Flood risk perception and behavioural responses in conditions of repeated floods: evidence from Bagnacavallo (Ravenna, Italy)
Este estudio examina cómo las inundaciones catastróficas repetidas en Bagnacavallo, Italia, remodelan las percepciones de riesgo y la dinámica social de los residentes, revelando que las amenazas ambientales crónicas actúan como estresores a largo plazo que generan una mezcla compleja de cooperación, conflicto y desconfianza institucional, al tiempo que influyen en el compromiso colectivo con la mitigación climática.
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En el estudio de cómo las personas reaccionan ante el peligro, los científicos han comprendido desde hace tiempo que el miedo es un poderoso motivador. Cuando una comunidad se enfrenta a una amenaza repentina, como un incendio o una tormenta, la gente suele unirse rápidamente, dejando de lado sus diferencias para ayudarse mutuamente a sobrevivir. Esta cooperación instintiva está bien documentada. Sin embargo, surge una pregunta más compleja cuando el peligro no desaparece. ¿Qué sucede cuando la amenaza regresa, una y otra vez, en un corto período de tiempo? ¿Se mantiene la ola inicial de unidad o la tensión repetida del desastre agota a las personas? Los investigadores también están interesados en cómo estos eventos repetidos cambian la forma en que las personas ven el mundo. ¿Comienzan a comprender que el clima está cambiando de una manera fundamental, o simplemente ven cada nueva inundación como un evento separado y de mala suerte? Comprender estos cambios es crucial porque la capacidad de una comunidad para trabajar unida suele ser la diferencia entre una crisis manejable y una catastrófica.
En el pequeño pueblo italiano de Bagnacavallo, situado en una región llana y rica en ríos, los residentes han vivido una serie de inundaciones devastadoras que comenzaron en mayo de 2023. En solo dos semanas de ese mes, dos tormentas separadas provocaron que los ríos se desbordaran, seguidas de más inundaciones severas en septiembre de 2024 y nuevamente a principios de 2025. Para comprender cómo este ciclo implacable afectó a la población, un equipo de investigadores de universidades italianas realizó una inmersión profunda en la mentalidad de la comunidad. No se limitaron únicamente a las estadísticas distantes. En su lugar, se sentaron con veintiún residentes en discusiones de grupos pequeños y encuestaron a cien personas de la zona. El objetivo era escuchar cómo estos vecinos percibían el riesgo de futuras inundaciones, cómo veían el papel del cambio climático y cómo cambiaba su disposición para cooperar entre sí a medida que la fase de emergencia se desvanecía para dar paso a una recuperación larga y difícil.
Los investigadores descubrieron que la experiencia de las inundaciones repetidas alteró fundamentalmente la forma en que el pueblo veía su propia seguridad. Antes de los desastres, muchos residentes, especialmente las generaciones mayores, recordaban los ríos locales como vecinos amigables, una visión transmitida a través de historias familiares. Las inundaciones destrozaron este recuerdo. Hoy en día, el riesgo de que el agua suba ya no se ve como una tragedia rara y única en la vida, sino como una realidad constante y esperada. Este cambio fue sentido por todos, no solo por aquellos cuyas casas sufrieron daños. Incluso los residentes que escaparon de daños directos por el agua reportaron una profunda sensación de inseguridad, impulsada por las constantes alertas meteorológicas, los cierres de carreteras y la vista de las obras de reparación que parecían no terminar nunca. El miedo no era solo por el agua en sí, sino por la incertidumbre de cuándo regresaría y si las autoridades podrían detenerla.
