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Effects of domestic violence and sexual abuse on STEM academic performance in four case studies

Este estudio cualitativo de cuatro estudiantes de ingeniería revela que la violencia doméstica y el abuso sexual obstaculizan severamente el rendimiento académico a través de síntomas inducidos por el trauma como la ansiedad y la depresión, lo que motiva recomendaciones de grupos de apoyo institucional, capacitación docente e intervenciones terapéuticas para mitigar estas desigualdades educativas.

Autores originales: Luis Hernan Arellano-Ulloa, Julia Liliana Requena-Yáñez, Gustavo Morán-Soto

Publicado 2026-09-09
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Autores originales: Luis Hernan Arellano-Ulloa, Julia Liliana Requena-Yáñez, Gustavo Morán-Soto

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Para muchos estudiantes, el camino hacia una carrera en ciencia, tecnología, ingeniería o matemáticas se percibe como una rigurosa prueba de intelecto y lógica. Estos campos exigen un enfoque intenso, la capacidad de resolver problemas complejos y la resistencia para soportar largas horas de estudio. Sin embargo, este viaje académico no ocurre en el vacío. Tiene lugar en las vidas de personas reales, cuyas mentes y cuerpos son moldeados por sus entornos mucho antes de que pisen un aula universitaria. Cuando un estudiante crece en un hogar lleno de miedo, gritos o daño físico, el cerebro se adapta para sobrevivir a ese peligro. Esta adaptación, conocida como trauma, cambia la forma en que una persona piensa, siente y procesa la información. Puede dificultar la concentración, la memorización de datos o la confianza en los demás. Mientras que los educadores suelen observar las calificaciones y los resultados de los exámenes para juzgar la capacidad de un estudiante, pueden pasar por alto el pesado peso psicológico que este carga. Este desencuentro puede llevar a una situación en la que la lucha de un estudiante se confunde con una falta de talento, cuando en realidad es una reacción a un entorno hostil que hace que el aprendizaje sea casi imposible.

Un estudio reciente realizado por investigadores del Tecnológico Nacional de México busca comprender exactamente cómo esta carga invisible afecta a los estudiantes de programas de ingeniería. Los investigadores se centraron en cuatro estudiantes específicos —dos hombres y dos mujeres— que navegaban por el exigente mundo de la ingeniería mientras cargaban con las cicatrices de la violencia doméstica. El objetivo no era diagnosticar a estos estudiantes con condiciones médicas, sino escuchar sus historias y comprender cómo la violencia moldea su aprendizaje. El equipo realizó entrevistas en profundidad, pidiendo a los estudiantes que describieran los efectos físicos, emocales y sociales de la violencia que habían experimentado. También preguntaron qué se podría hacer para ayudar, tanto por parte de los propios estudiantes como de las instituciones destinadas a apoyarlos. Al observar de cerca estas cuatro vidas, los investigadores pretendían revelar las barreras invisibles que impiden que estudiantes talentosos tengan éxito, no por falta de capacidad, sino porque sus mentes están ocupadas con la supervivencia.

Las historias de estos cuatro estudiantes revelan una cruda realidad: la violencia no se queda en casa; los sigue hasta el aula. Un estudiante varón, que creció en un hogar donde su madre le gritaba con frecuencia y lo agredía físicamente, aprendió a asociar sus calificaciones con su seguridad. Creía que si no obtenía puntuaciones perfectas, enfrentaría castigos en casa. Este miedo lo impulsó a trabajar hasta el punto del agotamiento, a menudo sacrificando el sueño para trabajar en dos empleos mientras estudiaba. El resultado no fue el éxito, sino un estado de pánico constante. Durante los exámenes, su mente se quedaba en blanco y experimentaba dolores en el pecho tan severos que tenía que recurrir a ejercicios de respiración solo para terminar la prueba. Describió sentirse como una persona distante y fría, incapaz de conectar con sus compañeros porque el estrés de su vida hogareña le hacía sentir que él era el problema.

