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Productive Finance for the Belt and Road Initiative: Reexamining China’s Debt Sustainability Framework

Este artículo critica el actual marco de sostenibilidad de la deuda de China por su dependencia de los modelos tradicionales del FMI y del Banco Mundial que pasan por alto la acumulación de activos, los multiplicadores productivos y la composición de la moneda, y propone nuevos indicadores para reflejar mejor la naturaleza única del financiamiento de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Autores originales: Yan Liang

Publicado 2026-11-04
📖 7 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Yan Liang

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Cuando las naciones piden dinero prestado para construir carreteras, centrales eléctricas o puertos, están haciendo una apuesta por su propio futuro. Asumen un pasivo, una deuda que debe ser devuelta, con la expectativa de que la nueva infraestructura generará suficiente riqueza para cubrir el costo. Durante décadas, la forma estándar de comprobar si esta apuesta es segura ha sido observar casi exclusivamente la deuda en sí misma. Los expertos financieros se han preguntado: ¿Cuánto se debe? ¿Qué tan rápido crece en comparación con el tamaño de la economía? Si la deuda parece demasiado pesada, el consejo suele haber sido dejar de pedir prestado y recortar el gasto. Este enfoque trata el balance de una nación como un simple libro contable de lo que debe, ignorando en gran medida lo que posee. Supone que una nueva autopista es solo un costo en los libros, en lugar de un activo productivo que puede generar dinero para el gobierno durante décadas. Esta distinción es profundamente importante para los miles de millones de dólares que fluyen hacia las naciones en desarrollo a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, un masivo programa global de infraestructura liderado por China.

Una investigadora de la Universidad de Willamette, Yan Liang, ha analizado de cerca cómo China evalúa la seguridad de estos préstamos. China se ha convertido en el mayor prestamista del mundo en desarrollo, comprometiendo más de 1,3 billones de dólares en financiamiento desde el cambio de siglo. A medida que los préstamos comienzan a vencer, crece la preocupación sobre si los países prestatarios podrán pagarlos. En respuesta, los funcionarios chinos han creado su propio conjunto de reglas para evaluar el riesgo de deuda, un marco que refleja estrechamente el sistema utilizado por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Sin embargo, Liang sostiene que este sistema es fundamentalmente defectuoso cuando se aplica al tipo específico de préstamo que realiza China. El marco actual, señala, no logra ver el panorama completo porque cuenta la deuda pero ignora los activos que la deuda construye, subestima cuánto pueden impulsar estos proyectos el crecimiento económico y trata todo el dinero debido como si fuera lo mismo, independientemente de si se debe en moneda local o en moneda extranjera.

El núcleo del problema radica en cómo el sistema actual ve la salud financiera de una nación. Se centra en el lado del "pasivo" de la ecuación —las deudas contraídas con los prestamistas— mientras ignora en gran medida el lado del "activo". Cuando China financia un ferrocarril o una central eléctrica, ese proyecto se convierte en un activo público. Es una pieza de infraestructura que el gobierno posee y puede operar para generar ingresos. Liang señala que las verificaciones de deuda estándar a menudo pasan esto por alto por completo. Por ejemplo, un país puede tener un alto nivel de deuda, lo que parece peligroso en el papel, pero si también posee activos públicos valiosos como puertos o redes de energía, su verdadera posición financiera es mucho más sólida. En un estudio de caso, se descubrió que un país con una alta carga de deuda tenía un patrimonio neto positivo una vez que se contaron sus activos públicos, porque esos activos estaban generando suficientes ingresos para cubrir los costos. Al no incluir estos activos en el cálculo, el sistema actual pinta un panorama más sombrío de lo que la realidad justifica, lo que podría causar que los prestamistas se retiren de proyectos que realmente ayudarían a un país a crecer y pagar sus cuentas.

El segundo problema es cómo el sistema predice el futuro. Los modelos actuales dependen de datos históricos para adivinar cuánto crecerá la economía de un país. Asumen que gastar dinero en infraestructura tendrá un efecto predecible y modesto en el crecimiento. Pero Liang sugiere que esto es demasiado conservador para la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Los proyectos que financia China suelen estar en países que carecen de infraestructura básica, lo que significa que una nueva carretera o una línea eléctrica puede desbloquear un potencial económico masivo que no existía antes. Estos proyectos no solo añaden un poco de crecimiento; pueden transformar una economía al eliminar los cuellos de botella que la han frenado durante años. Al usar números antiguos y estáticos para predecir el futuro, el marco actual subestima la capacidad de estos países para generar la riqueza necesaria para pagar sus préstamos. Trata una inversión transformadora de la misma manera que trata un gasto rutinario, perdiendo de vista el poder único de la infraestructura para cambiar la trayectoria de una nación.

El tercer defecto involucra el tipo de dinero que se pide prestado. El marco actual a menudo trata la deuda debida en la propia moneda de un país de la misma manera que la deuda debida en monedas extranjeras, como el dólar estadounidense. Esto es un descuido peligrooso. Si un país pide prestado en su propia moneda, generalmente puede imprimir más de ella para pagar la deuda, o recaudar impuestos en esa moneda para cubrir el costo. Pero si pide prestado en una moneda extranjera, debe ganar esa moneda extranjera a través de exportaciones o comercio para realizar el pago. Si la moneda del país pierde valor frente al dólar, la deuda de repente se vuelve mucho más cara de pagar, incluso si la economía está creciendo. Liang sostiene que el sistema actual no separa estos dos tipos de riesgo. No pregunta si los proyectos que se financian ayudarán realmente al país a ganar la moneda extranjera específica que necesita para pagar. Sin esta distinción, un país podría parecer seguro en el papel mientras enfrenta en realidad una crisis oculta si su moneda se debilita.

Para solucionar estos problemas, Liang propone una nueva forma de ver la sostenibilidad de la deuda. En lugar de solo contar la deuda, el nuevo sistema calcularía el patrimonio neto de un país restando sus deudas del valor de sus activos públicos. Esto daría una imagen mucho más clara de si un país es realmente solvente. También ajustaría sus predicciones de crecimiento para tener en cuenta la naturaleza específica y transformadora de la infraestructura que se construye, en lugar de depender de promedios históricos genéricos. Finalmente, dividiría el análisis en dos vías separadas: una para la deuda debida en moneda local y otra para la deuda debida en moneda extranjera. Esto permitiría a los prestamistas ver exactamente cuánto dinero extranjero necesita ganar un país y si sus nuevos proyectos le ayudarán a hacerlo.

El artículo no afirma que estos nuevos métodos sean perfectos o que hayan sido probados en cada país individual. La autora señala que recopilar los datos detallados necesarios para valorar los activos públicos es difícil, y que las fórmulas específicas para los nuevos indicadores aún se están trabajando. Sin embargo, el argumento es claro: la forma antigua de medir el riesgo es un instrumento demasiado tosco para la compleja realidad de los préstamos modernos de infraestructura. Al ignorar lo que las naciones poseen, subestimar qué tan rápido pueden crecer y desdibujar las líneas entre diferentes tipos de dinero, el sistema actual corre el riesgo de juzgar erróneamente la seguridad de miles de millones de dólares en préstamos. Un marco más preciso no solo protegería a los prestamistas de pérdidas inesperadas, sino que también aseguraría que las naciones en desarrollo no se vean desanimadas de construir la mismísima infraestructura que necesitan para prosperar. El objetivo no es detener los préstamos, sino prestar de manera más inteligente, asegurando que la deuda contraída hoy construya un futuro que pueda pagarla.

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