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Self-harm and suicidality in young people with obsessive-compulsive and related disorders and chronic tic disorders

Este estudio revela que la autolesión y la suicidalidad son altamente prevalentes entre adolescentes con trastornos obsesivo-compulsivos y relacionados, y trastornos de tics crónicos, siendo el trastorno dismórfico corporal el que representa el grupo de mayor riesgo, mientras que el tratamiento multimodal reduce significativamente estos riesgos en pacientes con trastorno obsesivo-compulsivo y trastorno dismórfico corporal.

Autores originales: Daniel Rautio, Georgina Krebs, Frida Wickberg, Lorena Fernández Cruz, David Mataix-Cols

Publicado 2026-10-15
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Autores originales: Daniel Rautio, Georgina Krebs, Frida Wickberg, Lorena Fernández Cruz, David Mataix-Cols

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

En el panorama de la salud mental adolescente, existe un grupo específico de afecciones que a menudo pasan desapercibidas para el ojo público, a pesar de que pueden ser profundamente angustiantes para quienes las padecen. Se trata de trastornos en los que la mente se queda atrapada en bucles de preocupación, comportamientos repetitivos o pensamientos intrusivos sobre la apariencia, junto con condiciones en las que el cuerpo se sacude o tiene espasmos involuntarios. Si bien estos trastornos son bien conocidos por los clínicos, una pregunta crítica ha permanecido prácticamente sin respuesta: ¿con qué frecuencia los jóvenes que luchan con estos diagnósticos específicos también luchan con pensamientos de acabar con sus vidas o de hacerse daño a sí mismos? Comprender esta conexión es vital porque la autolesión es una fuerte señal de advertencia de que alguien podría estar en peligro inmediato. Si sabemos qué condiciones de estas conllevan la carga más pesada de tales pensamientos, podemos ofrecer un apoyo mejor y más dirigido a los adolescentes que más lo necesitan.

Un equipo de investigadores de una clínica especializada en Estocolmo, Suecia, se propuso mapear este terreno peligroso. Recopilaron datos de 699 jóvenes, de entre 12 y 17 años, que habían sido remitidos para tratamiento. Estos adolescentes se dividieron en cuatro grupos principales según su diagnóstico primario: aquellos con trastorno obsesivo-compulsivo, donde los pensamientos no deseados y los rituales toman el control; aquellos con trastorno dismórfico corporal, una condición en la que una persona está consumida por un defecto percibido en su apariencia; aquellos con comportamientos repetitivos centrados en el cuerpo, como arrancarse el cabello o pellizcarse la piel; y aquellos con síndrome de Tourette o trastornos de tics crónicos. Los investigadores no solo observaron las cifras una vez; siguieron a los jóvenes que recibieron tratamiento, realizando un seguimiento tras sus sesiones de terapia para ver si la angustia se había aliviado. Preguntaron directamente si los adolescentes se habían hecho daño alguna vez sin intención de morir, si alguna vez habían pensado en el suicidio y si alguna vez habían intentado acabar con sus vidas.

La imagen que surgió fue desoladora. Las autolesiones y los pensamientos suicidases no eran sucesos raros; eran comunes en todos los grupos. En el grupo con trastorno dismórfico corporal, tres de cada cuatro adolescentes informaron haber experimentado alguna forma de comportamiento de autolesión o suicida. Este grupo destacó como el más vulnerable. Cuando los investigadores los compararon con el grupo con trastorno obsesivo-compulsivo, encontraron que los adolescentes con trastorno dismórfico corporal tenían el doble de probabilidades de tener antecedentes de autolesión y más del doble de probabilidades de haber tenido pensamientos suicidas. La brecha fue aún mayor al observar los intentos de suicidio: los jóvenes con trastorno dismórfico corporal tenían casi cinco veces más probabilidades de haber intentado quitarse la vida en el pasado en comparación con sus pares con trastorno obsesivo-compulsivo. Esta diferencia se mantuvo incluso después de que los investigadores tuvieran en cuenta la edad, el género y la gravedad de los síntomas, lo que sugiere que la intensa vergüenza y la ansiedad específicas del trastorno dismórfico corporal podrían impulsar este riesgo de forma independiente de otros factores.

Los otros grupos contaban historias diferentes. Los adolescentes con comportamientos repetitivos centrados en el cuerpo, como arrancarse el cabello, mostraron tasas de autolesión y pensamientos suicidas similares al grupo obsesivo-compulsivo. Sin embargo, el grupo con síndrome de Tourette y trastornos de tics crónicos parecía tener un menor riesgo. De hecho, tenían aproximadamente la mitad de probabilidades de haber pensado en el suicidio en comparación con el grupo obsesivo-compulsivo. Este fue un hallazgo notable debido a que este grupo tenía más niños y niños más pequeños, datos demográficos que suelen correlacionarse con menores riesgos para estos comportamientos. A pesar de ser el grupo "más seguro" del estudio, los investigadores señalaron que uno de cada siete todavía tenía antecedentes de autolesión y uno de cada cuatro había experimentado pensamientos suicidas, lo que indica que ningún grupo estaba totalmente libre de riesgo.

El estudio también ofreció un mensaje de esperanza respecto al tratamiento. La mayoría de los adolescentes recibieron una combinación de terapia y, cuando era necesario, medicación. Los investigadores rastrearon si los pensamientos de autolesión y suicidio disminuían a medida que los jóvenes mejoraban. Para los grupos con trastorno obsesivo-compulsivo y trastorno dismórfico corporal, los resultados fueron alentadores. Después del tratamiento, las probabilidades de que un adolescente tuviera pensamientos actuales de autolesión o suicidio disminuyeron aproximadamente un sesenta por ciento. Esto sugiere que tratar el trastorno subyacente de manera efectiva también puede calmar los pensamientos más peligrosos. Sin embargo, los datos para los otros dos grupos fueron demasiado escasos para calcular mejoras similares, simplemente porque muy pocas personas en esos grupos informaron de estos comportamientos al inicio. Incluso con esta mejora, los investigadores señalaron que los pensamientos suicidas no desaparecían por completo; en el grupo de dismorfia corporal, aproximadamente uno de cada cinco adolescentes seguía informando de tener estos pensamientos después del tratamiento.

La conclusión de este trabajo es que, si bien estas condiciones varían en cómo afectan a la mente, el riesgo de autolesión y suicidio es un desafío compartido que requiere atención constante. El trastorno dismórfico corporal surgió como una condición de alto riesgo, con una carga de comportamiento suicida que va más allá de lo que se ve en otros trastornos similares. El estudio confirma que el tratamiento basado en la evidencia puede reducir significamente estos riesgos, ofreciendo un camino a seguir para muchos. No obstante, debido a que estos pensamientos pueden persistir incluso cuando otros síntomas mejoran, los investigadores concluyen que los médicos y las familias deben permanecer vigilantes. Las revisiones regulares sobre el riesgo de suicidio deben ser una parte estándar del cuidado para cualquier adolescente que navegue por estas difíciles condiciones, asegurando que los más vulnerables nunca se queden sin una red de seguridad.

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