Otra estudiante enfrentó una forma de abuso diferente pero igualmente devastadora. Fue víctima de abuso sexual por parte de un familiar desde los nueve años, un trauma que la dejó sintiéndose confundida y culpada por algo que no era su culpa. Cuando finalmente habló, su familia inicialmente la desestimó y, más tarde, algunos parientes se volvieron contra ella, llamándola loca o dramática. Esta traición hizo que le resultara increíblemente difícil confiar en cualquier persona. En el aula, el estrés de los procesos legales y el miedo a encontrarse con su abusador la hacían bloquearse. A menudo dejaba los exámenes sin terminar porque los pensamientos intrusivos y los ataques de ansiedad la abrumaban. A pesar de estos inmensos obstáculos, logró llegar a las etapas finales de su carrera, impulsada por el apoyo de su abuela y de unos pocos amigos cercanos que creyeron en ella.

Los otros dos estudiantes compartieron luchas similares. Un joven creció en un hogar donde sus padres peleaban violentamente, golpeándose a menudo entre sí y a él con objetos. Este entorno le provocó depresión crónica y múltiples intentos de suicidio. Se volvió tan temeroso del conflicto que dejó de hablar en clase, aterrado de que cualquier desacuerdo desencadenara la violencia. Se sentía desconectado de sus compañeros, incapaz de pedir ayuda o compartir sus ideas. La cuarta estudiante, una mujer joven, sufrió abusos por parte de la pareja de su madre. El proceso legal para buscar justicia fue agotador y volver a traumatizante, y enfrentó el juicio de terapeutas que no la tomaron en serio. En el aula, descubrió que sus compañeros a menudo se burlaban de ella cuando pedía ayuda, lo que la hacía sentirse aislada e indigna.

Cuando los investigadores analizaron estas cuatro historias en conjunto, surgió un patrón claro. Los cuatro estudiantes habían normalizado inicialmente sus entornos violentos, sin darse cuenta de lo anormales que eran sus situaciones hasta que las compararon con las de otros. La violencia había drenado su energía mental, dejándoles poca capacidad para concentrarse en problemas complejos de ingeniería. Todos sufrieron síntomas físicos como insomnio, pérdida de apetito y fatiga, lo que degradó aún más su capacidad de aprendizaje. Quizás lo más importante es que el estudio encontró que las dificultades académicas de los estudiantes no se debían a una falta de inteligencia, sino a un resultado directo de cómo el trauma ocupaba el espacio mental necesario para el aprendizaje.

Los estudiantes también destacaron una brecha crítica en la forma en que las universidades manejan estas situaciones. Informaron que los profesores a menudo parecían ignorar las batallas invisibles que libraban sus alumnos. Los estudiantes sugirieron que actos simples de empatía, como que un profesor pregunte cómo está un alumno, podrían marcar una gran diferencia. Pidieron más profesionales de salud mental capacitados en el campus, señalando que tener solo dos psicólogos para miles de estudiantes era insuficiente. También enfatizaron la necesidad de grupos de apoyo donde pudieran compartir sus experiencias sin temor al juicio. Para las mujeres del estudio, el trauma del abuso sexual creó una barrera específica de desconfianza hacia los hombres, dificultando el trabajo en equipo o la sensación de seguridad en un aula dominada por compañeros varones.

Los hallazgos sugieren que la forma actual de evaluar a los estudiantes de ingeniería es defectuosa. Al centrarse únicamente en las calificaciones y el desempeño técnico, las instituciones a menudo pasan por alto las causas fundamentales del fracaso de un estudiante. El estudio indica que el trauma actúa como un drenaje continuo de los recursos cognitivos del estudiante, dificultando la resolución de problemas, la concentración o la memorización de información. Esto es especialmente cierto para las estudiantes mujeres, quienes enfrentan la carga adicional de los estereotipos de género y el trauma específico de la violencia sexual. Los investigadores concluyen que, para que estos estudiantes tengan éxito, el sistema educativo debe cambiar. Debe ir más allá de simplemente enseñar conceptos de ingeniería y comenzar a crear un entorno seguro y de apoyo donde los estudiantes se sientan escuchados y comprendidos. Sin este cambio, estudiantes talentosos continuarán abandonando o luchando, no porque no puedan realizar el trabajo, sino porque se les exige el trabajo mientras todavía intentan sobrevivir a su pasado.

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