Latent Profiles of Nonsuicidal Self-Injury Functions and Severity Among Korean Adolescents: Associations With Social Exposure and Cognitive Functioning
Este estudio de 384 adolescentes coreanos con autolesión no suicida (ALNS) identificó cuatro perfiles latentes distintos basados en la función y la gravedad, revelando que una mayor exposición a los medios, factores interpersonales específicos y vulnerabilidades cognitivas como los pensamientos automáticos negativos diferencian significativamente a estos grupos.
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La adolescencia es una época de intensa meteorología emocional, donde los sentimientos pueden surgir con una fuerza que parece imposible de manejar. Para algunos adolescentes, esta tormenta interna conduce a un comportamiento conocido como autolesión no suicida. Esto no es un intento de acabar con la propia vida, sino más bien un acto deliberado de lastimar el propio cuerpo, como cortarse o quemarse, para lidiar con un dolor abrumador. Los científicos han comprendido durante mucho tiempo que este comportamiento sirve propósitos diferentes para distintas personas. Para algunos, es una forma de calmar una mente caótica o detener una sensación de entumecimiento; para otros, es una forma de llegar a los amigos o señalar su angustia al mundo. Además, el comportamiento en sí varía enormemente en cuanto a la frecuencia con la que ocurre y la gravedad de las lesiones. Debido a que estas motivaciones y la intensidad de los actos difieren tanto, los investigadores han comenzado a preguntarse si los adolescentes que se lastiman son en realidad un grupo único, o si pertenecen a categorías distintas que requieren diferentes tipos de ayuda.
Un equipo de investigadores en Corea del Sur se propuso mapear estas diferencias entre 384 adolescentes que habían realizado autolesiones en el último año. No se limitaron a preguntar cuántas veces se había lastimado un adolescente o por qué; en su lugar, analizaron el panorama completo, combinando las razones del comportamiento con su gravedad. Al analizar los datos de estos adolescentes, los investigadores identificaron cuatro grupos distintos, o perfiles, que revelaron una sorprendente variedad en cómo los jóvenes experimentan y expresan este dolor.
El primer grupo, que representó aproximadamente un tercio de los participantes, se caracterizó por una baja gravedad y una mezcla de bajas motivaciones. Estos adolescentes se autolesionaban con menos frecuencia y con menos intensidad que los demás, y sus razones para hacerlo no estaban fuertemente ligadas a ninguna necesidad emocional específica. En contraste, un segundo grupo, que también comprendía aproximadamente un tercio de la muestra, destacó por la intensidad de su lucha interna. Estos adolescentes reportaron los niveles más altos de gravedad en sus autolesiones, y su motivación principal fue regular sus propias emociones. Utilizaban el comportamiento para escapar de sentimientos negativos abrumadores o para castigarse a sí mismos, lo que sugiere que sus acciones estaban impulsadas casi por completo por una necesidad interna de gestionar su propio estado psicológico.
Un tercer grupo, que representaba el 28 por ciento de los participantes, mostró un patrón más equilibrado. Estos adolescentes realizaban autolesiones con una frecuencia y gravedad moderadas, y sus motivaciones eran una mezcla tanto de necesidades internas como de deseos sociales. No se inclinaban fuertemente hacia un extremo u otro, sino que mostraban un patrón difuso de razones para su comportamiento. El grupo final era el más pequeño, conformando solo un 6 por ciento de la muestra, pero era el más distinto en su enfoque social. Estos adolescentes mostraban niveles moderados de gravedad de autolesión, pero sus motivaciones estaban fuertemente orientadas hacia los demás. Se veían impulsados por un fuerte deseo de pertenecer, de comunicarse con sus pares o de influir en su entorno social, lo que los distinguía marcadamente del grupo impulsado por la regulación emocional interna.
Los investigadores analizaron entonces qué factores podrían explicar por qué un adolescente caía en uno de estos grupos específicos. Encontraron que la exposición a la autolesión a través de los medios de comunicación era un predictor poderoso. Los adolescentes que habían visto más contenido relacionado con la autolesión en redes sociales, en películas o en la música, tenían una probabilidad significativamente mayor de pertenecer a cualquiera de los tres grupos más activos en comparación con el grupo de baja gravedad. Esto sugiere que ver estos comportamientos en los medios puede hacer que parezcan una forma de afrontamiento más accesible o comprensible. La exposición interpersonal, o conocer amigos que se autolesionan, también desempeñó un papel, pero distinguió a grupos específicos en lugar de a todos ellos. Por ejemplo, conocer a compañeros que se autolesionaban estaba más fuertemente vinculado al grupo impulsado por las necesidades emocionales internas y al grupo impulsado por la pertenencia social.
El estudio también examinó los hábitos mentales de estos diferentes grupos, específicamente analizando los pensamientos que pasan por sus mentes y cómo resuelven problemas. El grupo con la menor gravedad y menor motivación mostró los patrones de pensamiento más adaptativos. Reportaron tener más pensamientos automáticos positivos y eran mejores resolviendo problemas sociales. En marcado contraste, el grupo impulsado por intensas necesidades emocionales internas mostró el perfil cognitivo más difícil. Reportaron los niveles más altos de pensamientos negativos, tales como sentimientos de desesperanza o una autoimagen negativa, y tuvieron mayores dificultades para encontrar soluciones efectivas a sus problemas. Esto sugiere que los adolescentes que se lastiman de manera más severa y por razones internas son también aquellos que cargan con las cargas cognitivas más pesadas.
Estos hallazgos desafían la idea de que todos los adolescentes que se autolesionan son iguales. En su lugar, la investigación sugiere que el comportamiento es un fenómeno complejo con diferentes rostros. Algunos adolescentes están impulsados por una necesidad desesperada de calmar sus propias tormentas internas, mientras que otros están motivados por una necesidad de conectar o comunicarse con su mundo social. La gravedad del comportamiento no es solo una cuestión de cuánto dolor se inflige, sino que está profundamente ligada a estas motivaciones subyacentes y a los entornos cognitivos y sociales en los que viven los adolescentes. El estudio indica que entender por qué un adolescente se lastima, y qué tan grave es el comportamiento, es tan importante como saber que está sucediendo. Esta distinción es importante porque implica que un enfoque único de tratamiento puede no funcionar para todos. Aquellos impulsados por el dolor emocional interno pueden necesitar ayuda para aprender a regular sus sentimientos y desafiar sus pensamientos negativos, mientras que aquellos impulsados por factores sociales podrían beneficiarse de intervenciones centradas en la comunicación y la construcción de relaciones saludables.
Los investigadores señalaron que su estudio fue una instantánea en el tiempo, por lo que no pudieron probar que la exposición a los medios o los pensamientos específicos causaran la formación de los diferentes perfiles. También excluyeron a los adolescentes con intención suicida, lo que significa que los hallazgos se aplican específicamente a aquellos cuya autolesión no es un intento de acabar con sus vidas. A pesar de estas limitaciones, el estudio proporciona un mapa más claro del panorama de la autolesión en la adolescencia. Muestra que detrás del comportamiento existen historias distintas de lucha emocional, conexión social y patrones cognitivos. Al reconocer estos diferentes perfiles, los clínicos y los cuidadores pueden ir más allá de un enfoque de "talla única" y ofrecer apoyo que esté adaptado a las necesidades y motivaciones específicas de cada adolescente.
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