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After Access: Water Infrastructure, Public Health and the Limits of South Africa’s Post-Apartheid Water Revolution

Este artículo sostiene que, si bien las reformas hídricas de la Sudáfrica post-apartheid ampliaron con éxito el acceso para millones de personas, ocultaron una crisis crítica de "después del acceso", donde el mantenimiento insuficientemente dotado de recursos y la capacidad institucional han derivado en el deterioro de la infraestructura, un suministro poco fiable y amenazas recurrentes a la salud pública como el cólera, desplazando el desafío de la exclusión racial hacia la economía política de la reproducción infraestructural.

Autores originales: Anthony Kaziboni

Publicado 2026-09-09
📖 8 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Anthony Kaziboni

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

El agua suele considerarse un recurso simple: fluye desde una fuente, viaja a través de tuberías y llega a un grifo. Durante décadas, la historia del sistema de agua de Sudáfrica se contó como un triunfo de la conexión. Tras el fin del apartheid en 1994, el nuevo gobierno hizo de la prioridad la llegada de tuberías a millones de personas a las que se les había negado el agua por ley. Tuvieron éxito al extender la red, convirtiendo un sistema construido para unos pocos en uno que alcanzaba a la mayoría. Pero hay una segunda historia, más silenciosa, que ocurre después de que se colocan las tuberías. Es la historia de mantener esas tuberías funcionando, limpias y seguras cada día. Esta es la diferencia entre construir una carretera y mantenerla pavimentada, o entre plantar un árbol y asegurar que sobreviva a la sequía.

El desafío de mantener estos sistemas no consiste solo en reparar piezas rotas; se trata de un esfuerzo continuo e invisible para mantener el agua separada de los desechos. En un sistema saludable, las tuberías transportan agua limpia bajo presión, y las alcantarillas transportan los desechos, manteniendo separados ambos mundos. Cuando esta separación falla, cuando las tuberías tienen fugas o la presión cae, el agua sucia puede filtrarse de nuevo, transportando enfermedades que causan enfermedades graves. La pregunta que enfrenta Sudáfrica, y de hecho muchos lugares del mundo, es si un país puede tener éxito al conectar a todos con el agua y luego fallar en mantener esa agua segura.

Un estudio reciente de Anthony Kaziboni, de la Universidad de Johannesburgo, investiga precisamente este vacío. La investigación va más allá del simple recuento de cuántos hogares tienen un grifo para preguntar una pregunta más difícil: ¿entrega ese grifo agua realmente segura y limpia cuando lo abres? El autor sostiene que, si bien Sudáfrica logró una enorme "revolución del agua" al ampliar el acceso, tuvo dificultades con la "reproducción de la infraestructura". Esta es una forma técnica de decir que el país fue muy bueno construyendo nuevos sistemas, pero no invirtió lo suficiente en el trabajo diario de mantener funcionando esos sistemas antiguos. El estudio sugiere que este fracaso en el mantenimiento del sistema ha llevado a una situación en la que las personas tienen el derecho legal al agua, pero la realidad física de esa agua se ha vuelto peligrosa.

El documento comienza analizando la historia del agua en la región. Antes de 1994, la infraestructura hídrica se construyó deliberadamente para servir a las comunidades blancas y granjas, dejando a las comunidades negras con poco o nada. Cuando el gobierno democrático tomó el poder, heredó una red sofisticada que simplemente no estaba conectada a todos. La tarea del nuevo gobierno era extender esa red existente a la población excluida. Lo hicieron con éxito, conectando millones de hogares. Sin embargo, el enfoque en la "conexión" creó un punto ciego. El gobierno y el público celebraron las nuevas conexiones, pero no prestaron suficiente atención al trabajo requerido para mantener esas conexiones funcionando. El estudio llama a esto el periodo "después del acceso". Es el momento en que la emoción de una nueva tubería se desvanece y comienza el trabajo duro y poco glamuroso del mantenimiento.

Para entender qué sucede cuando el mantenimiento falla, el investigador analiza varios momentos clave de la historia reciente de Sudáfrica. Una primera señal de alerta fue un brote de cólera en 2000 y 2001 en la provincia de KwaZulu-Natal. En aquel momento, una autoridad local dejó de proporcionar agua gratuita a un asentamiento pobre e intentó cobrar por ella. Los residentes, incapaces de pagar, recurrieron a una fuente de agua insegura y contaminada, y la enfermedad se propagó. Este evento demostró que incluso cuando un gobierno intenta gestionar el agua, si el servicio se interrumpe o se vuelve demasiado costoso para las personas más pobres, las consecuencias para la salud pública pueden ser mortales. Fue una señal de que el sistema era frágil, incluso antes de que la expansión total de las tuberías estuviera completa.