Una parte significativa de esta nueva realidad involucró una creciente conciencia sobre el cambio climático. Los residentes no veían las inundaciones como un acto misterioso e aislado de la naturaleza. En cambio, reconocieron que el cambio climático era un factor que agravaba los impactos de los fenómenos meteorológicos extremos, pero no lo veían como la causa única o principal. Más bien, veían las inundaciones como el resultado de una combinación de cambios climáticos globales y una mala gestión territorial local. Sentían que los impactos se veían exacerbados por la ausencia de intervenciones institucionales adecuadas y el fracaso al abordar las vulnerabilidades estructurales conocidas. Este entendimiento vino acompañado de una fuerte dosis de frustración. Si bien reconocían que el cambio climático estaba haciendo que las tormentas fueran más intensas, también sentían que las autoridades locales y nacionales no habían gestionado la tierra adecuadamente. Señalaron años de advertencias ignoradas y respuestas lentas y desarticuladas por parte de las agencias gubernamentales. Esta falta de confianza en las instituciones se convirtió en un tema central, con muchos residentes sintiendo que el sistema era opaco y poco receptivo, dejándolos enfrentar las consecuencias solos.
El descubrimiento más sorprendente, sin embargo, concernía al tejido social del pueblo. Inmediatamente después de las primeras inundaciones, la comunidad mostró un espíritu de unidad notable. Los vecinos ayudaron a los vecinos, voluntarios llegaron de todo el país y un sentido de destino compartido unió a todos. Pero a medida que la fase de emergencia terminó y comenzó el largo proceso de reconstrucción, esta unidad empezó a deshilacharse. Los investigadores observaron que la ola inicial de cooperación dio paso a la tensión y la competencia. Este cambio no ocurrió solo entre los afectados por las inundaciones y los que no lo estuvieron; sucedió incluso entre aquellos que habían sufrido daños. Surgió una dinámica dolorosa en la que los residentes comenzaron a comparar la gravedad de sus pérdidas, con algunos sintiendo que su sufrimiento estaba siendo pasado por alto o que otros no estaban haciendo lo suficiente para ayudar.
Esta fragmentación fue impulsada por la naturaleza desigual de los daños. Algunas familias lo perdieron todo múltiples veces, mientras que otras no perdieron nada en absoluto. Aquellos que pudieron reparar sus hogares rápidamente o mudarse se encontraron retirándose de los esfuerzos colectivos, mientras que aquellos que permanecieron dependientes del apoyo comunitario se sintieron abandonados. Los investigadores notaron que el sentido de obligación compartida, que es tan fuerte durante una crisis, se debilitó a medida que la recuperación se prolongaba. La comunidad comenzó a fracturarse según las líneas de quién había sido golpeado más fuerte y quién había sido respetado, convirtiendo una lucha colectiva en una serie de batallas individuales.
A pesar de esta erosión de la confianza y la unidad, el estudio reveló un deseo persistente, aunque silencioso, de actuar. Los residentes expresaron su disposición a cambiar sus hábitos diarios para ayudar al medio ambiente, como reciclar más o usar menos agua. Sin embargo, también mantuvieron un profundo escepticismo sobre si sus acciones individuales podrían marcar una diferencia real contra fuerzas tan masivas. Una barrera significativa para la acción climática colectiva fue un fenómeno psicológico donde las personas asumían que sus vecinos estaban menos dispuestos a ayudar de lo que realmente estaban. Todos creían que los demás eran demasiado egoístas o indiferentes para actuar, lo que los desanimaba a tomar la iniciativa ellos mismos. Este malentendido creó un ciclo donde las buenas intenciones permanecían ocultas y la comunidad no lograba movilizar el poder colectivo que realmente poseía.
La historia de Bagnacavallo ofrece una lección clara para el futuro. Muestra que, si bien un solo desastre puede unir a una comunidad, una serie de desastres repetidos puede desgarrar lentamente esa unidad, especialmente cuando el daño se distribuye de manera desigual. El camino a seguir requiere más que solo construir muros más altos o reparar diques; requiere reconstruir la confianza entre los vecinos y entre la gente y sus líderes. Sin abordar los sentimientos profundos de injusticia y la falta de fe en las instituciones, los vínculos sociales necesarios para sobrevivir a la próxima crisis pueden estar ya demasiado debilitados para sostenerse. Los residentes de Bagnacavallo han aprendido a vivir con el miedo a la próxima inundación, pero el desafío ahora es aprender a vivir juntos de nuevo.
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