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Pluralising Urban Design Theory through Institutional Practice: Agonistic Design Infrastructure in Ankara, 2019–2024

Este artículo sostiene que pluralizar la teoría del diseño urbano requiere transformar la producción institucional del conocimiento de diseño legítimo, proponiendo un modelo de "infraestructura de diseño agonístico" derivado de un estudio realizado en Ankara entre 2019 y 2024 que revela tanto el potencial como las limitaciones de integrar a actores cívicos y académicos en los procesos de toma de decisiones.

Autores originales: Savaş Zafer Şahin

Publicado 2026-09-01
📖 7 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Savaş Zafer Şahin

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Las ciudades no son solo colecciones de edificios; son el resultado de innumerables decisiones sobre quién tiene derecho a hablar, qué cuenta como una buena idea y cómo esas ideas se convierten en realidad. Durante décadas, los expertos han debatido cómo diseñar mejores ciudades, argumentando a menudo sobre qué teorías son correctas. Pero una pregunta más profunda ha permanecido sin respuesta: ¿quién decide realmente cuáles son esas teorías? En el mundo del urbanismo, una "teoría" no es solo una frase en un libro de texto; es un conjunto de reglas que determina qué problemas vale la pena resolver, qué conocimientos importan y quién tiene el poder de decir "sí" o "no". Cuando un consejo municipal pide un nuevo parque o un monumento, no están pidiendo solo un dibujo; están pidiendo una definición de lo que la ciudad debe ser. Si solo los arquitectos e ingenieros pueden escribir esa definición, la ciudad reflejará únicamente su visión. Si los residentes, historiadores y médicos también pueden dar forma a la definición, la ciudad podría verse muy diferente. El desafío es averiguar cómo permitir la entrada de muchas voces diferentes sin causar el caos, y asegurar que esas voces realmente cambien el resultado en lugar de solo ser escuchadas por un momento.

Este es el rompecabezas que Savaş Zafer Şahin, investigador de la Universidad Hacı Bayram Veli de Ankara, se propuso resolver analizando un experimento específico en la capital de Turquía, Ankara. Entre 2019 y 2024, el gobierno municipal de la ciudad y un grupo cívico recién reorganizado llamado Consejo Ciudadano de Ankara intentaron rediseñar la forma en que la ciudad elige sus espacios públicos. Lo hicieron a través de una serie de cinco grandes concursos de diseño, que son como concursos de alto nivel donde arquitectos y diseñadores presentan propuestas para proyectos como un memorial para trabajadores de la salud, un nuevo centro cultural y un rediseño de las señales de tránsito. El objetivo era ver si podían crear un sistema donde la "teoría" de la ciudad —sus valores, su historia y su futuro— fuera construida por muchas personas, no solo por los expertos. El investigador no solo observó estos concursos; mapeó cada paso del proceso, desde la idea inicial hasta la votación final, para ver dónde residía el poder real y dónde se detenía.

Lo que encontró fue una historia de éxito parcial y un giro sorprendente en cómo funciona la democracia en el diseño. El sistema que construyeron es lo que el investigador llama una "infraestructura de diseño agonístico". Esta es una forma elegante de describir un conjunto de reglas y reuniones diseñadas para permitir que diferentes grupos argumenten su caso abiertamente, en lugar de forzarlos a acordar una única solución aburrida. En este sistema, se permitió que las diferentes voces chocaran, y esos choques fueron registrados. Por ejemplo, en el concurso para diseñar un memorial para los trabajadores de la salud que murieron durante la pandemia, la ciudad no pidió simplemente una estatua. Antes de que comenzara el concurso, un grupo de académicos y voluntarios cívicos ayudó a definir el problema. Argumentaron que el memorial no debía ser solo un edificio, sino un espacio que reconociera la salud pública, la pérdida social y el arte. Esta participación temprana significó que el propio pliego de condiciones del concurso fue moldeado por un grupo más amplio de personas, no solo por los funcionarios municipales. Del mismo modo, para un proyecto de rediseño de señales de tránsito, un grupo de trabajo cívico ayudó a enmarcar el asunto como una cuestión de "identidad urbana" y de qué tan fácil es leer la ciudad, en lugar de ser solo una tarea de diseño gráfico.

