerpos y emociones, a reconocer cuándo estaban estresados y a utilizar herramientas creativas para gestionar esos sentimientos. Un participante describió un momento de profunda liberación física durante un ejercicio de respiración, sintiendo como si un peso se hubiera levantado de su pecho. Otro señaló que las sesiones le ayudaron a dejar de aislarse durante los momentos difíciles y, en su lugar, a buscar a los demás.
Tres elementos específicos impulsaron esta transformación. Primero, el grupo practicó un concepto conocido como "sentir-pensar", una forma de procesar el mundo que honra tanto la emoción como la razón por igual, en lugar de intentar suprimir los sentimientos solo con la lógica. Segundo, participaron en el trabajo de la memoria, utilizando el arte y la narración para revisitar experiencias pasadas difíciles en un entorno de apoyo. Esto les permitió reencuadrar los recuerdos dolorosos y compartirlos con otros, convirtiendo las cargas privadas en historias compartidas. Tercero, practicaron el diálogo profundo y mutuo. A través de la conversación, aprendieron a verse unos a otros como seres humanos con historias complejas, en lugar de solo extraños o amenazas potenciales. Esta combinación de sentir, recordar y hablar creó un poderoso sentido de conexión.
El impacto no fue solo un sentimiento fugaz de felicidad durante las sesiones. Cuando los investigadores hicieron un seguimiento con los participantes tres meses después, las habilidades de afrontamiento individuales y el autoconocimiento se habían mantenido, aunque el sentido colectivo de comunidad resultó más difícil de sostener de forma independiente. Los jóvenes habían interiorizado las habilidades aprendidas. Podían seguir accediendo a las técnicas de calma que practicaron y continuaban utilizando las herramientas de la escucha y la empatía en sus vidas diarias. Algunos incluso comenzaron a compartir estos métodos con amigos o los utilizaron en sus propios empleos de enseñanza. Sin embargo, el estudio también reveló un desafío: mientras los individuos se fortalecían, el grupo en sí luchaba por mantenerse conectado una vez terminadas las sesiones estructuradas. El sentido de comunidad que se había formado tan fácilmente dentro del taller era más difícil de mantener en el mundo exterior, donde la vida es menos predecible y los participantes no compartían la misma rutina diaria.
Los investigadores también notaron una tensión que surgió con respecto al papel de los facilitadores. Los jóvenes participantes esperaban que los líderes estuvieran plenamente comprometidos y compartieran sus propias visiones sobre la paz y la justicia, pero los investigadores, limitados por las normas académicas de neutralidad, a veces se contenían. Esto creó una distancia sutil que los participantes notaron. El estudio sugiere que, para que este tipo de trabajo sea verdaderamente efectivo, las personas que lideran el proceso deben estar dispuestas a ser vulnerables y a tomar una posición, en lugar de permanecer como observadores distantes.
En última instancia, este documento demuestra que combinar el apoyo a la salud mental con la construcción de la paz es un enfoque prometedor cuando la comunidad lleva el liderazgo. Al utilizar las artes creativas y la reflexión compartida, los jóvenes en Bogotá pudieron sanar sus propias heridas emocionales mientras construían simultáneamente los vínculos sociales que la paz requiere. El estudio no pretende haber demostrado definitivamente la causalidad o haber resuelto los complejos problemas del conflicto en Colombia, pero ofrece un modelo claro y basado en evidencia sobre cómo iniciar la labor. Demuestra que cuando a las personas se les da el espacio para sentir, recordar y hablar juntas, pueden reconstruir su propio sentido del yo y su conexión con los demás, sentando las bases para una sociedad más pacífica desde abajo hacia arriba.
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