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Does Fiction Come Naturally? Rethinking Fictional Storytelling across Human Societies

Este artículo sostiene que la ficcionalidad es una convención culturalmente contingente en lugar de un universal humano, demostrando, mediante evidencia etnográfica e histórica, que el reconocimiento de las narrativas como inventadas depende de condiciones sociales específicas y sistemas simbólicos compartidos, en lugar de ser un predeterminado interpretativo innato.

Autores originales: Ze Hong

Publicado 2026-10-06
📖 6 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Ze Hong

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Los humanos somos una especie narradora. Desde las primeras hogueras hasta los últimos servicios de streaming, siempre hemos compartido relatos de eventos, personas y causas. Los biólogos evolutivos y los psicólogos se han preguntado durante mucho tiempo por qué dedicamos tanto tiempo a historias que sabemos que no son ciertas. Si nuestros antepasados necesitaban sobrevivir, deberían haberse centrado en los hechos: dónde está el agua, qué plantas son venenosas o en quién se puede confiar. Sin embargo, parece que tenemos un hambre profunda y universal por la ficción. Muchos científicos han asumido que la capacidad de contar y disfrutar de historias inventadas es una parte integrada en nuestra naturaleza, una herramienta mental que todos poseemos desde el nacimiento que nos ayuda a practicar habilidades sociales o a imaginar mundos diferentes.

Esta suposición se basa en la idea de que la ficcionalidad —el acuerdo mutuo entre un narrador y un oyente de que una historia es inventada y no un reporte de eventos reales— es un valor por defecto natural. Es la creencia de que cuando escuchamos una historia sobre un animal que habla o un barco volador, nuestros cerebros cambian instantáneamente a un modo de "fantasía", dejando de lado la pregunta de si realmente sucedió. Pero, ¿y si este cambio no es algo con lo que nacemos? ¿Y si, durante la mayor parte de la historia humana, el concepto mismo de que una historia es "solo una historia" no existía?

Un nuevo artículo de Ze Hong, de la Universidad de Macao, desafía la idea de que la ficción sea un rasgo universal humano. El autor argumenta que tratar una narrativa como ficción no es un instinto natural, sino una habilidad cultural aprendida, que solo se volvió común en los últimos cientos de años. Al observar cómo las personas en sociedades pequeñas y tradicionales cuentan historias, y al examinar la historia de la literatura en la antigua China, Grecia y Europa, el artículo sugiere que, durante la mayor parte de nuestro pasado evolutivo, cada historia era tratada como un reporte potencial de la verdad. El contrato de "hacer de cuenta" es un invento reciente, no uno antiguo.

La investigación comienza analizando cómo nuestras mentes procesan la información de forma natural. Cuando escuchamos a alguien hablar, nuestro primer trabajo es decidir si dice la verdad. Nos preguntamos: ¿Es esta fuente confiable? ¿Es este evento posible? Esto es un mecanismo de supervivencia. Si creyéramos todo lo que escuchamos, seríamos fácilmente engañados. Si dudáramos de todo, perderíamos información vital. El autor señala que esta postura de evaluación de la verdad es el estado por defecto. Incluso cuando dudamos de una historia, seguimos preguntando: "¿Es esto verdad o es una mentira?". No estamos preguntando todavía: "¿Es esto un juego?". Tratar una historia como ficción requiere un acuerdo especial y compartido para dejar de preguntar sobre la verdad por completo. El artículo sugiere que, sin un entrenamiento cultural específico, nuestros cerebros no dan este salto por sí solos.

El autor analiza entonces el contenido de las historias para ver si los elementos fantásticos, como la magia o los monstruos, señalan automáticamente que una historia es falsa. En el Occidente moderno, a menudo asumimos que si una historia contiene algo imposible, debe ser ficción. Sin embargo, el artículo muestra que en muchas sociedades tradicionales, la línea entre lo posible y lo imposible se traza de manera muy diferente. En culturas donde la gente cree en espíritus, metamorfosis o causas mágicas para eventos naturales, una historia sobre un animal que habla no es vista como algo imposible. Se ve como el reporte de algo que podría suceder. Debido a que la audiencia no ve estos eventos como imposibles, no pueden usar ellos como una señal para cambiar al modo de "hacer de cuenta". La historia sigue siendo un reporte de la realidad, incluso si esa realidad incluye magia.

Para probar estas ideas, el artículo revisa una vasta cantidad de evidencia de la antropología y la historia. En las sociedades tradicionales y de pequeña escala, los investigadores encontraron que las personas rara vez distinguen entre mitos, leyendas y relatos factuales. En algunos grupos, no existe la palabra para "ficción". Cuando personas ajenas mostraron películas como Star Trek o El libro de la selva a personas de estas sociedades, la reacción no fue de diversión ante una fantasía, sino de confusión o indignación moral. Los espectadores no vieron una historia inventada; vieron una mentira. Creían que los eventos eran reales, y si el narrador afirmaba que no lo eran, el narrador era acusado de engaño. En estas culturas, las historias casi siempre se presentan como cosas que fueron escuchadas de alguien más, transmitidas por los ancestros o presenciadas por una fuente confiable. El valor de una historia reside en su conexión con el pasado y su verdad, no en su originalidad o su invención.

El artículo también rastrea el lento y difícil nacimiento de la ficción en las sociedades alfabetizadas. En la antigua China, las historias sobre fantasmas y criaturas extrañas se escribían como registros de eventos reales, recopilados para preservar la historia, no para entretener con mentiras. Los autores se sentían obligados a proporcionar fuentes y fechas para probar que sus relatos eran ciertos. Del mismo modo, en la antigua Grecia, las historias sobre dioses y héroes eran tratadas como relatos de un pasado real, aunque distante. Incluso cuando los filósofos debatían los detalles de estos mitos, estaban discutiendo sobre qué fue lo que realmente sucedió, no sobre qué era divertido imaginar. No fue sino hasta el auge del capitalismo de imprenta, la difusión de la ciencia secular y el desarrollo de reglas literarias específicas en la Europa de la era moderna temprana que la ficción comenzó a estabilizarse como una categoría distinta. Solo entonces los lectores aprendieron a aceptar una historia como un juego "inventado", un espacio donde las reglas de la verdad se suspendían temporalmente por consentimiento mutuo.

Los hallazgos sugieren que nuestro amor moderno por la ficción no es un producto directo de la evolución, sino un subproducto de otras herramientas mentales. Tenemos cerebros diseñados para rastrear información social, comprender la causa y el efecto, e imaginar las mentes de otros. En el mundo moderno, hemos aprendido a aplicar estas herramientas a historias inventadas. Pero durante la mayor parte de la historia humana, esas mismas herramientas se usaban para comprender el mundo real. El artículo concluye que la ficcionalidad es un logro cultural, un acuerdo social complejo que tomó miles de años desarrollar. No es un rasgo humano universal esperando ser descubierto, sino una forma específica de pensar que requiere que una sociedad la enseñe. Esto cambia nuestra comprensión de la mente humana: no somos narradores naturales de ficción, sino que somos narradores naturales de la verdad, y la ficción es una extensión sofisticada y aprendida de esa capacidad.

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