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Social Risks and Protection Gaps Among Children Working on the Streets in Ho Chi Minh City Vietnam

Este estudio de métodos mixtos de 150 niños trabajadores de la calle en la Ciudad de Ho Chi Minh revela que su labor es impulsada por la necesidad económica del hogar y las condiciones de vida precarias, lo que resulta en altas tasas de deserción escolar y exposición a la violencia y la discriminación, al tiempo que destaca brechas críticas en los servicios de protección formal y la urgente necesidad de intervenciones coordinadas que aborden el sustento, la educación y la seguridad infantil.

Autores originales: Hieu Van Vu, Nhung Thi Le

Publicado 2026-09-16
📖 8 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Hieu Van Vu, Nhung Thi Le

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

En el corazón bullicioso de las ciudades en rápido crecimiento, una tensión silenciosa se desarrolla cada día entre la necesidad de que los niños vayan a la escuela y la necesidad de que sus familias coman. Esta no es solo una historia sobre la pobreza, sino sobre cómo un hogar sobrevive cuando el dinero escasea. Cuando los adultos no pueden ganar lo suficiente para cubrir el alquiler, la comida o las deudas, los niños suelen intervenir para ayudar, asumiendo trabajos que mantienen a flote a la familia. Esta dinámica crea una situación difícil para los niños involucrados. Están legalmente protegidos como menores que deberían estar aprendiendo y jugando, pero su realidad diaria está moldeada por la necesidad inmediata de ganar efectivo. Los investigadores llaman a esto la "brecha de supervivencia-protección". Describe un espacio donde existen leyes para proteger a los niños, pero las condiciones económicas que los obligan a trabajar son tan fuertes que esas leyes se sienten distantes o imposibles de seguir. Comprender esta brecha es crucial porque simplemente decirle a un niño que deje de trabajar no resuelve el problema si su familia aún enfrenta hambre o falta de vivienda. La verdadera pregunta es cómo apoyar a estas familias para que los niños puedan elegir la educación sobre el trabajo sin la amenaza de la indigencia.

Un equipo de investigadores de Vietnam se propuso recientemente comprender exactamente cómo se ve y se siente esta brecha para los niños que trabajan en las calles de la ciudad de Ho Chi Minh. En mayo de 2024, realizaron una inmersión profunda en las vidas de 150 niños de entre cinco y diecisiete años. En lugar de solo contar cuántos niños trabajaban, el equipo quería conocer la textura de sus días: cuánto trabajaban, qué vendían o hacían, con qué frecuencia iban a la escuela y qué peligros enfrentaban. Combinaron una encuesta escrita con conversaciones largas y tranquilas, discusiones grupales e historias detalladas de cinco niños específicos para obtener una imagen completa. Su objetivo era ir más allá de etiquetas simples como "niño de la calle" y ver la compleja realidad de niños que podrían vivir con sus padres, asistir a la escuela a veces, y aun así pasar sus días vendiendo mercancías o actuando en aceras concurridas para ayudar a sus familias a sobrevivir.

La imagen que surgió fue la de un trabajo intenso y rutinario que se ha entretejido en el tejido de la vida familiar. Para la mayoría de estos niños, el trabajo no era una actividad de medio tiempo o una forma de ganar dinero para sus gastos personales; era un trabajo de tiempo completo que competía directamente con la infancia. Más del sesenta por ciento de los niños encuestados trabajaban todos los días de la semana. Cerca de la mitad trabajaba entre cuatro y ocho horas al día, un horario que deja poco tiempo para el descanso, el juego o el estudio. Esta intensidad no se limitaba a los adolescentes; incluso los niños menores de trece años trabajaban largas jornadas, con casi la mitad de ellos pasando de cuatro a ocho horas en la calle diariamente. El trabajo en sí era variado pero a menudo de bajos ingresos y alta visibilidad. La mayoría vendía artículos pequeños en la calle, mientras que otros trabajaban en pequeñas tiendas, pedían dinero o comida, o actuaban para los transeúntes. Crucialmente, casi todo el dinero que estos niños ganaban iba directamente a sus familias. Cerca del setenta por ciento de los niños que recibían efectivo lo utilizaban para apoyar necesidades básicas del hogar, como la comida o el alquiler, lo que demuestra que su labor era un salvavidas vital para sus hogares.

Esta fuerte dependencia de los ingresos de los niños tuvo un costo elevado para su educación. El estudio encontró que la escolarización de estos niños era frágil y a menudo temporal. Casi el sesenta por ciento de los niños de la encuesta ya habían abandonado la escuela por completo. Para muchos, esto ocurrió temprano, a menudo antes de cumplir los trece años, cortando su educación antes de que pudieran terminar la primaria. Incluso entre los niños que aún estaban matriculados, su asistencia era inestable. Muchos luchaban por mantenerse al día con sus lecciones, y su desempeño era a menudo promedio o deficiente, lo que sugiere que la fatiga de las largas jornadas laborales estaba dificultando su aprendizaje. El sistema escolar, aunque seguía siendo un camino para algunos, a menudo era incapaz de competir con la necesidad inmediata de ingresos. Para los niños que permanecían en la escuela, la experiencia era a menudo de agotamiento, con el trabajo tomando precedencia sobre la tarea y el descanso.

