Pakikipagkapwa in the Basque Country: Gendered Homemaking and Postcolonial Belonging among Filipino Domestic and Care Workers
Este artículo sostiene que las trabajadoras domésticas y de cuidados filipinas en el País Vasco utilizan la ética indígena del *pakikipagkapwa* y las prácticas religiosas poscoloniales para transformar las cargas de género en fuentes de autoridad comunal y pertenencia híbrida, desafiando así los modelos de integración eurocéntricos mediante un marco de la creación de hogares comunal y no eurocéntrico.
Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo
La ciencia del "hogar" en una nueva tierra
Imagina que estás intentando construir una casa, pero no tienes un plano, y la tierra sobre la que te encuentras se siente extraña y fría. Esta es la realidad diaria de millones de personas que se mudan a un nuevo país para trabajar. En el mundo de las ciencias sociales, los investigadores estudtan cómo estas personas no solo sobreviven, sino que realmente logran que un lugar se sienta como un "hogar". Esto no se trata solo de encontrar un techo sobre tu cabeza; se trata del trabajo emocional y social invisible de crear un sentido de pertenencia.
Para entender esto, necesitamos conocer algunas ideas clave. Primero, está el concepto de creación de hogar (homemaking). Piensa en esto no como limpiar una casa, sino como el acto de tejer una red de seguridad de amigos, comida y tradiciones que hace que una ciudad extranjera se sienta familiar. Segundo, está la idea del poscolonialismo. Esto es como un drama familiar largo y complicado donde un país "padre" (como España) gobernó alguna vez sobre un país "hijo" (como Filipinas). Incluso después de que el hijo crece y se muda, todavía comparten el mismo idioma, religión y costumbres, pero los ven a través de sus propios ojos únicos. Finalmente, está el pakikipagkapwa. Esta es una palabra filipina que es difícil de traducir perfectamente, pero imagínala como un superpoder de "yo compartido". Es la creencia de que tú y yo no somos dos personas separadas; somos parte de un mismo gran rompecabezas. Si tú eres feliz, yo soy feliz; si tú sufres, yo también lo siento.
¿Por qué es esto importante? Porque la mayoría de la gente piensa que mudarse a un nuevo país significa que tienes que olvidar quién eras para encajar. Pero esta investigación plantea una pregunta diferente: ¿Y si el secreto para encajar no es cambiarte a ti mismo, sino traer tu propio "yo compartido" único a la mesa y ver cómo cambia la habitación?
La historia de las trabajadoras del cuidado filipinas en el País Vasco
En los pueblos costeros lluviosos y grises del País Vasco, en España, un grupo de trabajadoras domésticas y del cuidado filipinas está haciendo algo mágico. Están tomando el trabajo pesado e invisible de cuidar a las familias de otros y convirtiéndolo en una vibrante celebración comunal de la suya propia. Un investigador llamado Gian Paulo Paglinawan fue allí para escuchar a diez trabajadoras específicas y observar cómo viven. Lo que encontró es una historia sobre cómo utilizan sus antiguos superpoderes culturales para construir un hogar en un lugar que antes era la casa de su colonizador.
Nota importante: Debido a que este estudio se centró en solo diez personas, los hallazgos son una mirada profunda y detallada de sus experiencias específicas. Aunque estas historias son poderosas, representan una pequeña porción de la comunidad filipina y no deben tomarse como una regla que se aplique a cada trabajador migrante en cualquier parte. Cada comunidad es diferente, y el "plano" de hogar de estas diez trabajadoras es único para su situación.
El "yo compartido" como herramienta de supervivencia
Las trabajadoras utilizan un concepto llamado pakikipagkapwa. Imagina que estás en una fiesta enorme donde todo el mundo habla un idioma diferente y actúa como un extraño. En lugar de sentirse solas, estas trabajadoras tratan a cada persona que encuentran como una extensión de sí mismas. No solo hacen "networking" para conseguir un trabajo; construyen vínculos profundos, de tipo familiar, con otros filipinos. Forman grupos como equipos deportivos y comunidades religiosas donde comparten comida, cantan karaoke y juegan juegos tradicionales.
