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Perceived health, wellbeing and equity impacts of Barcelona’s Green Axes: a rapid qualitative study of residents and public-space users

Este estudio cualitativo rápido de los Ejes Verdes de Barcelona revela que, si bien los residentes perciben mejoras significativas en la tranquilidad, la interacción social y el confort térmico —particularmente entre adultos mayores, niños y cuidadores—, las preocupaciones relativas al tráfico residual, la seguridad de la micromovilidad, el mal mantenimiento y la gentrificación explican la desconexión entre el uso observado del espacio público y los beneficios previstos para la salud y la equidad de la intervención.

Autores originales: Martín González-Calleja, Esther Sanchez-Ledesma, Maria José Lopez-Medina, Xavier Continente, Katherine Pérez

Publicado 2026-09-28
📖 6 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Martín González-Calleja, Esther Sanchez-Ledesma, Maria José Lopez-Medina, Xavier Continente, Katherine Pérez

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Las ciudades son más que simples colecciones de edificios y carreteras; son entornos complejos que moldean directamente la salud de las personas que viven en ellas. El aire que respiramos, el ruido que nos rodea y la disponibilidad de espacios verdes son factores fundamentales que determinan si una comunidad prospera o lucha. Cuando el tráfico es intenso, este trae consigo contaminación y ruido que pueden dañar nuestros pulmones y corazones, mientras que la falta de lugares para caminar o sentarse puede aislarnos de nuestros vecinos. Los planificadores urbanos y los expertos en salud pública han comprendido desde hace tiempo que cambiar el diseño físico de una ciudad —ya sea ralentizando los coches o plantando más árboles— puede mejorar estas condiciones. Sin embargo, saber que un diseño se ve bien en un mapa es diferente a saber cómo se siente vivir allí. La verdadera prueba de cualquier cambio urbano es si las personas que utilizan el espacio se sienten realmente más seguras, sanas y conectadas, y si estos beneficios llegan a todos o solo a unos pocos.

En Barcelona, una ciudad conocida por sus calles densas y alto tráfico, investigadores investigaron recientemente un importante experimento de diseño urbano llamado "Corredores Verdes". Este proyecto transformó un tramo largo y recto de la ciudad en un espacio compartido donde los coches están limitados a una velocidad muy baja de 10 kilómetros por hora, y el suelo está pavimentado con piedra en lugar de asfalto para crear un nivel único y plano para todos. El objetivo era crear un parque lineal donde la gente pudiera caminar, jugar y descansar sin el peligro y el ruido del tráfico de alta velocidad. Para entender si este cambio realmente funcionó, un equipo de investigadores de la Agencia de Salud Pública de Barcelona pasó tiempo en la zona en marzo de 2024. No se limitaron a contar coches o medir la calidad del aire; hablaron directamente con 64 personas de diferentes edades y géneros que vivían, trabajaban o paseaban por el nuevo corredor. Al escuchar sus historias y observar cómo utilizaban el espacio, el equipo descubrió una imagen matizada de cómo esta intervención afectó la vida cotidiana.

Los investigadores encontraron que, para muchos residentes, la transformación trajo una profunda sensación de aliví o bienestar. La gente reportó que la zona se sentía mucho más silenciosa durante el día, y la adición de nuevos árboles y plantas hizo que la calle se sintiera acogedora y fresca, especialmente durante el clima caluroso. Los adultos mayores y los padres con niños pequeños estuvieron entre los mayores beneficiarios. Los abuelos descubrieron que podían sentarse en los nuevos bancos y charlar con los vecinos sin tener que gritar por encima del tráfico, mientras que los padres sintieron que podían dejar que sus hijos jugaran y caminaran hacia la escuela con un mayor sentido de libertad. El espacio fomentó que la gente se demorara en lugar de solo pasar de largo; las familias se reunían para comer en la calle y la gente caminaba con más frecuencia porque la ruta se sentía agradable y segura. Este cambio de un lugar de tránsito a un lugar de estancia creó nuevos rituales sociales, regenerando un sentido de comunidad que se había perdido cuando la calle estaba dominada por los coches.

Sin embargo, la experiencia no fue uniformemente positiva, y los investigadores descubrieron que el diseño creó desafíos específicos que no eran inmediatamente obvios desde la distancia. Aunque los datos objetivos mostraban que la calle estaba más limpia y segura, algunos residentes, particularmente mujeres mayores y padres, expresaron una persistente sensación de inquietud. Debido a que la calle fue diseñada como una superficie única y plana sin bordillos que separaran a los peatones de los vehículos, la gente sintió que tenía que permanecer constantemente alerta. Describieron una "falsa sensación de seguridad" donde la ausencia de barreras físicas significaba que un coche, una furgoneta de reparto o un patinete podía aparecer repentinamente junto a donde ellos estaban sentados. Esta ambigüedad hizo que algunos grupos vulnerables se sintieran expuestos, incluso aunque los coches se movieran lentamente. Además, aunque el ruido del tráfico diurno disminuyó significativamente, el ruido de la vida nocturna y de las reuniones de personas por las noches siguió siendo una preocupación para algunos residentes, y la vegetación, aunque aumentó, a veces fue vista como mal mantenida o con poca variedad.

El estudio también destacó cómo estos cambios afectaron a diferentes grupos de distintas maneras, revelando que los beneficios de tales proyectos no se comparten de forma equitativa. Las mujeres responsables de cuidar a niños o familiares ancianos encontraron el espacio particularmente valioso porque facilitaba sus tareas diarias y proporcionaba un lugar para socializar mientras cuidaban de otros. En contraste, algunos residentes de larga duración temían que las mejoras estuvieran elevando el valor de las propiedades y los alquileres, desplazando potencialmente a los mismos vecinos que habían vivido allí durante décadas. También hubo temores de que el área se estuviera centrando demasiado en los turistas, lo que podría debilitar el tejido social local. Los investigadores señalaron que, si bien el entorno físico había mejorado, el éxito del proyecto dependía en gran medida de qué tan bien la ciudad gestionara el espacio en el día a día, incluyendo mantener el área limpia, hacer cumplir las reglas sobre estacionamiento y velocidad, y asegurar que la nueva vegetación fuera cuidada adecuadamente.

En última instancia, esta investigación sugiere que construir una calle más verde y silenciosa es solo el primer paso. Los verdaderos beneficios para la salud dependen de si el diseño se siente seguro y acogedor para los usuarios más vulnerables, desde los ancianos hasta los más jóvenes. El estudio demostró que, si bien las mejoras físicas fueron reales, la percepción de seguridad y la calidad del entorno social eran igual de importantes. Para que el proyecto tenga éxito a largo plazo, la ciudad debe abordar las preocupaciones sobre el espacio compartido y el mantenimiento, y asegurar que el vecindario siga siendo asequible e inclusivo. Al escuchar a las personas que realmente viven allí, los planificadores pueden aprender que un espacio urbano exitoso no se trata solo de eliminar coches o añadir árboles, sino de crear un lugar donde todos sientan que pertenecen y puedan moverse por el mundo con confianza.

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