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People would rather pay more than fly less: implications for aviation decarbonisation

Un ensayo controlado aleatorizado multinacional revela que los pasajeros de aviación en Estados Unidos, Suiza y China prefieren consistentemente pagar precios de billetes más altos antes que reducir su frecuencia de vuelo, impulsados primordialmente por preocupaciones de equidad personal en lugar de una equidad a nivel de grupo, planteando así un desafío político significativo para las políticas de descarbonización de la restricción de la demanda.

Autores originales: Kristiina Joon, Courtney Leung, Susanne Hanger, Anthony Patt, Tim Tröndle, Nicoletta Brazzola

Publicado 2026-09-04
📖 8 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Kristiina Joon, Courtney Leung, Susanne Hanger, Anthony Patt, Tim Tröndle, Nicoletta Brazzola

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

El cielo se está llenando de aviones y, con ellos, una creciente contribución al calentamiento global. La aviación es uno de los sectores más difíciles de limpiar porque la tecnología para reemplazar el combustible de los aviones por electricidad o hidrógeno no está lista para un uso generalizado a mediados de siglo. Para alcanzar las metas climáticas, el mundo necesitará, ya sea hacer que volar sea significativamente más caro para financiar combustibles más limpios o pedir a la gente que vuele menos. Durante años, los responsables de la formulación de políticas han operado bajo una suposición esperanzadora: que los pasajeros están dispuestos a pagar un precio más alto por sus boletos para mantener los cielos verdes, en lugar de renunciar a sus viajes. Pero esta idea nunca ha sido probada rigurosamente frente a la alternativa de simplemente reducir los viajes. La cuestión no es solo económica, sino sobre la naturaleza humana y la equidad. Ante la elección entre abrir la billetera o cerrar la maleta, ¿qué elige la gente realmente, y importa quién paga la cuenta?

Un equipo de investigadores de instituciones de Suiza, el Reino Unido y Alemania se propuso responder a esto preguntando directamente a miles de personas. Realizaron un experimento a gran escala con 3,454 participantes de Estados Unidos, Suiza y China. El objetivo era ver cómo diferentes formas de distribuir el costo de la descarbonización afectarían la disposición de las personas a pagar más por un boleto frente a su disposición a volar menos veces. Los investigadores no solo pidieron un simple sí o no; presentaron cuatro escenarios distintos para cómo podría estructurarse una nueva tarifa o un nuevo límite a los vuelos. Un escenario aplicaba una tarifa plana a todos por igual. Otro cobraba según los ingresos de la persona. Un tercero se dirigía a los viajeros frecuentes con costos más altos, y un cuarto se centraba específicamente en los vuelos turísticos. También probaron lo opuesto: en lugar de cobrar dinero, propusieron límites a cuántos vuelos podía realizar una persona, utilizando los mismos cuatro patrones lógicos.

Los resultados revelaron una preferencia clara y consistente en los tres países. Cuando se les daba la opción, las personas mostraban una marcada mayor disposición a pagar dinero extra que a volar menos. En una escala que medía la disposición, la persona promedio expresaba una moderada preparación para pagar precios de boletos más altos, pero su disposición a reducir el número de vuelos que realizaba era significativamente menor. Esta brecha se mantuvo independientemente de cómo se enmarcara la política. Incluso cuando los investigadores intentaron hacer que las políticas parecieran más justas al dirigirse a los ricos o a los viajeros más frecuentes, el público en general no se mostró más entusiasta por reducir sus viajes. De hecho, ningún diseño único para limitar los vuelos logró elevar la disposición del público a cambiar su comportamiento por encima del nivel base de no hacer nada.

El estudio también descubrió un motor sorprendente detrás de estas decisiones. En muchas otras áreas de la política climática, la gente suele preocuparse profundamente por si una carga se comparte de manera justa en toda la sociedad. Aquí, sin embargo, el factor más poderoso fue la justicia personal. A la gente le importaba mucho más cómo le afectaba una política a ellos individualmente que cómo afectaba al grupo. Si un plan parecía que les costaría a ellos personalmente, lo rechazaban, incluso si parecía justo para todos los demás. Por ejemplo, los viajeros frecuentes y de negocios se opusieron firmemente a las políticas que los atacaban directamente, como las tarifas basadas en los ingresos o los límites en el número de vuelos. Preferían una tarifa uniforme que se aplicara a todos por igual, lo que distribuía el costo. Por el contrario, aquellos que volaban menos o no volaban en absoluto apoyaban más las políticas que se dirigían a los viajeros frecuentes.

