A Pluriversal Framework for Environmental Impact Assessment and Project-Level Decision-Making
Este artículo critica el dominio impulsado por el mercado en las Evaluaciones de Impacto Ambiental actuales y propone un "Marco Pluriversal" fundamentado en epistemologías decoloniales y la Ecología Política para integrar definiciones alternativas de sostenibilidad, capital no sustituible y el derecho a rechazar proyectos en la toma de decisiones de infraestructura.
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Imagina un mundo donde la salud de un río, la supervivencia de un bosque y las tradiciones de la gente que vive allí se midan no por cuánto dinero pueden generar, sino por qué tan bien sostienen la vida misma. Esta es la tensión central en cómo decidimos qué grandes proyectos de construcción, como represas, minas o autopistas, se llevan a cabo. Durante décadas, la forma estándar de tomar estas decisiones ha dependido de un concepto llamado "desarrollo sostenible". En la práctica, esto a menudo significa intentar equilibrar el crecimiento económico con la protección ambiental, asumiendo que si un proyecto daña la naturaleza, simplemente podemos arreglarlo más tarde con tecnología o dinero. Este enfoque trata a la naturaleza como un tipo de capital que puede ser intercambiado o reemplazado, de la misma manera que se intercambia una herramienta por otra en un taller. Sin embargo, un creciente grupo de académicos sostiene que esta visión es fundamentalmente errónea. Sugieren que algunas partes de la naturaleza y la cultura son tan esenciales que no pueden ser reemplazadas ni compensadas, y que el sistema actual ignora las voces de las personas que viven más cerca de la tierra.
Un equipo de investigadores de la Universidad de São Paulo y la Universidad de Florida ha analizado profundamente este problema, centrándose en una herramienta específica utilizada en todo el mundo llamada Evaluación de Impacto Ambiental. Esta es el estudio formal requerido antes de que un gran proyecto pueda ser aprobado, destinado a predecir y gestionar el daño que un proyecto podría causar. Los investigadores encontraron que, aunque estas evaluaciones supuestamente son neutrales y científicas, en realidad están dominadas por una lógica impulsada por el mercado. En este sistema, el objetivo es a menudo encontrar una manera de hacer que un proyecto sea lo suficientemente "sostenible" para obtener un permiso, en lugar de preguntar si el proyecto debería construirse en absoluto. El estudio sugiere que este proceso frecuentemente falla en proteger a las comunidades indígenas y los modos de vida tradicionales, tratando a menudo su profunda conexión con la tierra como algo que puede ser sobornado o ignorado. Para abordar esto, los autores proponen una nueva forma de pensar llamada "Marco Pluriversal". Este enfoque no intenta encajar todo en un único modelo económico. En su lugar, abraza múltiples formas de conocer y vivir, argumentando que las decisiones sobre la tierra deben ser tomadas por las personas que viven allí, utilizando su propio conocimiento y valores, y que algunos lugares son simplemente demasiado importantes como para ser sacrificados por el lucro.
Los investigadores comenzaron examinando cómo funciona la Evaluación de Impacto Ambiental en el mundo real. Observaron que el proceso generalmente sigue una serie de pasos diseñados para gestionar el daño: primero, intentar evitar el daño; si eso es imposible, intentar minimizarlo; luego, restaurar lo perdido; y finalmente, compensar el daño restante, a menudo con dinero o nuevas tierras. En teoría, esto suena razonable. En la práctica, sin embargo, los investigadores encontraron que el primer paso y más importante —evitar el daño— es a menudo saltado. En lugar de considerar seriamente diferentes ubicaciones o incluso decidir no construir el proyecto, el proceso avanza rápidamente hacia la etapa final de compensación. Esto crea una situación en la que la destrucción de un bosque o un río es tratada como un costo que puede pagarse, en lugar de una pérdida que podría ser irreversible. El estudio señala que esta lógica asume que la naturaleza puede ser reemplazada por soluciones humanas, una creencia que los autores llaman "sustituibilidad del capital". Argumentan que esta suposición es peligrosa porque muchos sistemas naturales y tradiciones culturales son únicos y no pueden ser recreados o comprados de nuevo una vez que desaparecen.
Para ilustrar el fracaso del sistema actual, los autores analizaron casos específicos en Brasil, como la construcción de la represa hidroeléctrica de Belo Monte. En este caso, los estudios ambientales oficiales no lograron capturar el verdadero impacto en las poblaciones indígenas. Las evaluaciones se centraron en datos técnicos y pescadores registrados, perdiendo de vista a las comunidades más amplias y no registradas cuyas vidas y seguridad alimentaria dependían del flujo natural del río. Los investigadores señalaron que incluso cuando se otorgaban los permisos, las protecciones prometidas a menudo no se materializaban, lo que generaba conflictos y una pérdida de confianza. También destacaron un cambio reciente en la legislación brasileña, que describen como una "Ley de Devastación", que simplifica aún más el proceso de aprobación. Esta nueva legislación permite que las empresas se autodeclaren en cumplimiento con las reglas ambientales, reemplazando el análisis detallado con atajos flexibles. Los autores argumentan que este cambio representa una toma de control total del proceso de toma de decisiones por parte de los intereses económicos, dejando poco espacio para los derechos de las comunidades tradicionales o la protección de los ecosistemas frágiles.
