From Mobility to Situated Competencing: Chinese Scholarship Students’ Global Competence Development in UK Higher Education
Este estudio cualitativo de 14 estudiantes chinos con beca en el Reino Unido sostiene que la competencia global no es un resultado automático de la movilidad, sino que se desarrolla a través de la "competencia situada", un proceso recursivo donde los estudiantes con experiencia profesional ensamblan activamente conocimiento, agencia y responsabilidad dentro de condiciones institucionales y socioculturales específicas.
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Las universidades de todo el mundo han creído durante mucho tiempo que enviar a los estudiantes al extranjero es una forma garantizada de convertirlos en mejores ciudadanos globales. La lógica parece sencilla: si se coloca a un estudiante en un país extranjero, rodeado de diferentes culturas y lenguas, aprenderá naturalmente a comprender el mundo, a comunicarse a través de las diferencias y a asumir responsabilidades globales. Esta idea, a menudo llamada "internacionalización", ha remodelado la forma en que las universidades diseñan sus programas y reclutan estudiantes. Sin embargo, los investigadores han empezado a preguntarse si el simple hecho de estar en un país diferente es suficiente. ¿El proceso de cruzar fronteras cambia automáticamente la mente y las habilidades de una persona, o el aprendizaje real depende de algo más específico? La cuestión no es solo si los estudiantes viajan, sino qué les sucede mientras están allí. Para entender esto, debemos observar cómo los estudiantes interactúan realmente con su nuevo entorno, cómo utilizan sus experiencias pasadas y si las estructuras universitarias que los rodean ayudan o dificultan su crecimiento.
Un estudio reciente de Zhi Ma, de la Universidad de Bath, investiga precisamente esta cuestión siguiendo a un grupo específico de estudiantes chinos que recibieron una prestigiosa beca de liderazgo para cursar maestrías de un año en el Reino Unido. No eran estudiantes típicos; ya eran profesionales con varios años de experiencia en sus campos antes de llegar. El investigador quería saber cómo estos individuos daban sentido a su estancia en el extranjero y si realmente desarrollaban lo que los expertos llaman "competencia global". Este término se refiere a una mezcla de conocimiento sobre temas globales, la capacidad de hablar y escuchar a personas de diferentes entornos y un sentido de responsabilidad hacia el mundo en general. El estudio consistió en conversaciones profundas con catorce de estos becarios, realizadas después de su año de estudio, algunas de las cuales tuvieron lugar durante los primeros días de la pandemia, cuando las clases se habían trasladado al formato en línea. Los hallazgos revelan una verdad sorprendente: estudiar en el extranjero no hizo que estos estudiantes fueran automáticamente más competentes globalmente. En su lugar, su crecimiento dependió de una compleja mezcla de lo que ofrecían sus cursos, cómo elegían interactuar con los demás y cómo conectaban su nuevo aprendizaje con sus futuros roles en sus países de origen.
La investigación muestra que la experiencia universitaria estuvo lejos de ser uniforme para todos. Aunque los catorce estudiantes poseían la misma beca y estudiaron en el mismo país durante el mismo año, sus realidades diarias fueron muy distintas. Para algunos, como una estudiante llamada Isabella, la experiencia fue rica y transformadora. Su programa contaba con clases pequeñas con estudiantes de más de cincuenta países diferentes, y la universidad había creado sistemas integrados para forzar la interacción, como un esquema de "compañero de almuerzo" que emparejaba aleatoriamente a los estudiantes para comer juntos y discutir sus diferencias. Esta estudiante sintió que estaba aprendiendo constantemente de diversos puntos de vista. En marcado contraste, otro estudiante llamado James se encontró en un programa donde más del 92 por ciento de la clase era china. Sus talleres eran enormes, a veces con sesenta personas, y rara vez tenía la oportunidad de hablar con alguien de una cultura distinta. Se sentía decepcionado, señalando que la diversidad que esperaba simplemente no estaba allí. Otro estudiante, Benjamin, descubrió que incluso cuando su curso trataba sobre la globalización, las discusiones seguían volviendo a China, limitando su exposición a otras perspectivas globales. Estas diferencias demuestran que la mera presencia de estudiantes internacionales en un campus no garantiza el aprendizaje; el diseño específico de los cursos y la composición de los grupos de estudiantes importan mucho más que la etiqueta de "internacional".
