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Beyond royalties: a multidimensional equity framework for deep-seabed mining under the common heritage of humankind

Este artículo sostiene que lograr un reparto equitativo de los beneficios de la minería de los fondos marinos profundos bajo el patrimonio común de la humanidad requiere ir más allá de la simple distribución de ingresos hacia un marco institucional integral de seis etapas que integre la captura de valor, la protección ambiental y la rendición de cuentas pública a lo largo de todo el proceso de gobernanza.

Autores originales: Wanping Zeng

Publicado 2026-09-12
📖 5 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Wanping Zeng

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

En lo profundo del océano, mucho más allá de las fronteras de cualquier país, se encuentra una vasta extensión del lecho marino conocida como la Zona. Esta región posee minerales valiosos, pero bajo el derecho internacional, estos recursos no pertenecen a la nación que casualmente se encuentre más cerca de ellos. En cambio, son el patrimonio común de toda la humanidad. Esto significa que, si alguien llegara a extraer estos minerales, las ganancias y los beneficios deben repartirse de manera justa entre cada persona en la Tierra, no solo entre las empresas que realizan la excavación o los gobiernos que las patrocinan. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar estableció esta idea, creando una organización especial llamada Autoridad Internacional de los Fondos Marinos para actuar como su custodio. Durante años, el debate se ha centrado en una pregunta sencilla: ¿cuánto dinero deberían pagar las empresas mineras y cómo debería repartirse ese efectivo entre las naciones? Pero este enfoque estrecho pasa por alto un problema más profundo. Incluso si se recauda el dinero, no hay garantía de que este se convierta realmente en un beneficio para la gente. Podría perderse en costos administrativos, utilizarse para pagar daños ambientales o entregarse a través de sistemas que sean demasiado débiles para llegar a los destinatarios previstos.

Un nuevo estudio de Wanping Zeng, de la Universidad Marítima de Shanghái, va más allá de la simple matemática de las regalías para plantear una pregunta más fundamental: ¿cómo convertimos el valor de estos recursos de las profundidades marinas en un beneficio genuino y justo para la humanidad? El investigador examinó veinticuatro documentos legales, borradores de políticas e informes financieros de la Autoridad Internacional de los Fondos Marimares, que cubren el trabajo realizado entre 2018 y mediados de 2026. El análisis revela que el sistema actual está roto de una manera específica. Las reglas para recaudar dinero se están escribiendo en una habitación, mientras que las reglas para gastarlo se están discutiendo en otra, sin una conexión clara entre ambas. El estudio encuentra que el sistema trata los costos ambientales y las tarifas administrativas como si fueran el mismo tipo de dinero que las ganancias destinadas al público. También muestra que, si bien se habla mucho sobre quién recibe una parte, hay muy poco sobre cómo asegurar que las personas que deben recibirla puedan realmente influir en las decisiones o verificar que la ayuda llegó.

El hallazgo central del artículo es que la equidad no es solo una fórmula aplicada después de que llega el dinero; es una cualidad que debe integrarse en cada uno de los pasos del proceso, desde el momento en que una empresa comienza a excavar hasta el momento en que los beneficios llegan a una comunidad. La autora propone una cadena de seis etapas para solucionar esto. Primero, el valor del recurso debe capturarse mediante pagos. Segundo, estos pagos deben clasificarse en diferentes categorías legales para que el dinero destinado a la reparación ambiental nunca se mezcle con el dinero destinado al reparto público. Tercero, el dinero para reparar el daño ambiental debe estar blindado, lo que significa que está estrictamente protegido y no puede utilizarse para nada más. Cuarto, el dinero restante para el público debe dividirse utilizando un sistema que garantice una parte básica y pequeña para todos, otorgando al mismo tiempo un peso adicional a las naciones que son más pobres o vulnerables. Quinto, los beneficios deben entregarse no solo como efectivo, sino también como capacitación, tecnología y datos, siempre que estos sean adiciones reales y no simplemente cosas que las empresas ya estaban obligadas a hacer. Finalmente, todo el proceso debe estar abierto al escrutinio público, con registros claros que muestren exactamente a dónde fue cada dólar y si realmente ayudó a las personas.

El estudio también pone a prueba este nuevo marco frente a tres grandes desafíos del mundo real. Primero, analiza las reuniones recientes de la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, donde los líderes admitieron que aún no cuentan con un conjunto completo de reglas para compartir los beneficios, incluso mientras se preparan para permitir que comience la minería. El artículo sostiene que la minería no debería comenzar hasta que estas reglas estén en su lugar. Segundo, considera a los Estados Unidos, que se está moviendo para crear su propio sistema de vía rápida para la concesión de licencias de minería de profundidad fuera de la autoridad internacional. El análisis advierte que, si la minería ocurre fuera del sistema global, la cadena de equidad se rompe por completo y el patrimonio común de la humanidad se pierde ante el control unilateral. Tercero, compara la situación con un nuevo tratado sobre la biodiversidad marina, que separa con éxito el dinero de los beneficios no monetarios y los vincula con la creación de capacidad. Esto demuestra que un sistema mejor es posible, pero requiere un diseño cuidadoso en lugar de simplemente copiar una parte de la solución.

En última instancia, el artículo concluye que la idea del patrimonio común no se trata solo de repartir una olla de oro. Se trata de crear un sistema confiable donde el valor del fondo marino se convierta en mejoras reales y duraderas para las personas. Si las reglas permiten que los costos ambientales se cuenten como beneficios, o si el dinero desaparece en la burocracia, entonces el principio de compartir es vacío. La investigación sugiere que sin un proceso completo, transparente y responsable que conecte la recolección de valor con su entrega, el lecho marino profundo seguirá siendo un recurso que es legalmente propiedad de todos pero prácticamente controlado por unos pocos. El camino a seguir requiere construir un puente entre las reglas técnicas de la minería y la necesidad humana de justicia, asegurando que la riqueza de las profundidades del océano sirva a todo el mundo y no solo al beneficio neto de una corporación.

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