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Tracing the conceptualisations of evil: A philosophical examination of serial killers as moral evil

Este artículo examina filosóficamente las conceptualizaciones del mal moral mediante el mapeo de teorías seculares sobre la acción y el carácter malvados frente al fenómeno de los asesinos en serie, con el objetivo de trascender el sensacionalismo y determinar si el concepto abstracto del mal ofrece una comprensión social más profunda de su criminalidad.

Autores originales: Suganya Saravanajothi, Rashmi Rekha Borah

Publicado 2026-09-29
📖 7 min de lectura🧠 Análisis profundo

Autores originales: Suganya Saravanajothi, Rashmi Rekha Borah

Artículo original bajo licencia CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/). ✨ Esta es una explicación generada por IA del artículo a continuación. No ha sido escrita ni avalada por los autores. Para mayor precisión técnica, consulte el artículo original. Leer descargo de responsabilidad completo

Los seres humanos han luchado durante mucho tiempo por nombrar las peores cosas que suceden en el mundo. Tenemos palabras para las malas acciones, para los errores y para la crueldad, pero existe una etiqueta específica reservada para los actos más terribles: la maldad. Este concepto ha perseguido a teólogos y filósofos durante siglos, a menudo vinculado a cuestiones sobre Dios y la naturaleza del universo. En el mundo moderno, sin embargo, nos hemos alejado de las explicaciones religiosas y nos hemos dirigido hacia las seculares, intentando comprender la maldad como un problema humano en lugar de uno sobrenatural. Cuando pensamos en la maldad hoy en día, nuestra mente suele saltar a un tipo específico de criminal: el asesino en serie. Estos son individuos que asesinan a múltiples personas a lo largo del tiempo, a menudo con una escalofriante falta de emoción. La sociedad los ha etiquetado rápidamente como monstruos, como la encarnación misma del mal. Pero esta etiqueta es tan fácil de usar que en realidad podría impedirnos comprender qué es lo que realmente está sucediendo. Si simplemente llamamos a alguien "malvado", ¿dejamos de preguntar por qué lo hizo? ¿Dejamos de verlo como un ser humano imperfecto y empezamos a verlo como algo ajeno?

Dos investigadores de la Universidad del Instituto de Tecnología de Vellore, Suganya Saravanajothi y Rashmi Rekha Borah, decidieron observar de cerca esta conexión entre la idea del mal y la realidad de los asesinos en serie. No pretendían demostrar que los asesinos en serie sean malvados; todo el mundo ya está de acuerdo en eso. En su lugar, querían ver si nuestras definiciones filosóficas de la maldad realmente encajan con estos criminales, o si la etiqueta es solo una historia conveniente que nos contamos a nosotros mismos. Examinaron cómo los filósofos han definido la maldad a lo largo del tiempo, desde las ideas antiguas sobre el libre albedrío hasta las teorías modernas sobre cómo personas ordinarias pueden hacer cosas terribles. Luego, probaron estas definiciones contra los comportamientos e historias conocidos de famosos asesinos en serie. Su objetivo era ver si llamar a estos asesinos "malvados" nos ayuda a comprenderlos mejor, o si en realidad oculta la verdad sobre su humanidad y sus crímenes.

Los investigadores comenzaron analizando cómo definimos a una persona malvada. En filosofía, existen diferentes formas de pensar sobre esto. Una visión, que se remonta al filósofo Immanuel Kant, sugiere que la maldad proviene de la elección libre de una persona de anteponer sus propios deseos a los derechos de los demás. Otra idea famosa, propuesta por Hannah Arendt, es la "banalidad del mal". Esta sugiere que la maldad no siempre es cometida por monstruos locos, sino por personas ordinarias que dejan de pensar críticamente y simplemente siguen órdenes o rutinas. Los autores de este artículo encontraron que los asesinos en serie encajan en ambas categorías, lo que hace que el panorama sea más complicado. Por un lado, asesinos como Ted Bundy y Aileen Wuornos tomaron decisiones claras y conscientes para dañar a otros, priorizando a menudo sus propios deseos retorcidos sobre las vidas de sus víctimas. Esto se alinea con la idea del mal radical, donde una persona elige activamente violar la humanidad de otro. Por otro lado, muchos de estos asesinos parecían completamente normales para las personas que los rodeaban. Bundy era encantador y elocuente; Wuornos era una mujer trabajadora. No parecían demonios. Esto encaja con la idea de la banalidad del mal, mostrando que actos terribles pueden provenir de personas que parecen ordinarias, ocultando su violencia tras una máscara de normalidad.

