Co-designing an intersectoral learning community to address the needs of people living with obesity: a participatory mixed-methods study in a semi- rural region of Quebec, Canada
Este estudio participativo de métodos mixtos en una zona semirrural de Quebec demuestra que, si bien el codiseño de una comunidad de aprendizaje intersectorial fortaleció con éxito los cimientos relacionales y cognitivos para la colaboración entre diversos actores para abordar la obesidad, la iniciativa aún no ha logrado una acción colectiva plenamente integrada debido a desafíos en la representación estratégica, la gobernanza y la asignación de recursos.
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La obesidad a menudo se malinterpreta como una simple cuestión de elección personal, un cálculo de calorías consumidas frente a calorías quemadas. Sin embargo, la ciencia moderna la reconoce como una condición crónica y compleja conformada por una red de factores: la biología, la genética, el entorno y la cultura en la que vivimos. Debido a que las causas son tan generalizadas, las soluciones no pueden provenir únicamente de los médicos. El sistema de salud, que se centra en tratar la enfermedad, aborda solo una pequeña fracción de las fuerzas que determinan la salud. Para ayudar verdaderamente a las personas que viven con obesidad, las comunidades deben reunir a personas de diversos ámbitos de la vida: médicos, planificadores urbanos, maestros, líderes comunitarios y las personas que viven con la condición cada día. Este enfoque, conocido como colaboración intersectorial, se basa en la idea de que cuando grupos diversos trabajan juntos, pueden ver el problema con mayor claridad y construir mejores soluciones de las que cualquier grupo individual podría gestionar por su cuenta.
En una región semirural de Quebec, Canadá, un equipo de investigadores se propuso probar si este tipo de colaboración podía construirse desde la base. Reunieron a un grupo de veinticinco personas de la sociedad civil, el sector salud, organizaciones comunitarias y el gobierno local para co-diseñar una "comunidad de aprendizaje". Este no fue un encuentro tradicional donde los expertos dan lecciones a una audiencia; fue un proceso participativo donde todos, incluyendo a personas que viven con obesidad, trabajaron juntos para definir los problemas e imaginar soluciones. Los investigadores querían ver si reunir estas diferentes voces podía crear un entendimiento compartido y un plan de acción. A lo largo de cuatro talleres realizados entre marzo y noviembre de 2025, el grupo utilizó métodos creativos para derribar las barreras entre sus diferentes mundos. Discutieron el estigma del peso, el acceso a los recursos y la salud mental, avanzando finalmente hacia una visión compartida del futuro.
El proceso comenzó con un enfoque en la creación de un ambiente seguro y respetuoso. Antes de la primera reunión, el equipo estableció un conjunto de reglas compartidas, o un estatuto, para asegurar que todos se sintieran escuchados y que el lenguaje utilizado no avergonzara ni estigmatizara a nadie. En el primer taller, el grupo utilizó un método llamado "World Café", donde los participantes rotaban por mesas pequeñas para discutir temas clave. Esta sesión inicial reveló que, si bien todos estaban de acuerdo en la importancia del tema, la conversación estuvo dominada por algunas voces, particularmente aquellas provenientes del sector de la salud y de personas con experiencia vivida de la obesidad. Algunos miembros de la comunidad y representantes municipales fueron más silenciosos, escuchando más de lo que hablaban.
Para cerrar esta brecha, el segundo taller introdujo una herramienta poderosa: los "personas". Estos eran historias ficticias detalladas sobre personas reales que viven con obesidad, creadas con la aportación de los participantes y expertos médicos. En lugar de hablar de estadísticas abstractas, el grupo discutió las dificultades cotidianas específicas de estos personajes. Este cambio alteró la dinámica de la sala. Al centrarse en las necesidades de una persona específica en lugar de una categoría general, los participantes comenzaron a ver cómo sus diferentes roles podían encajar. Un médico pudo ver cómo un programa comunitario podría ayudar, y un planificador urbano pudo comprender que faltaban recursos locales. Los "personas" actuaron como un terreno común, permitiendo al grupo pasar de conversaciones paralelas a un esfuerzo colectivo para resolver problemas.
A medida que los talleres progresaban, la comprensión del grupo sobre la obesidad se profundizaba. Pasaron de verla únicamente como un problema médico que debe ser resuelto por un médico, a verla como un desafío social que involucra a las escuelas, la vivienda y la cultura comunitaria. Los participantes informaron sentirse más informados sobre los recursos disponibles en su región y más conscientes de los roles desempeñados por personas de otros sectores. Un trabajador de la salud señaló que las discusiones ya habían cambiado su forma de abordar a los pacientes en su clínica, haciéndolo más consciente de cómo medía y discutía el peso. El grupo logró construir una base sólida de confianza y conocimiento compartido, con un noventa y cinco por ciento de los encuestados afirmando que se sentían capaces de expresar sus puntos de vista y que fueron escuchados.
Sin embargo, el estudio también reveló obstáculos significativos para convertir este diálogo en una acción duradera. Si bien el grupo se sintió bien con sus discusiones, tenían menos certeza sobre qué sucedería después. Cuando se les preguntó más tarde si el grupo había desarrollado soluciones integradas que fueran más allá de la simple coordinación, el cincuenta y dos por ciento de los encuestados dijo que no lo sabía. Del mismo modo, el setenta y seis por ciento no sabía si los socios habían cambiado sus roles para hacer que estas nuevas soluciones funcionaran. El grupo había identificado que faltaban en la mesa algunos sectores cruciales, como la educación y los funcionarios locales electos. Sin estos actores clave, era difícil imaginar cómo se podrían financiar o implementar las ideas generadas.
Los investigadores encontraron que el grupo había construido con éxito las relaciones y la visión compartida necesarias para empezar a trabajar juntos, pero aún no habían establecido la maquinaria para mantenerlo. No había un plan claro sobre quién tomaría las decisiones, quién pagaría por los proyectos o cómo el grupo se haría responsable. Un participante temía que, sin un presupuesto dedicado y una estructura formal, el proyecto simplemente se desvanecería, dejando a la comunidad con buenas ideas pero sin forma de actuar sobre ellas. El estudio concluyó que, si bien el proceso de co-diseño fue un éxito para reunir a las personas y cambiar perspectivas, no fue suficiente por sí solo para crear un sistema de atención sostenible.
El camino a seguir requiere más que buenas intenciones y un clima de apoyo. Para pasar del hablar al hacer, el grupo necesita una gobernanza explícita, recursos dedicados y la participación activa de los tomadores de decisiones que puedan autorizar el cambio. El estudio sugiere que construir una comunidad de aprendizaje es un primer paso vital, pero debe ser seguido por pasos concretos para asegurar que la capacidad colectiva construida durante esos talleres se traduzca en mejoras reales para las personas que viven con obesidad. El trabajo en Quebec muestra que cuando grupos diversos se sientan juntos, pueden ver el problema bajo una nueva luz, pero convertir esa nueva luz en una solución duradera requiere una estructura que pueda sostener el peso del futuro.
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