Con el paso de los años, el país desarrolló herramientas para medir qué tan bien estaban funcionando sus sistemas de agua. Crearon tres informes principales: uno para verificar si el agua potable era limpia, otro para verificar si las aguas residuales eran tratadas adecuadamente y uno para medir cuánta agua se perdía por fugas. Los datos de estos informes cuentan una historia preocupante. Con el tiempo, el número de sistemas de agua que cumplían con los estándares de seguridad ha disminuido. Una parte significativa de las plantas de tratamiento de aguas residuales del país se encuentra ahora en estado crítico, lo que significa que no están limpiando el agua como deberían. Además, casi la mitad de toda el agua que es tratada se pierde antes de llegar a un hogar, ya sea por fugas o robo. Esta pérdida de agua no es solo un problema financiero; es un problema de salud. Cuando las tuberías tienen fugas o la presión del agua cae, el agua sucia del suelo puede ser succionada hacia adentro de las tuberías limpias, contaminando el suministro justo antes de llegar al grifo.

El estudio también recoge las voces de las personas que viven con estos sistemas deficientes. En tres comunidades del área de Madibeng, los residentes describieron que el agua se cortaba por días o incluso meses a la vez. Cuando el agua finalmente regresaba, decían que a menudo era marrón o sucia. Relataron que miembros de sus familias se enfermaban con problemas estomacales tras beber el agua del grifo. Estos no son solo quejas por inconvenientes; son reportes de un sistema que se ha vuelto poco fiable. Los residentes sienten una sensación de abandono, como si el gobierno hubiera construido las tuberías y luego se hubiera marchado. Describen una condición en la que no pueden confiar en el agua, a pesar de tener un derecho legal a ella.

La pandemia de 2020 proporcionó una prueba cruda de esta situación. Cuando llegó el virus, los funcionarios de salud dijeron a todo el mundo que se lavara las manos con frecuencia para mantenerse seguro. Ese consejo asumía que cada hogar tenía un suministro constante de agua. Pero para muchos sudafricanos, el agua no era constante. Iba y venía. En algunas zonas, el gobierno tuvo que enviar camiones para entregar agua en tanques, pero incluso este esfuerzo de emergencia estuvo plagado de problemas. Los camiones no se entregaron según lo prometido, y los datos sobre a dónde fueron eran confusos. Este momento reveló una brecha profunda: el gobierno tenía el marco legal para proveer agua, pero no tenía la capacidad práctica de entregarla de manera continua cuando más se necesitaba.

El ejemplo más reciente y grave de este colapso ocurrió en 2023 en Hammanskraal, un asentamiento cerca de Pretoria. Un brote de cólera, una enfermedad que es señal de mala agua y saneamiento, mató a personas y enfermó a cientos. La investigación de este brote encontró que la planta local de tratamiento de aguas residuales estaba sobrecargada y no funcionaba correctamente. Estaba bombeando agua sucia al río que abastecía de agua potable al pueblo. Aunque los investigadores no pudieron señalar una causa exacta para cada caso de enfermedad, encontraron que el agua en los grifos estaba contaminada con bacterias que no deberían estar allí. El sistema había fallado en mantener el agua limpia separada de los desechos. El gobierno respondió con un plan para reparar la planta, pero el evento sirvió como una advertencia clara: la infraestructura que se construyó hace décadas se estaba rompiendo ahora, y las personas que dependían de ella estaban pagando el precio con su salud.

El autor sostiene que esta no es una historia de un gobierno que falló en construir, ni es una historia de simple corrupción. En cambio, es la historia de un sistema político y económico que premia la construcción de cosas nuevas pero no premia el mantener las viejas funcionando. Es más fácil para los políticos cortar una cinta en una tubería nueva que financiar las reparaciones diarias de una vieja. El dinero necesario para arreglar fugas y mantener las plantas de tratamiento a menudo no está disponible, especialmente en las zonas más pobres donde la gente no puede permitirse pagar facturas de agua elevadas. Esto crea un círculo vicioso: el agua se vuelve sucia y poco fiable, por lo que la gente deja de pagar sus facturas, lo que deja aún menos dinero para arreglar el sistema.

El estudio concluye que la historia del agua en Sudáfrica ha pasado por etapas distintas. Primero, hubo la era de la exclusión racial, donde se le negaba el agua a muchos. Luego vino la era de la expansión basada en derechos, donde el gobierno conectó con éxito a millones de nuevos hogares. Ahora, el país enfrenta un nuevo y difícil desafío: la era de la reproducción de la infraestructura. Este es el trabajo continuo de mantener vivo el sistema. La investigación sugiere que sin un cambio importante en cómo el país valora y financia este mantenimiento, las ganancias en salud pública obtenidas durante los últimos treinta años están en riesgo. Las tuberías están ahí, y los grifos están conectados, pero el agua que fluye de ellos ya no es garantizada como segura. Esta es una lección que se extiende mucho más allá de Sudáfrica. A medida que los sistemas de agua de todo el mundo envejecen y enfrentan nuevas presiones, la pregunta ya no es solo sobre cómo construirlos, sino sobre cómo mantenerlos funcionando para las personas que dependen de ellos.

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