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Perception of Self-Efficacy and Classroom Practices

Este estudio de métodos mixtos sobre docentes etíopes de inglés como lengua extranjera (EFL) en secundaria revela que, si bien reportan una alta autoeficacia en el compromiso de los estudiantes y la gestión del aula, existe una brecha significativa entre estas creencias y las prácticas reales en el aula, donde el compromiso de los estudiantes predice positivamente las prácticas de enseñanza, mientras que la gestión del aula muestra una débil relación negativa.

Autores originales: Shewa Baguko, Bekalu Atnafu, Bekalu Atnafu

Publicado 2026-08-25
📖 6 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Shewa Baguko, Bekalu Atnafu, Bekalu Atnafu

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

En el mundo de la educación, la creencia de un profesor en su propia capacidad para realizar su trabajo se considera a menudo el motor que impulsa un aula hacia adelante. Esta creencia, conocida como autoeficacia, no es solo sentirse seguro; es la convicción interna de que un profesor puede motivar a los estudiantes, mantener el orden en la sala y ayudar a que todos aprendan. Cuando un profesor se siente capaz, es más probable que pruebe nuevos métodos, persista ante los desafíos y cree un espacio donde los estudiantes quieran participar. Por el contrario, cuando un profesor duda de sus habilidades, el aula puede convertirse en un lugar de silencio y desconexión. Durante décadas, los investigadores han estudiado cómo estas creencias moldean lo que sucede en las escuelas, particularmente en lugares donde el inglés se enseña como lengua extranjera. La suposición ha sido durante mucho tiempo que si un profesor cree que puede involucrar a una clase y gestionar el comportamiento de manera efectiva, lo hará naturalmente. Pero en las escuelas secundarias de la región de Benishangul-Gumuz en Etiopía, un vistazo más cercano revela una realidad más complicada donde lo que los profesores dicen creer y lo que realmente hacen suelen estar a mundos de distancia.

Los investigadores Shewa Baguko y Bekalu Atnafu, de la Universidad de Educación de Kotebe, se propusieron investigar esta brecha en las escuelas secundarias de las zonas de Assosa y Metekel. Querían comprender la relación entre cómo los profesores de inglés percibían sus propias habilidades y cómo esas habilidades se manifestaban en las interacciones reales en el aula. Para obtener una imagen completa, no dependieron de un solo tipo de evidencia. En su lugar, recopilaron datos de 123 profesores a través de encuestas para medir sus niveles de confianza, y luego profundizaron mediante entrevistas a 16 de esos profesores y la observación de 18 clases diferentes en acción. Este enfoque les permitió comparar los números en una página con el comportamiento real de estudiantes y profesores en la sala.

Los resultados de la encuesta pintaron un panorama de alta confianza. Al preguntarles sobre su capacidad para involucrar a los estudiantes, los profesores informaron sentirse muy capaces. En una escala donde el punto medio representaba una postura neutral, las puntuaciones promedio de su confianza estuvieron muy por encima del promedio. Los profesores se sentían particularmente buenos fomentando la autoconfianza de los estudiantes, involucrando a grupos grandes de alumnos y manteniendo relaciones respetuosas. También expresaron una fuerte creencia en su capacidad para gestionar el aula, con puntuaciones altas en la planificación de lecciones, la asignación de tiempo y el establecimiento de sistemas de orden. En la encuesta, los profesores se describieron a sí mismos como profesionales capacitados que podían manejar las complejidades de la enseñanza del inglés, fomentar un entorno de apoyo y asegurar que los estudiantes se mantuvieran concentrados en la tarea.

Sin embargo, cuando los investigadores entraron en las aulas para observar a estos mismos profesores en acción, la historia cambió drásticamente. Las observaciones y las entrevistas revelaron una marcada desconexión entre la alta autopercepción de los profesores y la realidad de sus prácticas de enseñanza. En las aulas, el compromiso de los estudiantes era a menudo bajo. En lugar de una participación activa, muchos estudiantes se encontraban fuera de la tarea, hablando con amigos o simplemente sentados en silencio. En una clase observada, cuando un profesor hizo una pregunta sobre cómo pedir direcciones, casi toda la sala permaneció en silencio, con solo dos estudiantes intentando responder, e incluso ellos parecían vacilantes. En otros casos, se vio a estudiantes fuera del aula durante el tiempo de la lección, o deambulando por la sala, mientras el profesor continuaba su clase magistral sin abordar la interrupción.

Los propios profesores reconocieron esta lucha durante las entrevistas, atribuyendo a menudo la falta de compromiso a factores fuera de su control. Hablaron de clases numerosas, falta de apoyo administrativo y un declive general en el interés de los estudiantes durante la última década. Un profesor con veintidós años de experiencia señaló que, mientras que antes los estudiantes estaban dispuestos a participar en juegos de rol y discusiones, en los últimos años se había producido una caída en la motivación, lo que llevó a los profesores a volver a los métodos tradicionales centrados en el profesor, donde simplemente entregan información sin esperar mucha interacción. Otro profesor mencionó que los estudiantes necesitaban presión constante de padres y profesores solo para mostrar interés, y que la presión por producir resultados en los exámenes a menudo eclipsaba la calidad real de la enseñanza.

El análisis estadístico confirmó este desajuste. Si bien la encuesta mostró que los profesores creían ser buenos involucrando a los estudiantes, los datos demostraron que esta creencia no se traducía en mejores prácticas de enseñanza. De hecho, el estudio encontró que la confianza de los profesores en su capacidad para gestionar el aula tenía una relación débil e incluso negativa con qué tan bien enseñaban realmente. Esto sugiere que cuando los profesores se enfocan excesivamente en el control estricto o en las reglas administrativas, esto podría, de hecho, obstaculizar su capacidad para crear un entorno de aprendizaje interactivo. Los datos indicaron que el compromiso del estudiante era el predictor más fuerte de una buena práctica de enseñanza, pero la capacidad real de los profesores para fomentar ese compromiso era mucho menor de lo que su propia confianza sugería.

Los investigadores concluyeron que existe una brecha significativa entre lo que estos profesores creen que pueden hacer y lo que realmente están haciendo en el aula. Los profesores poseen el conocimiento teórico y la confianza para utilizar métodos de enseñanza modernos y centrados en el estudiante, pero no los aplican de manera efectiva. Esto no se debe a que carezcan del deseo de enseñar bien, sino porque enfrentan desafíos profundos como aulas hacinadas, falta de recursos y una cultura escolar que prioriza los puntajes de los exámenes sobre el aprendizaje activo. El estudio destaca que sentirse seguro no es suficiente; los profesores necesitan apoyo práctico y desarrollo profesional que les ayude a traducir sus creencias en acciones efectivas. Sin abordar las limitaciones ambientales y proporcionar estrategias para gestionar grupos grandes y desinteresados, la alta autoeficacia reportada por los profesores seguirá siendo una creencia en lugar de una realidad en el aula.

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