Kampala’s Heterogeneous Sanitation Infrastructures: Exemplars of Survival and Disruption
Este artículo desafía el encuadre negativo del saneamiento informal en Kampala al reconceptualizarlo como infraestructuras heterogéneas y socialmente integradas que son indispensables pero están distribuidas de manera desigual, argumentando a favor de su reconocimiento e integración en la planificación urbana para lograr un saneamiento equitativo en todo el Sur Global.
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En muchas ciudades de todo el mundo, la forma en que se gestionan los desechos humanos suele darse por sentada hasta que falla. Cuando el sistema funciona, es invisible; cuando se rompe, se convierte en una crisis de salud pública y de dignidad. Durante décadas, los planificadores urbanos y los científicos han visto la solución a este problema a través de un único prisma: una red masiva y centralizada de tuberías subterráneas que transporta los desechos hacia una planta de tratamiento distante. Este ideal "moderno" asume que cada ciudad puede acabar conectada como una máquina, con una tecnología uniforme al servicio de cada hogar. Sin embargo, en las ciudades de rápido crecimiento del Sur Global, este ideal choca a menudo con la realidad. Aquí, las poblaciones se expanden más rápido de lo que las tuberías pueden instalarse, y el sistema formal llega solo a una fracción de la población. En lugar de esperar un sistema perfecto que nunca llega, los residentes crean sus propias soluciones. Construyen sus propios baños, contratan a sus propios trabajadores para vaciarlos y encuentran sus propias formas de mover los desechos. Estos no son solo arreglos temporales; son sistemas complejos y vivos que han evolucionado para mantener las ciudades en funcionamiento.
Un equipo de investigadores de la Universidad de Makerere en Uganda ha pasado años estudiando estos sistemas autoconstruidos en Kampala, la capital del país. Se centraron en los asentamientos informales de Bwaise, donde la población es densa y la red oficial de alcantarillado está ausente. En lugar de limitarse a contar cuántos baños están rotos o cuántas personas carecen de acceso, los investigadores analizaron todo el trayecto de los desechos humanos. Siguieron el proceso desde el momento en que salen de un cuerpo, pasando por el proceso de extracción de un pozo, el transporte a través de la ciudad y, finalmente, su tratamiento o vertido. Entrevistaron a cientos de personas, desde las familias que utilizan los baños hasta los emprendedores que gestionan los servicios de vaciado, y mapearon la infraestructura física que los conecta a todos. Lo que encontraron desafía la creencia común de que estas configuraciones informales son meramente caóticas o peligrosas. En su lugar, descubrieron una red altamente organizada, aunque desigual, de personas y tecnologías que mantiene la ciudad en movimiento.
Los investigadores llaman a estos sistemas "infraestructuras de saneamiento heterogéneas". En términos sencos, esto significa que el sistema está compuesto por muchas partes diferentes que no son iguales entre sí, pero que trabajan juntas. En los barrios que estudiaron, la mayoría de la gente utiliza letrinas de pozo, que son simples agujeros en el suelo revestidos con hormigón. Algunos son versiones mejoradas con mejores cubiertas, mientras que otros son compartidos por muchas familias en un mismo edificio. Un pequeño número de residentes utiliza sistemas más avanzados, como baños de compostaje o aquellos conectados a tanques sépticos. Crucialmente, la forma en que estos baños se vacían es también muy variada. En algunos lugares, grandes camiones de vacío circulan para succionar los desechos. En los callejones estrechos y congestionados donde los camiones grandes no caben, los trabajadores utilizan pequeños triciclos motorizados equipados con bombas. En los puntos más difíciles, donde ni siquiera los triciclos pueden llegar, los trabajadores conocidos localmente como "hombres rana" entran en los pozos a mano para recoger los desechos en cubos. Estos desechos son luego trasladados a estaciones de transferencia o directamente a plantas de tratamiento, o en los peores casos, vertidos en canales de drenaje que desembocan en humedales y lagos.