Sin embargo, el estudio revela una falla crítica en la forma en que operaba este sistema, la cual el investigador llama una "inversión de tiempo-autoridad". Esto significa que las partes más creativas y abiertas del proceso ocurrieron al principio, cuando las ideas aún se estaban formando, pero en esa etapa, los grupos públicos no tenían poder vinculante; solo podían asesorar. Los funcionarios de la ciudad podían escucharlos, pero no tenían la obligación de seguir sus consejos. Para cuando el proceso llegó al punto en que la gente podía votar o tomar una decisión final, las opciones ya habían sido reducidas significamente por jurados profesionales. En el concurso de señales de tránsito, por ejemplo, se permitió al público votar sobre cuál de tres diseños ganadores utilizar, pero el jurado ya había decidido la tipografía y el estilo general. En otro caso, respecto a un mercado histórico, se le preguntó al público si quería conservar o demoler el edificio, pero esta votación ocurrió después de que los expertos ya hubieran debatido los complejos temas de patrimonio y economía. El público tuvo una voz directa, pero solo sobre una elección que ya había sido despojada de su complejidad.

La investigación muestra que, si bien la ciudad tuvo éxito al traer más voces a la conversación, no tuvo éxito total en permitir que esas voces cambiaran el resultado final. El sistema fue bueno en "escenificar el desacuerdo". En el concurso para un nuevo centro cultural, el jurado publicó no solo el diseño ganador, sino también las razones por las que rechazaron otros e incluso registró sus propios desacuerdos. Esto hizo que el proceso de toma de decisiones fuera transparente, permitiendo a la gente ver que los expertos no siempre están de acuerdo. En el concurso del mercado, la ciudad permitió que tres diseños diferentes ganaran por igual, reconociendo que no había una única respuesta "correcta". Estas fueron victorias para el pluralismo, o la idea de que pueden existir muchas verdades distintas a la vez. Sin embargo, el estudio encontró que el sistema tuvo dificultades para conectar estas discusiones iniciales y abiertas con las decisiones finales y vinculantes. Los grupos cívicos podían sugerir ideas, pero la ciudad conservaba el poder legal para ignorarlas. Los registros mostraron que, aunque la ciudad recopiló una gran riqueza de información de ciudadanos y académicos, a menudo no había un rastro documental claro que mostrara cómo una sugerencia específica de un ciudadano cambió una regla o una elección de diseño específica.

El investigador concluye que este experimento nos enseña que simplemente invitar a la gente a participar no es suficiente para cambiar cómo se diseñan las ciudades. El verdadero cambio ocurre solo cuando se reescriben las reglas del juego para que diferentes tipos de conocimiento —como la experiencia diaria de un residente o el conocimiento médico de un doctor— puedan realmente alterar la definición del problema antes de que los expertos comiencen a dibujar. El caso de Ankara muestra que es posible construir un sistema donde el desacuerdo sea visible y donde expertos y ciudadanos puedan trabajar codo a codo, pero también muestra que, sin un camino claro para que esas ideas ciudadanas lleguen a la decisión final, el sistema permanece incompleto. La ciudad logró crear un espacio donde muchas voces podían hablar, pero no aseguró plenamente que esas voces pudieran timonear el barco. La lección para otras ciudades es que, si se quiere un proceso de diseño verdaderamente pluralista, no basta con añadir una votación al final; se debe asegurar que las personas que viven allí tengan voz en la definición del problema desde el principio, y que su aporte sea legalmente requerido para ser considerado, no solo escuchado cortésmente.

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