Predisposing, Enabling, and Reinforcing Factors in the Normalization of Intimate Partner Violence: A qualitative study of Afghan Refugee Women's Experiences in Torbat Jam Camp, Iran, 2025
Este estudio cualitativo de 2025 de 24 mujeres refugiadas afganas en Torbat Jam, Irán, identifica que la normalización de la violencia de pareja íntima es impulsada primordialmente por factores predisponentes arraigados en estructuras histórico-culturales y la desigualdad de género, seguidos de factores facilitadores relacionados con los desafíos del desplazamiento, y factores reforzadores mínimos, lo que requiere intervenciones interdisciplinarias centradas en la justicia de género.
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La violencia entre parejas no es meramente un conflicto privado; es una crisis de salud pública que afecta las vidas de millones, a menudo escondida tras puertas cerradas. Para comprender por qué ocurre esta violencia y por qué a veces continúa incluso cuando causa un inmenso sufrimiento, los investigadores suelen observar tres capas de influencia. Primero, están las cosas dentro de la mente de una persona: sus creencias, lo que consideran normal y lo que temen. Segundo, están las cosas a su alrededor que hacen que ciertas acciones sean más fáciles o difíciles, como tener dinero, acceso a la ayuda o la capacidad de hablar el idioma local. Tercero, están las reacciones de las personas que las rodean —familia, vecinos o líderes comunitarios— que podrían fomentar el comportamiento o intentar detenerlo. Cuando estas capas se combinan, pueden crear un entorno donde la violencia se acepta como una forma de vida, especialmente para las mujeres que se han visto obligadas a huir de sus hogares y comenzar de nuevo en una tierra extranjera.
Un equipo de investigadores se propuso explorar estas capas específicamente entre mujeres afganas que viven en un campo de refugiados en Irán. Se centraron en Torbat Jam, un asentamiento establecido hace décadas para albergar a miles de familias desplazadas. Los investigadores querían comprender por qué la violencia de pareja, que incluye daños físicos, emocionales y sexuales por parte del cónyuge, persiste en esta comunidad. No se limitaron a pedir estadísticas; se sentaron con veinticuatro mujeres y escucharon sus historias. Estas mujeres, que habían vivido en Irán un promedio de más de veinticinco años, compartieron sus experiencias de miedo, silencio y las decisiones difíciles que enfrentaban cada día. Al escuchar atentamente, los investigadores mapearon las razones específicas de por qué ocurre la violencia, por qué se permite que continúe y qué impide que las mujeres busquen ayuda.
El estudio comenzó reuniendo a estas mujeres en una sala tranquila de la clínica del campamento. Los investigadores hicieron preguntas simples y directas sobre sus vidas: ¿Cómo es la violencia en tu hogar? ¿Qué hace que tu esposo se enoje? ¿Qué te impide irte o denunciar el abuso? Las conversaciones fueron grabadas y analizadas cuidadosamente, no para encontrar una única causa, sino para ver el patrón de factores que impulsan, permiten y refuerzan el ciclo del abuso. Las mujeres compartieron que sus vidas estaban marcadas por un profundo sentimiento de resignación. Muchas habían crecido viendo a sus propios padres golpear a sus madres. Esta exposición temprana les enseñó que la violencia era una parte normal del matrimonio, una lección transmitida de una generación a otra. Cuando una mujer ve a su padre golpear a su madre, puede crecer creyendo que un esposo tiene el derecho de usar la fuerza para controlar a su esposa. Esta creencia se convierte en una fuerza poderosa, haciendo difícil que una mujer vea su propio sufrimiento como algo contra lo que se deba luchar.
Más allá de lo que aprendieron en la infancia, las mujeres describieron una red de creencias que las mantenía atrapadas. Muchas sentían que denunciar la violencia a la policía o buscar ayuda traería vergüenza a sus familias. Temían que, si hablaban, sus esposos se volvieran más violentos, o que sus propios padres se vieran obligados a intervenir de maneras que pudieran conducir a una tragedia aún mayor. Algunas mujeres creían que la ira de sus esposos estaba justificada si no habían cocinado una comida perfectamente, si habían discutido o si habían salido de casa sin permiso. Estas ideas no eran solo pensamientos personales; eran reforzadas por la comunidad en general. Los parientes políticos, particularmente las suegras, a menudo se ponían del lado del esposo, culpando a la esposa o alentándolo a ser estricto. En un relato, una mujer describió cómo su suegra, viviendo lejos, interfería constantemente en su matrimonio, diciéndole a su esposo que se divorciara de ella y creando una tensión que alimentaba la violencia.
El entorno del campo de refugiados también desempeñó un papel significativo en dificultar la huida. Las mujeres explicaron que sentían que tenían muy pocos recursos a los cuales recurrir para obtener apoyo emocional. Una participante señaló que en el campamento "no hay nadie con quien compartir los problemas de la vida", mientras que otras expresaron el deseo de tener un tribunal o un lugar para desahogar sus sentimientos, sugiriendo una brecha en los servicios de apoyo accesibles. Para muchas, la barrera del idioma era un muro; no podían hablar bien el idioma local para pedir ayuda o entender sus derechos. El campamento estaba hacinado, con familias viviendo en espacios reducidos, lo que significaba que la privacidad era escasa y el estrés de la vida diaria era siempre alto. La adicción fue otro factor importante; la disponibilidad fácil de drogas y opio en la zona contribuía a arrebatos impredecibles y violentos. Cuando un esposo estaba bajo la influencia, la violencia podía escalar rápidamente, y las mujeres se sentían impotentes para detenerla. También señalaron que la falta de un marco legal sólido para protegerlas las hacía sentir invisibles. Aunque existían leyes para proteger a las mujeres, ellas no las conocían, o no creían que las leyes se aplicaran a su favor.
Los investigadores descubrieron que la capacidad de las mujeres para resistir la violencia era a menudo aplastada por una falta de confianza en sí mismas. Muchas sentían que no tenían control sobre sus vidas. Creían que su destino estaba sellado, que estaban destinadas a sufrir, o que su única opción era soportar el dolor en silencio. Este sentimiento de impotencia no era solo una debilidad personal; era el resultado de años de haberles dicho que sus opiniones no importaban y que su papel era someterse. Sin embargo, el estudio también reveló pequeños momentos de cambio. Algunas mujeres mencionaron que cuando empezaron a trabajar o ganaron un poco de independencia financiera, se sintieron más seguras. Comenzaron a alzar la voz y, en algunos casos, la violencia disminuyó. Esto sugirió que dar voz a las mujeres y una forma de sustentarse podía ser una herramienta poderosa contra el abuso.
El estudio concluyó que la violencia en esta comunidad no es simplemente un asunto de individuos malos, sino un sistema complejo donde la cultura, la pobreza y el miedo trabajan juntos para mantener a las mujeres atrapadas. Los investigadores enfatizaron que para detener este ciclo, las intervenciones deben abordar las tres capas. No basta con enseñar a las mujeres sobre sus derechos; también necesitan acceso a espacios seguros, protección legal y oportunidades económicas. Los líderes comunitarios, incluidos líderes religiosos y ancianos, deben ser parte de la solución, ayudando a cambiar las normas que justifican la violencia. Los hallazgos sugieren que sin un esfuerzo coordinado para cambiar el entorno y las creencias que lo sustentan, la violencia continuará. Las mujeres en Torbat Jam no son solo víctimas de las circunstancias; son sobrevivientes que navegan un paisaje donde las reglas están en su contra, y sus historias ofrecen un camino claro sobre cómo construir un futuro más seguro.
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