El estudio revela que este sistema no es una colección aleatoria de fallos, sino una realidad estructurada, aunque frágil. Está sostenido por una red de relaciones entre propietarios, gestores comunitarios, pequeños empresarios y funcionarios gubernamentales. Estos actores negocian precios, gestionan el mantenimiento y deciden quién recibe el servicio y cuándo. Los investigadores descubrieron que esta red está profundamente integrada en el tejido social de la ciudad. No se trata solo de mover desechos; se trata de cómo la gente se organiza para vivir junta. Por ejemplo, en un proyecto comunitario, se construyó una instalación de saneamiento que también servía como sala de reuniones y espacio de almacenamiento para un grupo de ahorro local. El baño no era solo un servicio público; era un núcleo para la vida comunitaria. Esto demuestra que las personas que viven en estas zonas no son víctimas pasivas que esperan ayuda, sino ingenieros activos de su propia supervivencia, adaptando constantemente sus soluciones a las limitaciones de espacio, dinero y riesgos de inundación.
Sin embargo, este ingenio conlleva un alto costo. El documento deja claro que, si bien estos sistemas mantienen la ciudad en funcionamiento, también crean peligros significos. Debido a que el sistema no es totalmente cerrado o monitoreado, los desechos suelen filtrarse en el suelo, contaminando las fuentes de agua, o fluyen hacia los canales de drenaje que se desbordan durante la temporada de lluvias. Los trabajadores que vacían los pozos, a menudo sin equipo de protección, enfrentan graves riesgos de salud por la exposición a gases peligrosos y patógenos. Los investigadores encontraron que los residentes más pobres cargan con la mayor parte de estos riesgos. Son quienes tienen más probabilidades de utilizar los métodos más peligrosos, como la defecación al aire libre o el vaciado manual inseguro, porque no pueden permitirse las opciones más seguras y costosas. El sistema no es igualmente seguro para todos; es un gradiente donde los ricos tienen un acceso más limpio y seguro, y los pobres quedan con las condiciones más peligrosas.
El estudio también destaca un cambio importante en la forma en que se gobierna la ciudad. Durante mucho tiempo, el gobierno intentó ignorar estos sistemas informales o intentar reemplazarlos por completo con la red de tuberías centralizada. Los investigadores observaron que este enfoque está fallando porque la red de tuberías no puede llegar a todos. En su lugar, las autoridades de la ciudad están empezando a reconocer que deben trabajar con las redes informales existentes. Están comenzando a asociarse con las pequeñas empresas que vacían los pozos, proporcionándoles mejor equipo y capacitación, y creando plataformas donde los líderes comunitarios y los funcionarios gubernamentales puedan dialogar. Este es un movimiento que se aleja de una estructura de mando vertical hacia un enfoque más colaborativo. Reconoce que el sistema informal está aquí para quedarse y que la única forma de mejorar la salud pública es hacer que ese sistema sea más seguro y confiable, en lugar de pretender que no existe.
En última instancia, el documento argumenta que necesitamos cambiar la forma en que pensamos sobre la infraestructura urbana. Debemos dejar de ver estos sistemas desordenados y variados como versiones "rotas" de una ciudad moderna perfecta. En su lugar, deben verse como un tipo de infraestructura diferente por completo: una que se construye sobre relaciones humanas y adaptación constante. Los investigadores describen estos sistemas como existentes en un espectro. En un extremo, están las "infraestructuras de supervivencia", donde la gente hace lo que sea necesario para salir adelante, a menudo con gran riesgo. En el otro extremo, están las "infraestructuras de disrupción", donde estos mismos sistemas están comenzando a desafiar y cambiar la forma en que se gestiona la ciudad, obligando al gobierno a adaptar sus reglas y planes. El estudio sugiere que el futuro del saneamiento en ciudades como Kampala no reside en construir una única y perfecta red de tuberías, sino en reconocer, apoyar y mejorar los complejos sistemas centrados en el ser humano que ya existen. Al comprender el trabajo real que ocurre sobre el terreno, las ciudades pueden encontrar formas de reducir los riesgos para los pobres mientras se apoyan en la resiliencia que ya existe.
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