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Bringing Social Identity Theory Back In: A New Measure of Issue-based Affective Polarization

Este artículo introduce y valida el índice APSIT, una nueva medida bidimensional de la polarización afectiva basada en temas y fundamentada en la teoría de la identidad social, la cual revela que, si bien la hostilidad hacia el endogrupo impulsa costos democráticos en todos los bandos temáticos, el amor al endogrupo entre los simpatizantes puede compensar parcialmente estos efectos negativos.

Autores originales: Fabiano Coluccia, Maximilian Filsinger, Markus Freitag

Publicado 2026-10-05
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Autores originales: Fabiano Coluccia, Maximilian Filsinger, Markus Freitag

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

En el panorama de la democracia moderna, una fuerza silenciosa pero poderosa está remodelando la forma en que las personas se relacionan entre sí. No se trata simplemente de un desacuerdo sobre las tasas de impuestos o las regulaciones ambientales; es una profunda división emocional donde los oponentes políticos son vistos no solo como equivocados, sino como amenazas al tejido moral de la sociedad. Este fenómeno, conocido como polarización afectiva, ha sido estudiado durante mucho tiempo a través del prisma de las líneas partidistas, particularmente en los Estados Unidos, donde la brecha entre demócratas y republicanos se ha ensanchado hasta convertirse en un abismo de desconfianza mutua. Sin embargo, las raíces de este conflicto emocional son más profundas que las etiquetas partidistas. La teoría de la identidad social, un marco bien establecido en la psicología, sugiere que los seres humanos tienen una necesidad fundamental de pertenecer a grupos. Cuando nos identificamos con un grupo, naturalmente sentimos un sentido de cercanía y orgullo hacia nuestros propios miembros, un sentimiento a menudo descrito como "amor al endogrupo". Simultáneamente, para sentirnos bien con nuestro propio grupo, a menudo nos comparamos con otros, viendo a veces a quienes están fuera de nuestro círculo con sospecha, desdén u hostilidad, una dinámica conocida como "odio al exogrupo". Aunque estos dos sentimientos suelen viajar juntos, son procesos psicológicos distintos. Comprender si el amor por el bando propio o el odio hacia el bando contrario es el verdadero motor de la erosión democrática es crucial, porque la solución a un problema depende enteramente de identificar correctamente su causa.

Un equipo de investigadores se propuso desentrañar estas complejas emociones mirando más allá de la política partidista tradicional hacia los temas específicos y acalorados que dividen a las sociedades actuales. Centrándose en Suiza, un país a menudo visto como un modelo de consenso, examinaron cuatro temas contenciosos: la migración, la política climática, la vacunación y el uso de un lenguaje inclusivo de género. Los investigadores querían saber si los mismos patrones emocionales encontrados en la política partidista también existían en torno a estos temas específicos, y si, de ser así, el amor por el propio bando o la hostilidad hacia el bando opuesto era más perjudicial para la salud de la democracia. Para averiguarlo, encuestaron a más de 4,000 personas, pidiéndoles que se ubicaran en un espectro para cada tema y luego midiendo sus sentimientos hacia aquellos que estaban de acuerdo con ellos y aquellos que estaban en desacuerdo. Diseñaron una nueva y precisa herramienta para medir estos sentimientos por separado, capturando la calidez de pertenecer al propio grupo y la frialdad de rechazar al otro grupo.

El estudio confirmó que la polarización emocional en torno a estos temas es, de hecho, una moneda de dos caras. Las personas que sienten una fuerte conexión con su propio bando también tienden a sentir una fuerte aversión hacia el otro bando, pero los investigadores encontraron que estas no son la misma cosa. Validaron un nuevo índice de medición que separa con éxito el sentimiento de pertenencia del sentimiento de hostilidad. Al probar esta nueva herramienta contra métodos más antiguos, que a menudo solo preguntaban cuánto les gustaba o disgustaba un grupo, la nueva medida demostró ser más precisa. Reveló que, si bien los dos sentimientos suelen subir y bajar juntos, son fuerzas distintas que pueden medirse de forma independiente. Esta distinción permitió a los investigadores plantear una pregunta crítica: ¿cuál de estas dos fuerzas está dañando realmente nuestra fe en la democracia?

La respuesta que encontraron fue sorprendente y clara. El estudio reveló que el daño a los valores democráticos —como la confianza en las instituciones, la voluntad de compromiso y la creencia de que la democracia funciona bien— proviene casi por completo de la hostilidad hacia el grupo opuesto. El sentimiento de "odio al exogrupo", la creencia de que el otro bando es peligroso, inmoral o una amenaza para la libertad, es lo que erosiona el apoyo a los principios democráticos. En contraste, el "amor al endogrupo", el sentimiento de orgullo y conexión con el propio bando, no parece dañar la democracia. De hecho, para quienes apoyan un tema en particular, este sentido de pertenencia puede, de hecho, fortalecer su compromiso con los valores democráticos, actuando como un amortiguador contra los efectos negativos de la polarización. Los investigadores descubrieron que esta dinámica se mantiene independientemente de qué lado del tema se encuentre una persona; ya sea que sea un partidario o un oponente de la migración, la acción climática o la vacunación, es la hostilidad hacia el otro bando lo que socava la estabilidad democrática.

Este hallazgo desafía la suposición común de que el simple hecho de amar al propio grupo es el problema. El estudio sugiere que el verdadero peligro reside en el acto de comparar el propio grupo con otro de manera negativa. Cuando las personas ven a sus oponentes políticos como una amenaza para su modo de vida o su seguridad personal, se vuelven menos propensas a aceptar la legitimidad de tales oponentes y menos favorables al sistema democrático que permite tales desacuerdos. La investigación indica que el costo emocional de la polarización no es pagado por el acto de identificarse con un grupo, sino por el acto de demonizar al otro. Esta distinción ofrece una visión matizada del conflicto político: es posible sentir un fuerte sentido de pertenencia y solidaridad con el propio bando sin necesariamente dañar el tejido democrático, siempre y cuando esta solidaridad no se convierta en un rechazo a la humanidad y la legitimidad de quienes discrepan. El estudio concluye que, para sanar las divisiones en las democracias modernas, el enfoque debe pasar de intentar reducir la identidad de grupo a frenar la hostilidad específica que surge cuando los grupos ven a los otros como enemigos.

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