Assessment of Farmers Knowledge, Attitude, Health Risk Perception and Practices toward Pesticide use and Safety in Surulere Local Government, Oyo State, Nigeria
Un estudio de 102 agricultores en Surulere, estado de Oyo, revela que, a pesar de la alta conciencia sobre los riesgos para la salud relacionados con los pesticidas, las malas prácticas de seguridad impulsadas por la priorización de costos y la falta de capacitación crean peligros significos para la salud, lo que requiere campañas de concienciación focalizadas y esquemas de certificación de seguridad.
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En los campos del mundo en desarrollo, la agricultura depende en gran medida de una espada de doble filo: los pesticidas químicos. Estas sustancias están diseñadas para matar a los insectos y las malezas que amenazan los cultivos, asegurando que los agricultores puedan alimentar a sus familias y comunidades. Sin embargo, las mismas herramientas que protegen la cosecha también pueden envenenar a las personas que las manejan. Cuando los agricultores mezclan y rocían estos productos químicos sin la protección adecuada, las toxinas pueden entrar en sus cuerpos a través de su piel, sus pulmos o por accidente. Esta exposición provoca enfermedades inmediatas, como dolores de cabeza y problemas respiratorios, y puede causar daños a largo plazo en el sistema nervioso. El peligro no es solo un problema de salud personal; es también un problema ambiental. Cuando los agricultores lavan su ropa contaminada en arroyos locales o vierten el veneno sobrante cerca de los pozos de agua, el agua se vuelve tóxica para toda la comunidad. Comprender cómo piensan los agricultores sobre estos riesgos, y por qué a menudo eligen métodos peligrosos a pesar de conocer los peligros, es esencial para detener el ciclo de envenenamiento.
Un equipo de investigadores de la Universidad Tecnológica Ladoke Akintola se propuso comprender esta compleja situación en Surulere, una comunidad agrícola en el estado de Oyo, Nigeria. Entre junio y octubre de 2023, visitaron tres aldeas dentro del área de gobierno local y hablaron directamente con 102 agricultores. Su objetivo no era solo contar cuántas personas usaban pesticidas, sino comprender la brecha entre lo que los agricultores saben sobre seguridad y lo que realmente hacen en el campo. Hicieron preguntas detalladas sobre la vida de los agricultores, su educación, los cultivos que cultivaban, los productos químicos específicos que compraban y los síntomas que sentían después de la fumigación. El estudio se centró en la realidad del trabajo diario en el campo, buscando las razones por las cuales las medidas de seguridad suelen ignorarse incluso cuando se conocen los riesgos.
Los agricultores entrevistados eran hombres experimentados, la mayoría de unos cincuenta años, que habían trabajado la tierra durante décadas. Cultivaban una variedad de productos, siendo el maíz y el ñame los más comunes. Para proteger estos cultivos de plagas como los saltamontes y los gusanos cogolleros, dependían de un puñado de marcas químicas específicas. Los investigadores descubrieron que las elecciones de los agricultores estaban impulsadas casi por completo por el costo y la disponibilidad. Preferían ciertos productos porque eran baratos y fáciles de encontrar, no porque fueran la opción más segura. De hecho, al preguntarles qué era lo que más importaba, cada uno de los agricultores afirmó que priorizaban el bajo precio del químico sobre su perfil de seguridad. Esta presión económica creó una situación en la que los químicos más baratos, y a menudo más peligrosos, eran los más populares.
La forma en que estos agricultores manejaban los productos químicos reveló un patrón de comportamiento riesgoso que ponía en peligro a ellos y a sus familias. La mayoría de ellos almacenaban sus pesticidas en sus hogares o directamente en la granja, a menudo en áreas abiertas donde los niños o el ganado podían alcanzarlos. Cuando terminaban de usar los químicos, rara vez desechaban los envases vacíos de manera adecuada. En su lugar, más de la mitad de los agricultores lavaban las botellas vacías y las reutilizaban para otros fines, como transportar agua o almacenar alimentos. Esta práctica significaba que los residuos tóxicos permanecían en los recipientes que luego se utilizaban para tareas domésticas diarias. Además, cuando tenían líquido sobrante de sus fumigaciones, muchos lo vertían en sus campos, en arroyos cercanos o incluso cerca de pozos utilizados para beber, contaminando el suministro de agua local.
Quizás el hallazgo más impactante fue la ausencia casi total de equipo de protección. El estudio preguntó a los agricultores si usaban guantes, mascarillas, botas o trajes especiales mientras fumigaban. Las respuestas fueron contundentes: solo una mínima fracción de los agricultores usaba guantes, y la gran mayoría usaba únicamente sandalias o chanclas mientras manipulaba productos químicos tóxicos. La mayoría no usaba ninguna prenda de protección. Al terminar su trabajo, la mayoría lavaba su ropa contaminada en el arroyo de la aldea, propagando el veneno hacia el agua que toda la comunidad utiliza. A pesar de esta falta de protección, los agricultores no ignoraban los riesgos. Cada una de las personas entrevistadas reportó sentirse enferma después de la fumigación. Los síntomas más comunes fueron dolor en el pecho, dolores de cabeza severos y sudoración excesiva. Muchos habían visitado un hospital en los últimos cinco años debido a estos problemas, pero las prácticas inseguras continuaban.
Los investigadores descubrieron que los agricultores a menudo aprendían a usar estos químicos de otros agricultores o de los comerciantes locales que los vendían, en lugar de hacerlo de expertos agrícolas oficiales. Los comerciantes, que siempre estaban disponibles, les decían a los agricultores cuánto mezclar, mientras que los agricultores rara vez leían las etiquetas de advertencia de las botellas. Aunque los agricultores tenían años de experiencia y muchos habían recibido cierta educación formal, este conocimiento no se traducía en hábitos más seguros. El estudio mostró que los agricultores de mayor edad, con más educación y familias más grandes, en realidad utilizaban los químicos con mayor frecuencia y en mayores cantidades, probablemente porque sentían la presión de maximizar su cosecha para mantener a sus hogares. Esto sugiere que la experiencia y la educación por sí solas no son suficientes para cambiar el comportamiento cuando la supervivencia económica está en juego.
El estudio concluye que existe una profunda división entre lo que los agricultores saben y cómo actúan. Entienden que los químicos pueden enfermarlos, pero la necesidad inmediata de proteger sus cultivos y ahorrar dinero se impone a su preocupación por la salud a largo plazo. Los investigadores argumentan que simplemente decirles a los agricultores que sean seguros no está funcionando. En su lugar, recomiendan un nuevo enfoque que involucre la capacitación de los comerciantes que venden los químicos, la creación de programas de certificación de seguridad para los agricultores y la ejecución de campañas que promuevan el uso de alternativas más económicas pero menos dañinas. Sin estos cambios, el ciclo de envenenamiento continuará, afectando la salud de los agricultores, sus familias y el medio ambiente del que dependen. El camino a seguir requiere reconocer que la seguridad no es solo una cuestión de conocimiento, sino de hacer que las opciones seguras sean asequibles y accesibles para todos.
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