El estudio también exploró cómo juzgamos a estos asesinos basándonos en sus elecciones. Los investigadores analizaron el trabajo de la filósofa Claudia Card, quien sostiene que un acto es verdaderamente malvado cuando causa un daño insoportable y la persona que lo comete no tiene una buena excusa para ello. El asesino debe saber que el daño ocurrirá y elegir hacerlo de todos modos. Los asesinos en serie encajan perfectamente en esta descripción. Planifican sus crímenes, comprenden el sufrimiento que causarán y proceden sin ninguna justificación moral que una persona decente pudiera aceptar. El artículo también señaló que estos asesinos a menudo silencian sus propias voces morales. Mientras que la mayoría de las personas sienten una vacilación o un sentido de error al pensar en dañar a alguien, los asesinos en serie parecen haber apagado esa voz interna por completo. No ven a sus víctimas como personas con derechos; ven a sus víctimas como objetos para ser usados o destruidos. Esta falta total de empatía y la elección deliberada de causar un sufrimiento inmenso es lo que los filósofos señalan cuando dicen que estos actos son malvados.

Sin embargo, el artículo hace un punto crucial sobre cómo hablamos de estos asesinos en el mundo real. Los autores argumentan que, si bien los asesinos en serie son ciertamente malvados, la forma en que los representamos en películas, libros y reportajes de noticias es a menudo errónea. A los medios de comunicación les encanta llamarlos "monstruos" o "bestias". Este lenguaje crea una división peligrosa. Hace que el asesino parezca una especie diferente, algo que no es humano en absoluto. Cuando pensamos en un asesino como un monstruo, dejamos de intentar comprenderlo. Dejamos de preguntar sobre su infancia, su trauma o la sociedad que le falló. Los investigadores encontraron que este es un error. Los asesinos en serie no son criaturas sobrenaturales; son seres humanos profundamente imperfectos. Son el resultado de una mezcla de malas elecciones, entornos rotos y un fracaso al conectar con los demás. Al llamarlos monstruos, nos liberamos de la responsabilidad. Pretendemos que la maldad es algo que solo les sucede a "ellos", y no algo que podría suceder dentro de la familia humana.

El estudio también analizó cómo el género juega un papel en esta etiqueta. Los investigadores señalaron que los asesinos en serie masculinos suelen ser descritos como "encantadores" o "apuestos", mientras que las asesinas en serie suelen ser descritas como "monstruosas" o "desviadas". Esta diferencia en la forma en que hablamos de ellos muestra que nuestra idea de la maldad no es consistente. Nos cuesta más aceptar que una mujer pueda ser una asesina porque va en contra de nuestras ideas de cómo deben comportarse las mujeres. Esta inconsistencia demuestra que nuestra etiqueta de "malvado" es a menudo más sobre nuestros propios miedos y prejuicios que sobre los hechos reales del crimen. El artículo sugiere que debemos dejar de usar la palabra "malvado" como una forma de cerrar la conversación. En lugar de decir "él es malvado" y dejarlo ahí, deberíamos usar el concepto para comprender las elecciones y fallos específicos que llevaron al crimen.

Al final, los investigadores concluyen que los asesinos en serie son el ejemplo perfecto de la maldad moral, pero no porque sean alienígenas o demonios. Son malvados porque son seres humanos que tomaron una serie de decisiones para infligir un daño insoportable a otros, y lo hicieron con una completa falta de excusa moral. El artículo sugiere que el verdadero valor de estudiar la maldad no es encontrar un monstruo a quien culpar, sino reconocer la fragilidad de nuestra propia humanidad. La maldad no es una fuerza separada que nos ataca desde fuera; es un potencial que existe en todos nosotros, esperando las condiciones adecuadas para emerger. Al comprender a los asesinos en serie como humanos imperfectos en lugar de bestias míticas, podemos comprender mejor las condiciones que permiten que la maldad crezca. Los autores argumentan que debemos mirar a estos criminales con ojos claros, reconociendo sus terribles acciones sin despojarlos de su humanidad. Solo al verlos como humanos podemos comprender realmente el peso de sus crímenes y la responsabilidad que todos compartimos para prevenirlos. La etiqueta de maldad no es un escudo que nos protege de la verdad; es un espejo que refleja las partes más oscuras de la condición humana.

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