Más allá de la pérdida de educación, estos niños enfrentaban peligros significativos en sus vidas diarias. El entorno de la calle los exponía a una serie de daños que iban más allá del simple trabajo duro. Un gran número informó haber sido insultado, estigmatizado o discriminado simplemente por estar allí. Más del veinte por ciento había sufrido ataques físicos, bofetadas o golpes. Un número menor pero profundamente preocupante reportó tocamientos inapropiados o haber sido forzado a situaciones sexuales no deseadas. Aunque la frecuencia de estos eventos graves no era tan alta como la de los insultos diarios, el impacto era descrito como severo por quienes los experimentaron. Los riesgos no se limitaban a la violencia; los niños también enfrentaban el peligro de ser forzados a consumir drogas o alcohol, o ser coaccionados para robar. Los investigadores notaron que estos peligros a menudo se confundían con el trabajo mismo. Por ejemplo, un niño podría verse obligado a trabajar hasta tarde en la noche para ganar más dinero, lo que aumentaba su exposición a la violencia y a los accidentes de tráfico. La línea entre un niño ayudando a su familia y un niño siendo explotado era a menudo delgada, especialmente cuando los adultos en sus vidas dependían de sus ingresos.

A pesar de los claros peligros y la pesada carga de trabajo, la conexión de los niños con la ayuda oficial era notablemente débil. El estudio reveló una brecha masiva entre la existencia de programas de protección y la capacidad de los niños para acceder a ellos. Más del noventa por ciento de los niños no conocían ningún programa local diseñado para ayudarlos. Más del ochenta por ciento nunca había asistido a una reunión, visto una película o participado en una actividad grupal sobre el trabajo infantil o sus derechos. Esto no era porque los niños no quisieran ayuda, sino porque la ayuda no llegaba a ellos. Los programas que existían a menudo se ubicaban en lugares fijos o se programaban en horarios que no coincidían con sus vidas caóticas y móviles. Si un niño trabajaba hasta tarde en la noche o se movía de calle en calle para vender mercancías, un programa basado en aulas o una oficina fija estaba simplemente fuera de su alcance. Los investigadores encontraron que los niños eran efectivamente invisibles para los mismos sistemas destinados a protegerlos.

Cuando se les preguntó qué necesitaban para cambiar sus vidas, los niños ofrecieron una visión matizada que desafiaba las soluciones simples. No solo querían dejar de trabajar; querían mejores opciones. Más de la mitad expresó el deseo de regresar a la escuela o recibir una mejor educación, y muchos hablaron con profunda emoción sobre extrañar a sus amigos y sus aulas. Sin embargo, un número similar dijo que necesitaban "trabajo adecuado" o querían seguir trabajando, pero en un entorno más seguro. Reconocieron que su trabajo actual proporcionaba dinero y un sentido de contribución a sus familias. Para muchos, la idea de dejar de trabajar por completo no era realista a menos que sus familias tuvieran otra forma de sobrevivir. También destacaron una fuerte necesidad de seguridad en el trabajo y protección contra el daño físico y mental. Los niños comprendían los riesgos que enfrentaban y estaban abiertos a la protección, pero necesitaban soluciones que respetaran su realidad. No querían ser rescatados de las calles solo para regresar a la pobreza; querían un camino que les permitiera aprender y crecer mientras mantenían a sus familias seguras.

Los investigadores concluyeron que resolver este problema requiere más que solo aplicar leyes contra el trabajo infantil. La "brecha de supervivencia-protección" que identificaron muestra que los niños están atrapados entre los derechos legales y la necesidad económica. Para cerrar esta brecha, las intervenciones deben ser coordinadas y prácticas. Esto significa brindar apoyo a las familias para que no tengan que depender de los ingresos de sus hijos, asegurar que las escuelas sean lo suficientemente flexibles para acomodar a los niños que trabajan, y crear servicios de protección que realmente puedan alcanzar a los niños móviles en las calles. El estudio sugiere que las soluciones efectivas deben abordar a todo el hogar, no solo al niño. No basta con decirle a un niño que vaya a la escuela si su familia no puede comer sin sus ingresos. En cambio, las comunidades y los gobiernos deben crear vías creíbles que permitan a los niños dejar las calles sin dejar a sus familias en crisis. Esto implica un alcance sostenido, apoyo al sustento familiar y un reconocimiento de que, para estos niños, el trabajo es a menudo una cuestión de supervivencia, no solo una elección. El camino a seguir requiere comprender que estos niños no son solo víctimas de la pobreza, sino participantes activos en la lucha de sus familias por la supervivencia, y que ayudarlos requiere abordar las presiones económicas que los mantienen en las calles.

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