I would rather see more bullshit*
Este artículo sostiene que mientras los políticos estadounidenses históricamente preferían la "tontería" (declaraciones evasivas o engañosas) por encima de las mentiras descaradas para evitar ser detectados, el panorama político posterior a 2016 se ha desplazado hacia las falsedades flagrantes, lo que sugiere que el uso tradicional de la tontería refleja en realidad una preocupación estratégica e instrumental por la verdad más que un desprecio hacia ella.
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En el desordenado escenario de la vida pública, las palabras son las herramientas primordiales que los políticos utilizan para moldear la realidad. Durante décadas, una idea prevaleciente sugería que cuando los líderes evitaban la verdad, lo hacían hablando en platitudes vagas y sin sentido en lugar de decir mentiras descaradas. Este concepto, a menudo llamado "bullshit" (tonterías o palabrería), se consideraba más peligroso que la mentira porque la persona que lo decía no se preocupaba en absoluto por la verdad, mientras que un mentiroso al menos reconoce que la verdad existe al intentar ocultarla. La pregunta que durante mucho tiempo ha desconcertado a los observadores es si esta antigua forma de hablar sigue siendo la norma, o si algo fundamental ha cambiado en la forma en que los líderes se comunican con el público. Comprender esta distinción es importante porque la forma en que una sociedad maneja la verdad determina si sus ciudadanos pueden ponerse de acuerdo en hechos básicos, un requisito para que cualquier democracia funcione.
Un investigador de la Universidad de Illinois Chicago ha examinado este cambio analizando de cerca la diferencia entre el discurso evasivo y sin sentido y la nueva ola de afirmaciones audaces y falsas que aparecen en la política estadounidense. El estudio sostiene que, durante mucho tiempo, los políticos tradicionales fueron en realidad bastante cuidadosos al decir mentiras directas, especialmente en entornos de alto perfil como los discursos televisados ante el Congreso. En su lugar, preferían utilizar una variedad de trucos para evitar la verdad sin mentir técnicamente. Estos trucos incluían dar respuestas que parecían relevantes pero que en realidad no abordaban la pregunta, usar un lenguaje vago que pudiera interpretarse de múltiples maneras, o hacer afirmaciones que eran técnicamente ciertas pero diseñadas para llevar al oyente a una conclusión falsa. El investigador llama a este comportamiento "bullshit", distinguiéndolo de una mentira, que es una afirmación que el hablante sabe que es falsa. El estudio sugiere que los políticos tradicionales evitaban mentir porque temían ser descubiertos; si una mentira podía ser fácilmente comprobada y demostrada como falsa por los medios de comunicación o los expertos, les costaría sus carreras. Por ello, utilizaban estas tácticas evasivas en su lugar, lo que les permitía engañar sin el mismo riesgo de ser señalados.
Sin embargo, el artículo identifica un cambio dramático que comenzó alrededor de 2016. Surgió un nuevo tipo de figura política que habla de manera diferente. Estos líderes, el autor los llama "trumpols", no rehúyen decir mentiras obvias ante audiencias masivas y televisadas. Hacen afirmaciones que pueden ser fácilmente verificadas y demostradas como falsas, como afirmar que una política específica nunca existió o que una elección fue amañada, incluso cuando la evidencia muestra lo contrario. El estudio encuentra que estos líderes no mienten porque sean indiferentes a la verdad de la manera en que sugería la vieja teoría. En cambio, mienten porque han descubierto que pueden salirse con la suya. Las instituciones que antes actuaban como barreras de contención —como los medios de comunicación, las universidades y los expertos médicos— han perdido la confianza de una gran parte de la población. Debido a que un número significativo de votantes ya no cree en estos verificadores de hechos, un político puede decirle una mentira flagrante a este grupo, y la mentira será aceptada como verdadera por sus seguidores. El miedo a ser penalizado por mentir ha desaparecido para este grupo, haciendo que la mentira directa sea una herramienta más efectiva que la antigua palabrería evasiva.
El autor concluye que este cambio es mucho más perjudicial para la democracia que el antiguo estilo de "bullshit" que fue alguna vez. Si bien el discurso vago y evasivo del pasado era molesto y deshonesto, al menos señalaba que el hablante temía ser atrapado en una mentira, lo que implicaba que todavía respetaba la idea de la verdad lo suficiente como para ocultarla. El nuevo estilo de mentira abierta, por el contrario, muestra un total desprecio por la realidad compartida. Crea una situación en la que dos grupos de personas pueden mirar el mismo evento y creer dos cosas completamente diferentes, sin un terreno común para el debate. El investigador sugiere que estaríamos mejor si los políticos volvieran a la antigua forma de hablar. La presencia de respuestas evasivas y sin sentido indicaría, al menos, que la cultura política todavía teme las consecuencias de mentir. La realidad actual, donde los líderes se sienten libres de transmitir falsedades obvias a millones de personas sin consecuencias, señala una ruptura más profunda en la confianza que mantiene unida a una sociedad. El estudio no afirma que esto sea un error temporal, sino más bien un cambio fundamental en el panorama político impulsado por la erosión de la confianza en las mismas instituciones que antes mantenían la verdad bajo control.
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