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Beyond Decisionism: Spinoza’s Affective Logic of Political Foundation

Este artículo sostiene que el concepto de imitación afectiva de Spinoza ofrece una solución al estancamiento constitucional del poder constituyente al redefinir el fundamento político como un alineamiento de pasiones espontáneo y sin sujeto, en lugar de un acto soberano de decisión.

Autores originales: Albano Pina

Publicado 2026-10-09
📖 6 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Albano Pina

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Cada nación moderna depende de una constitución, un conjunto de reglas que define cómo se gobierna una sociedad. Pero un profundo enigma ha inquietado durante mucho tiempo a quienes estudian estas reglas: ¿cómo puede un grupo de millones de individuos, cada uno con sus propios deseos y temores, actuar como una sola persona con una sola voluntad? Durante siglos, los teóricos políticos han intentado resolver esto imaginando un "sujeto constituyente": una entidad específica, como "el Pueblo" o un monarca, que se sitúa por encima de la multitud y toma una decisión consciente y decisiva para crear la ley. Esta idea sugiere que una nación es fundada por un momento de pura voluntad, un acto deliberado donde un sujeto soberano dice: "Ahora somos un país". Sin embargo, esta explicación deja un vacío. Es difícil probar que una colección de individuos puede realmente fusionarse en una sola mente, o identificar exactamente quién es ese único decisor. La pregunta sigue siendo: ¿necesita una nación un líder para comenzar, o se forma de alguna otra manera?

Un nuevo artículo de Albano Pina, investigador de la Universidad de Beira Interior, propone que la respuesta no reside en una decisión única, sino en las formas invisibles y automáticas en que las emociones humanas nos conectan. Pina recurre a la obra de Baruch Spinoza, un filósofo del siglo XVII, para argumentar que el orden político no comienza con una elección consciente de un líder o un grupo. En cambio, surge espontáneamente de la forma en que las personas imitan los sentimientos de los demás. El artículo sugiere que no necesitamos imaginar a un "Pueblo" mítico tomando una gran decisión para formar un estado. En su lugar, el estado se construye desde abajo hacia arriba mediante un proceso natural donde el miedo, la esperanza y la ira se propagan de persona a persona hasta alinearse, creando un sentido compartido de propósito sin que nadie lo haya planeado.

Para entender esto, uno debe primero observar cómo veía Spinoza la naturaleza humana. A diferencia de muchos pensadores que veían las emociones como obstáculos irracionales que debían ser controlados por la razón, Spinoza las trató como fuerzas naturales, muy parecidas al clima. Así como una tormenta es un resultado necesario de las condiciones atmosféricas, las pasiones humanas como la ira, la envidia o la compasión son resultados inevitables de nuestra biología. Spinoza argumentó que cualquier sistema político exitoso debe construirse sobre esta realidad, no sobre una versión idealizada de humanos que actúan únicamente con lógica fría. Él observó que las personas están constantemente influenciadas por las emociones de quienes las rodean. Si ves a alguien sufriendo, naturalmente sientes una punzada de dolor. Si ves a alguien alegre, sientes una chispa de felicidad. Esto no es una elección consciente; es un reflejo biológico.

Pina explica que Spinoza identificó un mecanismo específico detrás de esta conexión, al que llamó "imitación afectiva". Este es el proceso donde el sentimiento de una persona desencadena el mismo sentimiento en otra, creando una reacción en cadena. Cuando un gran grupo de personas experimenta la misma emoción al mismo tiempo —como un miedo compartido ante un enemigo común o una esperanza compartida de un futuro mejor—, estos sentimientos individuales comienzan a alinearse. No necesitan sentarse a firmar un contrato para estar de acuerdo en ello. La alineación ocurre automáticamente a medida que las emociones circulan a través de la multitud. Con el tiempo, este paisaje emocional compartido crea un sentido de unidad. El grupo comienza a actuar como si tuviera una sola mente, no porque lo hayan decidido, sino porque sus sentimientos se han sincronizado a través de este proceso mimético natural.

El artículo desafía la visión tradicional de que una constitución requiere un "sujeto constituyente": una persona o grupo específico con el poder de decidir las reglas del estado. Pina sostiene que esta idea es una ficción. No existe un único "Pueblo" que se despierta un día y decide formar un gobierno. En cambio, el orden legal es el resultado de un proceso sin sujeto. Es el resultado de innumerables emociones individuales que interactúan, chocan y, finalmente, encuentran un patrón que mantiene unida a la sociedad. El artículo sugiere que la "voluntad" de una nación no es algo preexistente que toma una decisión, sino más bien un efecto que aparece a posteriori, creado por el flujo continuo de las pasiones compartidas.

Esta perspectiva cambia nuestra comprensión de la fundación de un país. Significa que la estabilidad de un gobierno no depende de la fuerza de la voluntad de un líder ni de la perfección de un documento legal. Depende de la calidad de los vínculos emocionales entre los ciudadanos. Si las emociones que circulan en una sociedad se basan en el miedo y el resentimiento, el orden político será frágil e inestable. Si las emociones se basan en la esperanza y un sentido compartido de seguridad, la sociedad será más resiliente. El artículo no afirma que este proceso sea perfecto o que siempre conduzca a un buen gobierno. Simplemente argumenta que así es como se forma realmente el orden político: a través de la circulación impersonal y automática de los sentimientos, no mediante el acto deliberado de un sujeto soberano.

La investigación también aborda una preocupación común: si no hay un único decisor, ¿cómo podemos juzgar si un gobierno es legítimo? Pina sugiere que la legitimidad no trata sobre quién hizo las reglas, sino sobre qué tan bien funcionan las reglas para las personas que viven bajo ellas. Un orden político es legítimo si permite que la sociedad funcione de manera estable y racional, reduciendo las pasiones destructivas y fomentando la cooperación. El artículo concluye que debemos dejar de buscar un momento mítico de creación donde una nación nace de un solo acto de voluntad. En su lugar, debemos reconocer que una nación es una entidad viva y palpitante que está siendo constantemente creada y rehecha por las interacciones emocionales cotidianas de su gente. El fundamento de un estado no es una piedra colocada por un rey o un voto emitido por una multitud, sino la red invisible y siempre cambiante de sentimientos que nos une.

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