Los investigadores encontraron que el único grupo dispuesto a romper este patrón de interés propio fueron aquellos con una profunda preocupación personal por el clima. Estos individuos mostraron una mayor disposición de base para reducir sus vuelos, independientemente del diseño específico de la política. Sin embargo, incluso para este grupo, la forma específica en que se enmarcaba una política no cambió significamente su comportamiento. El estudio sugiere que, si bien la gente es generalmente resistente a volar menos, es sorprendentemente abierta a pagar más, siempre que el costo se traslade de manera uniforme. Este hallazgo desafía la idea de que las tasas complejas y focalizadas o las cuotas estrictas de vuelo son la mejor manera de obtener el apoyo público para reducir las emisiones de la aviación. En cambio, el camino hacia la viabilidad política puede residir en aumentos de precios simples y uniformes que permitan al mercado absorber el costo de los combustibles más limpios, en lugar de intentar forzar una reducción en el número de viajes que la gente realiza.

El experimento fue diseñado para ser lo más realista posible sin ser un mandato del mundo real. Los participantes vieron escenarios hipotéticos donde tenían que imaginar una nueva tarifa en su boleto o un nuevo límite en sus viajes. Luego se les pidió que calificaran qué tan justa era la política para ellos personalmente y para la sociedad en su conjunto, y finalmente, qué tan dispuestos estaban a aceptarla. Los investigadores controlaron variables como los ingresos, la frecuencia con la que volaban y su preocupación general por el medio ambiente. Encontraron que el país de origen marcaba muy poca diferencia; las preferencias en los EE. UU., Suiza y China fueron notablemente similares. La única excepción fue una ligera diferencia en la disposición de base para cambiar el comportamiento, con los encuestados estadounidenses mostrando un poco más de apertura a reducir los vuelos que los de los otros dos países, pero el patrón general fue el mismo.

Uno de los aspectos más impactantes del estudio es lo que descartó. Los investigadores probaron si hacer que la política pareciera más "justa" para el grupo haría que la gente estuviera más dispuesta a aceptarla. Encontraron que no fue así. Una política que era percibida como muy justa para la sociedad en general no aumentó la disposición a volar menos si se sentía injusta para el individuo. Esto contradice la creencia común en la política climática de que enfatizar la justicia colectiva puede superar la resistencia personal. El estudio también encontró que la cantidad específica de emisiones que una política ahorraría no cambió la opinión de la gente. Ya fuera que un plan prometiera reducir las emisiones en un 15 por ciento o en un 45 por ciento, la disposición a pagar o a volar menos permaneció prácticamente igual. Esto sugiere que la reacción emocional y práctica a la política en sí es más importante que los detalles técnicos del beneficio ambiental.

Las implicaciones para el futuro de la aviación son significativas. La industria y los gobiernos han debatido durante mucho tiempo si deben centrarse en soluciones de oferta, como crear un combustible más limpio, o soluciones de demanda, como pedir a la gente que vuele menos. Esta investigación sugiere que intentar forzar una reducción en la demanda mediante límites estrictos o impuestos focalizados probablemente enfrentará una fuerte resistencia pública. La gente simplemente prefiere seguir volando y pagar el precio. El camino más viable políticamente parece ser un sistema donde el costo de la descarbonización se añada al precio del boleto para todos, en lugar de intentar limitar el número de vuelos o dirigirse a grupos específicos. Aunque este enfoque puede no satisfacer a todos, particularmente a quienes vuelan con frecuencia, se alinea con las preferencias reales del público. Ofrece una forma de financiar la transición hacia combustibles de aviación sostenibles sin desencadenar la reacción negativa que surge de pedir a la gente que renuncie a sus planes de viaje.

El estudio no afirma que esta sea la solución perfecta, sino que es la que la gente es más probable que acepte. Los investigadores señalaron que, si bien la gente está dispuesta a pagar más, su disposición no es ilimitada y está impulsada por un sentido de justicia personal. Si una política parece que los está castigando injustamente, incluso un pequeño aumento de costo podría convertirse en un factor determinante. Además, el estudio reconoce que, aunque la gente dice estar dispuesta a pagar más en una encuesta, el comportamiento en el mundo real puede ser diferente. Las personas podrían decir que están de acuerdo con precios más altos, pero cuando llegue la factura, podrían decidir quedarse en casa. Sin embargo, la consistencia de los resultados en tres países muy diferentes sugiere que esta preferencia por pagar en lugar de volar menos es una tendencia humana robusta, no solo una peculiaridad local.

En última instancia, la investigación dibuja la imagen de un público que es pragmático más que idealista respecto a la aviación. Entienden que los cielos necesitan estar más limpios, pero no están listos para sacrificar su movilidad para lograrlo. Están dispuestos a contribuir financieramente, pero quieren que las reglas sean simples y se apliquen por igual. Para los responsables de la formulación de políticas, el mensaje es claro: si el objetivo es descarbonizar la aviación sin perder el apoyo público, la estrategia debe centrarse en hacer que el costo de volar refleje su impacto ambiental, en lugar de intentar limitar el número de vuelos. El camino hacia un cielo más verde puede no ser a través de menos viajes, sino a través de un precio más justo.

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