Reconociendo que el sistema actual está profundamente arraigado en una visión del mundo que prioriza el crecimiento económico infinito, los investigadores recurrieron a ideas alternativas de la ecología política y las teorías del posdesarrollo. Estos campos de estudio desafían la idea de que existe una sola forma de progreso. En su lugar, sugieren que existen muchas formas diferentes de vivir bien, muchas de las cuales se encuentran en las tradiciones de los pueblos indígenas y las comunidades locales en el Sur Global. Los autores se basan en conceptos como el "Buen Vivir", un término español que proviene de las culturas indígenas andinas. Este concepto ve a los humanos y a la naturaleza como profundamente interconectados, donde el objetivo no es controlar el medio ambiente sino cuidarlo de una manera equilibrada y cíclica. A diferencia de la idea occidental de progreso, que ve el tiempo como una línea recta que avanza hacia más riqueza y tecnología, el "Buen Vivir" ve el tiempo como un círculo, donde el bienestar de la comunidad y la salud de la tierra son las medidas definitivas del éxito.
Basándose en estos conocimientos, el equipo propuso su "Marco Pluriversal" para transformar la forma en que se toman las decisiones ambientales. Este marco se construye sobre cuatro pilares principales. El primero es la idea de la "no sustituibilidad", que significa aceptar que algunos activos naturales y culturales no pueden ser reemplazados. Si un proyecto amenaza un ecosistema único o un sitio sagrado, la única solución verdadera es detener el proyecto, no prometer pagar por un reemplazo. El segundo pilar es la "Gobernanza Pluriversal", que argumenta que el poder de decidir no debe recaer únicamente en el gobierno o en la empresa que construye el proyecto. En su lugar, las personas que serán afectadas deben tener una voz real, incluyendo el derecho a decir "no" a un proyecto por completo. Esto se alinea con el principio internacional de Consentimiento Previo, Libre e Informado, que otorga a los pueblos indígenas la autoridad para aprobar o rechazar desarrollos en sus tierras.
El tercer pilar se centra en el "Conocimiento Pluriversal". Los investigadores argumentan que los datos científicos por sí solos no son suficientes para comprender las complejas relaciones entre las personas y su entorno. Abogan por combinar los estudios científicos con el conocimiento ecológico tradicional —el entendimiento profundo y generacional de las especies locales, los patrones climáticos y la gestión de la tierra que poseen las comunidades indígenas y locales. Este conocimiento no es solo un suplemento para la ciencia; es una forma diferente de ver el mundo que puede revelar impactos que los modelos técnicos pasan por alto. El cuarto pilar implica el uso de "Indicadores Bioculturales" para medir el éxito. En lugar de contar solo las ganancias económicas o las emisiones de carbono, estos indicadores rastrearían cosas que importan a la comunidad, como la salud de las poblaciones de peces, la capacidad de practicar ceremonias tradicionales o la fuerza de los vínculos sociales. Los autores señalan un ejemplo del mundo real donde grupos locales en Brasil crearon su propio sistema de monitoreo para la represa de Belo Monte. Desarrollaron una medida específica basada en la migración de peces hacia los bosques inundados, un evento crítico para la seguridad alimentaria local. Esta métrica "biocultural" proporcionó una imagen mucho más clara del verdadero impacto de la represa que los modelos oficiales del gobierno, que se habían centrado únicamente en la producción de energía.
Los investigadores son cuidadosos al reconocer que poner este nuevo marco en práctica es difícil. Admiten que la Evaluación de Impacto Ambiental es una herramienta creada por el Estado para facilitar el desarrollo, y es poco probable que llegue a adoptar plenamente una perspectiva decolonial. El sistema está diseñado para mantener los proyectos en marcha, y las presiones económicas son inmensas. Sin embargo, argumentan que, incluso dentro de este sistema defectuoso, hay espacio para la resistencia y el cambio. Al introducir estas ideas alternativas, los movimientos sociales y las comunidades afectadas pueden crear tensión en el proceso de toma de decisiones. Esta tensión fuerza una conversación sobre el poder y los valores que de otro modo sería ignorada. Convierte un procedimiento técnico en un debate político, donde la pregunta no es solo "¿cómo construimos esto de forma segura?", sino "¿deberíamos construir esto en absoluto, y quién decide?".
El estudio concluye que, si bien una solución perfecta puede no ser posible de inmediato, el objetivo es prevenir la cooptación total de la toma de decisiones ambientales por la lógica del mercado. Los autores sugieren que el camino a seguir no es rechazar todo progreso o tecnología, sino redefinir qué significa el progreso. Imaginan un futuro donde la planificación de energía e infraestructura favorezca soluciones locales de pequeña escala que apoyen la autosuficiencia y el bienestar comunitario, en lugar de proyectos masivos diseñados para la exportación global. Este enfoque no requiere el fin del capitalismo, pero sí requiere un cambio en cómo valoramos el mundo. Nos pide reconocer que algunas cosas no están a la venta y que la supervivencia de culturas y ecosistemas diversos es más importante que la acumulación de riqueza. Al abrazar una visión "Pluriversal", podemos comenzar a construir un mundo donde diferentes formas de vivir puedan coexistir, y donde las decisiones que tomamos hoy no sacrifiquen el futuro en aras del presente.
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