Communication and capacity in outbreak response: vaccination outreach to ultra-Orthodox communities during Israel's 2025 to 2026 measles outbreak: a mixed-methods study
Este estudio de métodos mixtos sobre el brote de sarampión de 2025–2026 en las comunidades ultraortodoxas de Israel concluye que, si bien el compromiso rabínico y los mensajes mediáticos fueron efectivos cuando se activaron, la principal barrera para la vacunación fue la falta de acceso físico sostenido e infraestructura de alcance comunitario más que la resistencia de la comunidad.
Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo
Cuando una enfermedad contagiosa como el sarampión entra en una comunidad, la velocidad con la que se propaga depende menos del virus en sí y más de las personas con las que este encuentra contacto. Si un gran número de personas en un vecindario han sido vacunadas, el virus choca contra un muro y muere. Pero si muchas personas permanecen sin vacunar, el virus encuentra un camino a través de ellas, infectando a los vulnerables y provocando un brote. Los funcionarios de salud pública suelen enfrentarse a dos preguntas principales cuando esto sucede: ¿la gente rechaza la vacuna porque no cree en ella, o simplemente no puede llegar a una clínica debido a cuestiones logísticas, como largas filas, horarios complicados o la falta de médicos cercanos? En Israel, una comunidad religiosa específica conocida como ultraortodoxa ha enfrentado históricamente tasas más altas de infección por sarampión. Durante años, la suposición era que su cultura estrechamente vinculada y su liderazgo religioso podrían estar creando una barrera de creencia contra la vacunación. Sin embargo, un nuevo estudio sugiere que el problema podría ser mucho más práctico que eso.
Investigadores de la Universidad de Tel Aviv se propusseron investigar el masivo brote de sarampión que azotó a Israel entre 2025 y 2026. El brote comenzó con un único caso importado en abril de 2025 y creció rápidamente, infectando finalmente a más de 3,600 personas y causando 17 muertes, la mayoría de ellos niños pequeños en vecindarios ultraortodoxos. El equipo quería entender por qué la enfermedad se propagó tanto en esta población específica. Examinaron dos explicaciones contrapuestas. Una teoría era que la comunidad rechazaba la vacuna debido a razones religiosas o culturales. La otra teoría era que el sistema de salud simplemente no había proporcionado suficientes lugares y horarios convenientes para que las familias se vacunaran. Para encontrar la respuesta, los investigadores no solo observaron números; leyeron miles de artículos de noticias, comunicados de prensa gubernamentales y registros oficiales para ver qué estaba sucediendo realmente sobre el terreno.
El estudio comenzó examinando la conversación dentro de la comunidad ultraortodoxa. Los investigadores recopilaron 169 elementos de noticias de siete de los principales medios de comunicación ultraortodoxos, que iban desde sitios web hasta agencias de noticias, cubriendo el período antes, durante y después del brote. Buscaban signos de sentimiento antivacunas. Lo que encontraron fue sorprendente. En los meses previos al brote, estos medios de comunicación fueron casi completamente silenciosos sobre el tema del sarampión. Pero una vez que comenzó el brote, el tono cambió. Los medios no amplificaron mensajes que rechazaran la vacuna. En cambio, informaron sobre la enfermedad como una amenaza seria para la comunidad. Cuando los líderes religiosos hablaban, eran abrumadoramente favorables a la vacunación. Los investigadores descubrieron que cuando un rabino o un líder comunitario hablaba, era claro: vacunarse era un deber para proteger la vida. Los medios no actuaron como una barrera; de hecho, estaban dispuestos a transmitir un mensaje de protección si se les daba uno.
Aunque los medios estaban dispuestos a ayudar, la capacidad física para vacunarse era una historia diferente. Los investigadores rastrearon cada cambio en la capacidad del sistema de salud para suministrar vacunas. Buscaron nuevas clínicas, horarios de apertura extendidos y unidades móviles que pudieran ir directamente a los vecindarios. Descubrieron que cuando el gobierno sí realizaba estos cambios —como abrir clínicas tarde por la noche, permitir que la gente asistiera sin cita previa o enviar unidades móviles a áreas específicas— las tasas de vacunación aumentaban rápidamente. En Jerusalén y Beit Shemesh, dos centros importantes del brote, el porcentaje de niños pequeños que recibieron su primera dosis de la vacuna aumentó significativamente en pocas semanas tras estos cambios. Esto demostró que cuando el acceso se facilitaba, las familias estaban ansiosas por aprovecharlo.
Sin embargo, el estudio también descubrió una desconexión crítica entre lo que el gobierno decía y lo que realmente proporcionaba. Hubo momentos en los que el gobierno emitió muchos comunicados de prensa instando a la gente a vacunarse, pero el número real de clínicas disponibles o los horarios de apertura no aumentaron. De hecho, durante cinco meses en el punto álgido del brote, la lista oficial en línea de dónde vacunarse no se actualizó en absoluto. Las familias estaban siendo instruidas para ir a clínicas que podrían no haber estado abiertas o que podrían no haber tenido la vacuna en existencia. Los investigadores también descubrieron que el Ministerio de Salud había dejado vencer un contrato vigente de alcance comunitario dos años antes del brote. Este contrato anteriormente financiaba a un equipo dedicado a trabajar con la comunidad ultraortodoxa. Cuando comenzó el brote, el gobierno tuvo que apresurarse a contratar grupos pequeños y temporales para realizar el mismo trabajo, en lugar de confiar en un equipo permanente y experimentado.
La evidencia apunta a una conclusión clara: el principal obstáculo no fue un rechazo a creer en la vacuna, sino un fallo en proporcionar los medios para obtenerla. El estudio descarta explícitamente la idea de que la comunidad fuera hostil a la vacunación. Los medios fueron receptivos, los líderes religiosos fueron solidarios y las familias respondieron positivamente cuando la logística se solucionó. El problema fue de capacidad y planificación. El sistema de salud tenía las herramientas para detener la propagación —unidades móviles, horarios extendidos y asociaciones comunitarias— pero no las mantuvo de manera constante. Los investigadores señalaron que la comunicación del gobierno a menudo avanzaba más rápido que su capacidad de entregar la vacuna, creando un vacío donde se le decía a la gente que se vacunara pero no tenían a dónde ir.
Esta investigación ofrece una lección específica para futuros brotes. Sugiere que combatir la reticencia a las vacunas en comunidades estrechamente vinculadas requiere más que un buen mensaje. Requiere una infraestructura confiable que esté lista antes de que ocurra una crisis. El estudio encontró que cuando el gobierno invirtió en el acceso físico —asegurándose de que las clínicas estuvieran abiertas cuando la gente pudiera ir y que la información sobre a dónde ir fuera precisa— las tasas de vacunación se dispararon. Las medidas más efectivas no fueron nuevas leyes o nuevos discursos, sino soluciones prácticas como horarios nocturnos y citas sin cita previa. Los investigadores argumentan que el sistema de salud debe tratar estas conexiones comunitarias como infraestructura permanente, no como medidas de emergencia para ensamblar solo cuando aparece una enfermedad. Al mantener abiertos los canales de comunicación y las clínicas accesibles durante todo el año, el sistema puede proteger a las personas más vulnerables antes de que un virus tenga siquiera la oportunidad de propagarse.
¿Ahogado en artículos de tu campo?
Recibe resúmenes diarios de los artículos más novedosos que coincidan con tus palabras clave de investigación — con resúmenes técnicos, en tu idioma.