Another Argument in Favor of (Hybrid) Exceptionalist Realism on Fictional Characters
Este artículo hace avanzar el argumento de la paridad de generación para defender una forma moderada de realismo excepcionalista, postulando que los nombres conectados en oraciones que involucran ficción se refieren a sustitutos ficticios en lugar de a individuos reales ordinarios, una posición que el autor sugiere que se alinea con las visiones tardías de Kripke.
Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo
Cuando contamos una historia, a menudo tomamos prestados nombres del mundo real. Podemos escribir una novela sobre un personaje histórico como Napoleón o una ciudad como Londres, situándolos en un entorno ficticio. Esto crea un enigma para los filósofos que estudpan cómo funciona el lenguaje: cuando decimos "Napoleón era arrogante" dentro de una historia, ¿estamos hablando del verdadero emperador francés que vivió hace siglos, o estamos hablando de una nueva versión imaginaria de él que existe solo dentro de las páginas de ese libro? Esta pregunta se sitúa en la intersección entre el lenguaje y la realidad, un campo que se pregunta si las cosas que nombramos en nuestras historias tienen algún tipo de existencia real. Si no existen, ¿cómo podemos hablar de ellas de manera significativa? Si existen, ¿qué tipo de cosas son? Comprender esto nos ayuda a captar cómo la imaginación humana interactúa con el mundo físico, y si nuestras historias crean nuevos tipos de objetos a los que podemos señalar y discutir.
Alberto Voltolini, un filósofo de la Universidad de Turín, ofrece una perspectiva fresca sobre este debate en su reciente artículo. Él sostiene que cuando usamos nombres reales dentro de las historias, o cuando hablamos de esas historias desde el exterior, a menudo nos referimos a algo diferente de la persona real. Específicamente, sugiere que en estos contextos, el nombre "Napoleón" no se refiere al emperador histórico, sino a un "suplente ficticio" —una entidad abstracta y distinta que es una copia de la persona real, creada por el acto de contar historias. Voltolini llama a esta visión "realismo excepcionalista híbrido". Es "híbrida" porque admite que a veces nos referimos a la persona real, pero es "excepcionalista" porque insiste en que, en contextos narrativos específicos, nos referimos a estas nuevas copias ficticias. Para apoyar esto, introduce un nuevo razonamiento que llama "argumento de la paridad de generación", el cual se basa en las ideas del famoso filósofo Saul Kripke para mostrar cómo nuestras mentes crean naturalmente estas entidades separadas cuando superponemos historias sobre historias.
Para entender el punto de Voltolini, primero hay que observar cómo manejamos los nombres en historias simples. Cuando un autor escribe una frase como "Hamlet está triste", está fingiendo que existe un príncipe real. Sin embargo, cuando salimos de la historia y decimos "Hamlet es un personaje ficticio", ya no estamos fingiendo; estamos haciendo una afirmación verdadera sobre un objeto que fue creado por el acto de escribir. Voltoli señala que hay una clara diferencia aquí: dentro de la historia, el nombre apunta a una persona fingida; fuera de la historia, apunta a un objeto abstracto real que el acto de escribir trajo a la existencia. Argumenta que este mismo patrón ocurre cuando contamos historias sobre historias. Consideremos una obra dentro de una obra, como el misterio de asesinato que el príncipe Hamlet organiza para su tío. Dentro de esa obra interna, el nombre "Gonzago" se refiere a un duque fingido. Pero cuando salimos de esa obra interna y hablamos del personaje Gonzago desde la perspectiva de la obra principal, nos referimos a un "personaje ficticio de un personaje ficticio". Esta es una entidad distinta del duque fingido dentro de la obra interna; es un objeto real generado por el acto de fingir de la obra principal sobre una persona fingida.
Voltolini extiende esta lógica a las historias sobre personas reales. Sugiere que cuando escribimos una novela sobre Napoleón, o cuando decimos "el Napoleón de Guerra y Paz es un modelo de arrogancia", estamos participando en un proceso de generación similar. Así como la obra Hamlet genera un "Gonzago ficticio de un personaje ficticio", la novela Guerra y Paz genera un "Napoleón ficticio". Este Napoleón ficticio no es el emperador real; es un artefacto abstracto y específico creado por la imaginación del autor. Es un suplente que ocupa el lugar de la persona real, portando las propiedades que el autor le otorgó dentro de la historia. Voltolini argumenta que esta distinción es necesaria para evitar contradicciones. Si intentáramos decir que el verdadero Napoleón es tanto el que invadió Rusia como el que es retratado como arrogante en una novela específica, podríamos encontrarnos con problemas lógicos si la novela lo retrata de forma diferente a la historia. Al separar al hombre real de su suplente ficticio, podemos hablar de la versión de la historia de él sin confundirlo con la figura histórica.
El autor anticipa una objeción importante a esta idea: si aceptamos que las historias crean estas nuevas entidades, ¿no terminamos llenando el universo con demasiadas cosas extrañas? Los críticos podrían preguntar por qué deberíamos aceptar "suplentes ficticios" pero no "objetos alucinatorios" si alguien ve un fantasma que no está ahí. Voltolini aborda esto señalando una diferencia crucial en la naturaleza de estas cosas. Argumenta que los personajes ficticios son "artefactos abstractos" —objetos que existen porque los creamos con un propósito, de forma muy similar a una ley o una corporación. Son estables y tienen una naturaleza definida. En contraste, las alucinaciones son a menudo imágenes mentales fugaces o errores de percepción. No tienen el mismo estatus estable y creado. Por lo tanto, aceptar la existencia de personajes ficticios no nos obliga a aceptar cada cosa imaginaria que podamos soñar o alucinar como un objeto real en el mundo. Podemos ser selectivos, aceptando solo aquellas entidades que encajan en una definición específica y robusta de lo que significa ser un objeto creado.
En última instancia, el artículo de Voltolini sugiere que nuestro lenguaje es más flexible y creativo de lo que solemos creer. Cuando usamos un nombre como "Napoleón" en una historia, no estamos simplemente señalando un hecho histórico; a menudo estamos señalando una entidad nueva y distinta que la propia historia ha traído a la existencia. Esta visión preserva la conexión entre la historia y la realidad mientras reconoce que la historia crea su propio mundo único con sus propios habitantes. Al reconocer estos "suplentes ficticios", podemos comprender mejor cómo hablamos del pasado, cómo discutimos la literatura y cómo la mente humana construye nuevas realidades a partir de las antiguas. El argumento no pretende resolver todos los misterios del lenguaje, pero ofrece una forma convincente de ver cómo el acto de contar historias genera una capa de realidad que se sitúa junto a la nuestra, distinta pero conectada.
¿Ahogado en artículos de tu campo?
Recibe resúmenes diarios de los artículos más novedosos que coincidan con tus palabras clave de investigación — con resúmenes técnicos, en tu idioma.