Una trabajadora, Mutya, explicó que cuando se siente asustada o con nostalgia, mira a sus amigas y piensa: "Ellas sobrevivieron a esto, así que yo también puedo". Esto no es solo tener un compañero; es una forma de decir: "Estamos todos juntos en esto". Este "yo compartido" les ayuda a convertir los parques públicos en lugares que huelen a hogar (con el aroma del adobo y el pastel de arroz biko) y hace que las grises calles vascas se sientan un poco más cálidas. Es como si llevaran un sol portátil con ellas, y dondequiera que se reúnen, el sol brilla.
Convertir la religión del colonizador en la suya propia
Aquí es donde la historia se pone realmente interesante. Filipinas fue gobernada por España durante cientos de años, y los españoles trajeron el catolicismo con ellos. Normalmente, cuando la gente se muda a un nuevo país, intenta aprender la religión o las costumbres locales para encajar. Pero estas trabajadoras filipinas están haciendo lo contrario. Están tomando la misma religión que los españoles trajeron a Filipinas y la están trayendo de vuelta a España, pero la están remezclando.
Imagina una receta familiar que fue transmitida por una abuela estricta. Las trabajadoras filipinas toman esa receta, le añaden sus propias especias secretas y la sirven en una cena en la antigua casa de la abuela. Celebran el Domingo de Ramos usando hojas de laurel en lugar de palmas porque las palmas no crecen en el País Vasco. Celebran un festival llamado Santacruzan donde los niños filipinos se visten como emperadores y reinas de la antigua Roma, justo dentro de una iglesia española.
Esto no es solo copiar; es un acto inteligente de "mimetismo". Están diciendo: "Conocemos sus reglas, pero estamos jugando el juego a nuestra manera". Al hacer esto, no solo están siguiendo las reglas de la casa en la que viven; están reescribiendo las reglas para que la casa se sienta como su propio hogar. Están tomando un símbolo de su pasado de subyugación y convirtiéndolo en una herramienta para su propio gozo y pertenencia.
La carga pesada de las mujeres
El artículo también señala que toda esta operación es dirigida principalmente por mujeres. Mientras que los hombres pueden jugar al baloncesto o ayudar con los deportes, las mujeres son las que organizan los festivales, dirigen los coros de la iglesia, cocinan las comidas masivas y mantienen unida a la comunidad. Es un poco como si fueran las directoras ejecutivas, las organizadoras de eventos, las chefs y el sistema de apoyo emocional, todo en uno.
Esto es un arma de doble filo. Por un lado, les otorga un enorme poder y respeto; son las arquitectas de su comunidad. Por otro lado, es una carga masiva. Ya trabajan largas jornadas cuidando a las familias de otras personas, y luego regresan a casa para cuidar de su propia comunidad. Una trabajadora, Gabriela, describió ser madre, maestra, esposa, camarera y limpiadora, todo a la vez, hasta que su cuerpo finalmente colapsó y tuvo que ser hospitalizada. El artículo sugiere que, si bien este "yo compartido" es una forma poderosa de construir un hogar, también puede usarse para hacer que las personas soporten tratos injustos. Si te sientes tan conectada a tus amigas que no puedes decir que no, podrías quedarte en un mal trabajo solo para mantener la paz o para asegurar que tu familia en casa reciba el dinero que se te debe.
El panorama general
Entonces, ¿qué significa todo esto? El artículo sugiere que estas trabajadoras no solo se están "asimilando" o tratando de volverse españolas. Están haciendo algo más complejo. Están utilizando sus propias herramientas culturales —como la idea del "yo compartido" y su versión única del catolicismo— para construir un puente entre su pasado y su presente.
Demuestran que no tienes que borrar quién eres para pertenecer. De hecho, traer tu yo híbrido completo a la mesa es lo que hace que el nuevo lugar se sienta como un hogar. El artículo no dice que esta sea una solución perfecta o que el racismo desaparezca. Admite que estas trabajadoras siguen enfrentando discriminación y que su "yo compartido" a veces puede atraparlas en situaciones difíciles. Pero muestra que, al apoyarse unas en otras y reimaginar sus tradiciones, están creando un nuevo tipo de pertenencia que es fuerte, resiliente y hermosamente desordenado. Están convirtiendo un antiguo paisaje colonial en un lugar donde finalmente pueden decir: "Este es mi hogar".
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