Cuando los estudiantes interactuaban con personas de otras culturas, la forma en que aprendían dependía en gran medida de sus propias acciones y de las estructuras proporcionadas por la universidad. El estudio identificó tres formas principales en las que estos estudiantes conectaban con otros. Algunos dependían de que la universidad organizara la interacción, como los compañeros de almuerzo o los eventos culturales organizados. Otros tomaban la iniciativa por sí mismos, eligiendo deliberadamente trabajar en proyectos grupales con compañeros no chinos para obtener diferentes perspectivas, incluso cuando podrían haber permanezido fácilmente con sus compatriotas. Un tercer grupo encontró la conexión a través del servicio comunitario, como el voluntariado en el Servicio Nacional de Salud (NHS) durante la pandemia para ayudar a vecinos de la tercera edad. El aprendizaje más exitoso ocurrió cuando estos estudiantes fueron más allá de simplemente ser corteses o intercambiar cortesías. Empezaron a ver sus habilidades lingüísticas no solo como una herramienta de supervivencia, sino como una forma de compartir sus propias ideas y escuchar a los demás. Una estudiante, que inicialmente dominaba las discusiones grupales con sus hábitos profesionales, aprendió a convertirse en una "hoja en blanco", escuchando más y dirigiendo menos. Otro estudiante se dio cuenta de que su confianza no dependía de tener un inglés perfecto, sino de su capacidad para aportar su conocimiento único. Este cambio de preocuparse por los errores de lenguaje a centrarse en el intercambio significativo fue una parte clave de su desarrollo.
Quizás el hallazgo más significativo es cómo estos estudiantes veían su identidad y sus responsabilidades futuras. No se convirtieron simplemente en "ciudadanos globales" que se desprendieron de sus raíces chinas. En su lugar, desarrollaron lo que el investigador llama "cosmopolitismo arraigado". Esto significa que se volvieron más abiertos al mundo y más conscientes de las desigualdades globales, pero veían estos problemas a través del prisma de sus propias vidas profesionales y su obligación de regresar a China. No se limitaron a copiar lo que veían en el Reino Unido; consideraron cuidadosamente qué podía adaptarse y qué no funcionaría en su país de origen. Por ejemplo, un estudiante señaló que, aunque podía enviar un correo electrónico directamente a un jefe de departamento en el Reino Unido, la jerarquía en China le impediría hacer lo mismo. Tenía que aprender a navegar estas diferencias, decidiendo qué traer de vuelta y qué dejar atrás. La propia beca desempeñó un papel en esto, ya que conllevaba la expectativa de que contribuyeran a su país tras graduarse. Este sentido del deber no limitó su aprendizaje; más bien, le dio a sus experiencias una dirección específica, ayudándoles a conectar su nuevo conocimiento global con los problemas reales que enfrentarían al regresar a casa.
El estudio concluye que convertirse en alguien globalmente competente no es un proceso pasivo que ocurre simplemente porque un estudiante esté en un país extranjero. Es un viaje activo e irregular que requiere las condiciones adecuadas para florecer. Si un programa universitario está mal diseñado, con clases grandes y pocas oportunidades de interacción genuina, incluso los estudiantes más motivados pueden tener dificultades para crecer. Por el contrario, cuando los programas proporcionan formas estructuradas de conocer gente, fomentan que los estudiantes compartan su propio conocimiento y les ayudan a reflexionar sobre sus responsabilidades, ocurre un aprendizaje real. La investigación sugiere que las universidades no pueden confiar en la esperanza de que la diversidad por sí sola enseñe a los estudiantes. Deben construir los puentes que permitan a los estudiantes cruzar las brechas culturales, y deben ayudarles a conectar sus experiencias internacionales con sus propias vidas y futuros. Para los estudiantes de este estudio, el año en el Reino Unido no fue una transformación mágica, sino un periodo de ensamblaje cuidadoso donde unieron nuevas habilidades, conocimientos y un sentido de propósito, preparándose para actuar como líderes en un mundo complejo.
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